Epitafio para un duelo en pandemia
Epitafio para un duelo en pandemia
En ningún lado yace ni descansa en paz mi madre. ¿Por qué habría de hacerlo? Sus últimas décadas la pasó inquieta, insatisfecha del presente y mudándose cada dos años, incluso a distintas ciudades y provincias.
Supo enamorar a hombres de toda nacionalidad, raza, credo y posición social. También supo sacarlos de quicio. Bueno. En esto último fue más universal aún, ya que lo logró además con parientes, amigos, y con sus propios hijos. Llegué a pensar que su idea del “ser madre” era fundamentalmente el mantenernos preocupados de su destino, incluso a cientos de kilómetros de distancia. Y en el “más allá” no sé si es conveniente que reencuentre su alma con la de mi abuela, su mamá. ¿Para qué? Seguirán discutiendo, esta vez para toda la eternidad.
Divorciada y guerrera, en muchas cosas estuvo adelantada a su tiempo, en un Paraná mojigato, hipócrita y tradicionalista. Como directora de escuela, ya proponía educación sexual hace 30 años, ante los ojos indignados de las maestras. Algún aula debería llevar su nombre, aunque más no sea en la escuela que logró construir junto a los vecinos del barrio periférico y apartado en el que vivía.
Y porque fue maestra de esas que ponen el cuerpo a todo: trabajó enseñando en los dos turnos, o alejada de casa, en escuelas de los pueblos. Incluso como supervisora de escuelas (cargo que se supone de jerarquía y el último escalón en la carrera docente) estuvo en la región del sur entrerriano durante las inundaciones de los 80’, lo que significaba estar 3 a 5 hs. diarias en lancha para visitar escuelas que daban clases en el primer piso, porque la planta baja estaba inundada. Ella misma tenía que vivir en una cabaña sobre pilotes, que temblaba por el Paraná circulando bajo el endeble piso de madera. Todo ese sacrificio no le quitó la alegría y la sonrisa mientras ejerció su querida profesión, pero sí tal vez le pasó factura en sus últimos días.
“La Rosita” tenía un sentido del humor que se las traía, incorrecto, satírico, soez. Así me gusta recordarla, linda y a pura carcajada. O intentando hacer bailar danzas israelíes a mis amigos judíos, de noche, cerca del Monumento. Y tan rubia y tan feliz tomando mates con la “gente de la costa”, comiendo postas de surubí frito en calentador a kerosene, ahicito nomás, en las veredas inexistentes del rancherío, de la mano de aquél pescador, orgulloso de mostrarse como “el novio de la supervisora”.
Su caprichosa vida incluyó el cigarrillo y el desdén por la alimentación sana, bah, por la alimentación. Finalmente su corazón se quejó: “No puedo seguir compensando todo el trabajo que no hace el resto de los órganos responsables”. Y le hizo paro.
Decretado el 10 de junio del 2020 al mediodía, por tiempo indeterminado.
Sus cenizas serán lanzadas algun día al Este, hacia Israel, otro de sus proyectos fallidos, o, como siempre, una nueva excusa para volar hacia algún lado, esperando estar mejor.