31 enero 2006

Escuela Rural J.B. Alberdi

   Vamos parados conversando, mi hermano y yo, en el "Cañuelas", típico colectivo que une barrios del sur de Bs. As. hasta Constitución y que está típicamente repleto de pasajeros.
   El Negro, como siempre, vocifera recriminándome:
   -¡... Pero vos, Vitorio, siempre fuiste un pollerudo. Si me acuerdo cuando salías con...!- grita. ¿Por qué se tiene que enterar todo el pasaje de nuestra charla íntima? Siento todas las miradas en la nuca. Pero es el tono natural de hablar de mi hermano. Si intentara como en alguna otra oportunidad, acallarlo un poco, sería peor:
   -¡Que escuchen, qué me importa! Yo soy así. Me crié en el campo. ¡Y que me chupen todos un huevo!- me contestaría orgulloso a los gritos dirigiéndose a todos.
   Y en parte es verdad. La secundaria la cursó como alumno interno de una escuela rural a 30 Km. de Paraná. De ahí le quedó un sencillo y hermoso título de Maestro Rural y unas amistades incomparables. Y gracias a los viajes que yo hacía para visitarlo, pude comprender que hasta los lugares más recónditos y aparentemente "vacíos" como los del campo, ocultan sucesos y personajes insólitos. Y el descubrirlos depende de la mirada de uno.
   Entre estos compañeros estaba el Ruso Ackermann. Hijo de puesteros de alguna estancia entrerriana, su madre, a los 54 años, había parido por decimoquinta vez.
   El Ruso tenía la extraña habilidad de sostener toda charla incluyendo la palabra "mierda" dos o tres veces en cada frase:
   -Con esta mierda de alambrado, las vacas de mierda no van poder escaparse ni una mierda... ¡Mierda! ¡Cómo creció este maíz de mierda!...- y así.
   En una de las tantas cooperativas de producción que armaron entre varios, les había ido tan bien que resolvieron entre los socios ir comprando un vehículo para cada uno. Mientras todos consideraban vehículos tan grandes como cirqueros, se escuchó al Ruso Ackermann comentando emocionado en voz baja:
   - Mi Papá siempre quiso tener el Rastrojero del patrón de mierda...- Nadie agregó más palabras inútiles y lo primero que adquirieron fue el para entonces desvencijado Rastrojero.
   Otro compañero de mi hermano era el "Facha" Barreto. Lo de "Facha" era el típico apodo contradictorio cargado de malicia, porque el pobre era horrible, flacucho y desgarbado, pero con una voluntad increíble.
   En otra experiencia societaria, entre varios habían resuelto criar conejos de Angora, para vender el pelo. Llegaron a tener un montón de jaulas en un pueblo cercano, hasta la invasión de un mosquito con un virus que terminó con todos los conejos de Entre Ríos. El "Facha" separó su parte de conejos de la sociedad y durante semanas enteras los cercó con fogatas que mantenía encendidas día y noche. Sus conejos se salvaron mientras a 50 metros morían los de sus descreídos compañeros.
   También conocí al Ruso Tim. Es común en Entre Ríos decirle "Ruso" a cualquier persona de pelo rubio. Yo tengo tan incorporada esta noción, que una vez, harlando con un fanático de las motos y su rubia novia, él me comentaba:
   - A la "Rusa" la tengo muy sucia. Le tendría que limpiar un poco el caño. ¿No te querés quedar con ella?- y yo pensaba:
   -¡Qué pedazo de ordinario. Cómo puede hablar así de la mina, y con ella al lado!- Luego entendí que lo de "Rusa" era por el origen de una vieja moto que había restaurado.
   Y lo que son los fenómenos de la Lengua. En Buenos Aires, "ruso" es sinónimo de "judío". El padre del Ruso Tim vivía en Buenos Aires y era tan alemán como estúpidamente nazi. Se enojaba con todos los compañeros del hijo:
   -¡Mi hijo no es ruso!¡¿Porqué le dicen ruso?- gritaba ofendido.
   El Ruso Tim podía escribir todo un tratado con el título: "Cómo piensa y siente la policía caminera". Comentaba en sus alocuciones:
   - Los canas te presionan con tu tiempo. Por eso, si te paran, tenés que actuar como si tu mejor programa fuera pasarte toda la semana varado en la banquina. Ya con eso, los confundís...- Pero había que respetar sus ideas, porque con su rebuscado entendimiento de la psicología policial, era el único tipo que conocí que logró sacarle plata a los canas, en lugar de ellos a él.
   Más escabroso me resultaba el Enano Haimovich. Este hacía gala de gran erudición zoofílica y con total desparpajo opinaba:
   - Mejor que con la oveja es con la gallina, y mejor todavía es con el biguá...- y pasaba a explicar detalles acerca de tipos y tamaños de orificios mientras a mí se me revolvían las tripas de vergüenza ajena.
   Mi hermano gozaba de una característica mas modesta:
   - Al Negro Gómez nunca lo contradigas. Te puede tener durante días discutiendo hasta ganarte- decían. Por eso, ante el menor asomo de la más simple controversia del tipo:
   - ¿No les parece que el café está medio frío?- enseguida le daban todos la razón, aunque opinaran lo contrario.
   Lo cierto es que en mi escuela, mientras unos pocos discutíamos si había que reivindicar a los montoneros, a Evita, a Santucho o a Mongocho, y no lográbamos convocar a mas de veinte tipos para armar un centro de estudiantes, en la brillante escuelita de campo de mi hermano, ya llevaban tres años de organización política estudiantil y una próspera experiencia cooperativista de producción, ambas combinadas con prácticas democráticas y elecciones por listas con la participación de la totalidad de los alumnos.
   Tan bien funcionaba la cooperativa de producción que con la venta de pollos, huevos y dulce de leche, se pudieron pagar el tour a Bariloche más oneroso que había en oferta. Bien merecido tenían semejante viaje ganado con el esfuerzo conjunto como única herramienta. Y habría que haber visto a estos humildes gringuitos de campo, de mofletes colorados y manchados por la exposición al sol, mateando en el hall de un hotel cinco estrellas de Bariloche.

Yapeyú

   Yapeyú es un pequeño poblado de calles de tierra, casas de estilo colonial con alevosos terrenos parquizados que dan al río Uruguay, museos sobre San Martín, escuelas militares y regimientos también de estilo colonial, alternando todo con viviendas más humildes y los clásicos bares de pueblo.
   Cuando llamé por teléfono preguntando por los organizadores del encuentro de motos me dijeron que en ese momento estaban todos "en formación", o sea que se trataba de los mísmísimos milicos, lo que no era buen indicio.
   Además se acercaba el 17 de agosto, fecha clave para este pueblo, lugar natal del Gran General.
   El camping por supuesto, era del ejército. Se habían destacado treinta soldados y cuatro grandes tiendas de campaña para atender necesidades de unos cien motoqueros.
   El almuerzo del sábado, agobiante día de calor, consistió en un locro, más cercano a una sopa, bien recontracaliente, hecho en una cocina de campaña -allí todo era de campaña- y un minúsculo vasito de naranja.
   El detalle era ver a los motoqueros sentados en largas mesas y los soldados caminando alrededor, atendiéndolos como camareras.
   Pero lo extraordinariamente pintoresco fue la transformación que sufrió Yapeyú el 17 de agosto.
   Se avecinaba un monumental desfile por lo que infinidad de grupos con extraños uniformes descansaban sobre el césped de las veredas. Parecía un encuentro intergaláctico. Soldados de trajes camuflados en distintas combinaciones de verde o azul, granaderos a caballo, gauchos, paisanas y gauchitos con caballos engalanados de cuelleras plateadas, agrupaciones de ciclistas, gendarmes, una banda completa del Brasil de negros vestidos de verde loro y dorado portando sus brillantes instrumentos de bronce. El último grito de la moda en uniformes militares eran unos ridículos carapintadas con trajes cubiertos de pies a cabeza de tiritas de tela verde, más propicios para caracterizar al "monstruo del pantano" en una obra de teatro infantil.
   Hasta los motoqueros formaron parte del desfile. Tres de ellos, los famosos "acróbatas brasileños", hicieron piruetas las 24 hs. en cada bocacalle del pueblo.
   Por si faltara movimiento, lanchas de la prefectura pasaban raudas por el río como preparándose para sumarse al desfile en la calle, y dos helicópteros ensayaban vuelos rasantes todo el tiempo sobre nuestras cabezas, dando la sensación de que fueran cientos y que uno estaba metido en el set de filmación de "Apocalipsis now".
   Desde el camping se escucharon las bandas militares del exagerado desfile durante horas. Esa música y los milicos rondando por todos lados, quitaban clima al ya decaído motoencuentro, y la mala onda se iba acrecentando.
   Pequeñas escaramuzas se percibían entre motoqueros y milicos.
   Por la noche, los soldados realizaron un ataque frontal con un soporífero recital de chamamé. Estuvo a cargo de una voz femenina y órgano ejecutado -en el fiel sentido de la palabra, fue una ejecución- con los dos dedos índice del músico.
   Cuando parecia que los rockeros espíritus de los motoqueros habían sido ultimados, apareció un valiente que acelerando los 1500 cc de potencia de su moto, tapaba el sonido de la poco virtuosa banda musical.
   Por la madrugada varias motos volvieron a contraatacar girando alrededor de las carpas de los milicos, para replegarse cuando éstos salieron puteando, agitando los puños, adormilados y en calzoncillos, avasallados ante tamaña afrenta.
   A la salida del sol, las motos, que para entonces eran inferiores en número a los soldados, ya se habían batido sabiamente en retirada.
   Motoquero vivo sirve para otra guerra...

18 enero 2006

Fiesta del puestero

   En Junín de los Andes, a principios de febrero, se reúne una tan disímil y extraña multitud en cuanto a características, ocupaciones y nacionalidades, que más parece un congreso intergaláctico entre criaturas de lejanos mundos de esos que pintan las películas del espacio.
   Los actores principales son los puesteros de infinidad de estancias del sur. En camionetas, carros o directamente a caballo, "bajan" con sus familias durante los tres días de la Fiesta para darle nombre al encuentro, lucir sus vestimentas gauchescas, probar sus habilidades en la doma y despilfarrar el jornal de todo el año, oportunidad que no tuvieron ocupados en lejanos, aislados y autosubsistentes puestos de estancia, cuidando las ovejas del patrón.
   También los estancieros y sus estiradas mujeres se hacen presentes en este evento, haciendo gala de soberbia, distante "integración" con el "obreraje" y adinerada ignorancia y brutalidad.
   Para todos ellos, a lo largo de unas doce cuadras de calles céntricas, se improvisa este "shopping de la precariedad", de cuidadas tiendas con la más cara y artesanal platería gauchesca, alfombrados gazebos provistos de probadores y maniquíes luciendo camperas de carpincho, o modestas carpas de roídas lonas ofreciendo collares y aritos de juguete, económicos sacos de lana peruanos o ropa interior apilados directamente sobre el asfalto, pela-papas de plástico de dudosa practicidad y duración y alimentos como frutilla con crema, vino caliente, empanadas, que desafían a la digestión más sufrida y resistente.
   Observando la fisonomía de los vendedores de la feria, eternos errantes presentes en todas las fiestas de quién sabe dónde, se remarca la ascendencia indígena. Los que venden ropa barata contrabandeada desde Iquique, sábanas, ollas, sartenes de aluminio, baratijas de bijouterie, son bolivianos o peruanos. Los que venden artículos para gaucho, como rastras, bozales, monturas criollas y españolas, alpargatas, bombachas de campo, sombreros, facones y cuchillas de mangos de alpaca, son casi todos santiagueños, provincia mestiza si las hay. Y los artesanos, mayormente mapuches. Todos aparentan no haber hecho otra cosa más que trasladarse durante siglos, rememorando esa idea del indio nómada que nunca se instala en un lugar, o nunca lo dejan.
   Es fácil divisar los turistas europeos. Portando mochilas multicolores sobresalen medio metro por sobre las cabezas del resto, los latinos, haciéndonos parecer más gorditos y retacones que nunca.
   En la Capital juegan River y Boca. Preparándose para soportar la angustia de un nuevo clásico desde este recóndito paraje a 2000 kilómetros de distancia, algunos visten la camiseta de alguno de estos equipos. Con el santiagueño del puesto de al lado, matamos el aburrimiento contándolas. Como él es de Boca y yo de River, "¡Ahí va otra más de Boca! ¿Hé? ¡Ya van quince!"- me grita. Pasa una chica embarazada con camiseta de River: "¡Ah, esa vale por dos!"- le contesto.
   Llega un grupo de artesanos de Neuquén, descendiendo del cajón de carga de un camión solidario. La policía les impide armar sus puestos en la calle principal, justo frente a mí. No pueden instalarse allí sin pagar canon. Un petisito de flequillo y bigotes a lo Cantinflas gesticula y grita rodeado de seis uniformados de azul:
   - A nosotros nos invitaron de "Cultura de la Provincia" ¿Cómo vamos a pagar canon si venimos por "Cultura"? ¡No rompan los huevos!
   Finalmente policías y artesanos combinan momentáneamente en que los puestos se armen en una plazoleta interna paralela. Pero a la hora los artesanos mudan sus mesas y paños a la calle hasta la nueva aparición de la policía.
   Así las cosas, estas idas y vueltas, discusiones y mudanzas, durarán los tres días de la Fiesta.
   También durante los tres días, un "dealer" camuflado entre los artesanos, trata de convencerme de trocar un tapado de cuero bordó que me quedó de "clavo", por algún alucinógeno:
   - ... Dale, tengo lo que quieras, ácido, porro, blanca, tengo lo que quieras. ¡Ese saco es un flash...!
   A unos metros, Sandro Currumil, amigo de salidas y varias temporadas de ferias en San Martín de los Andes, como la del "Trahún" o la "Globa de los artesanos" durante las vacaciones invernales, en compañía de su socio arma un extraño puesto. Como se cobra por el metro lineal de frente, montan con listones de madera un pasadizo de sólo un metro de ancho pero 3 o 4 de profundidad, cubierto de nylon transparente, en el que cuelgan todas sus artesanías. Habían acordado dividir las formas típicas de copetineros y tablas de madera para no competir. Sandro las había hecho con formas de hoja o pato y Mario, el socio, en siluetas de trucha. Mario, a pesar de apellidarse Currumil y provenir también de la "reserva", es blanco y cejijunto. Cuesta imaginarse a semejante fisonomía de vasco entre los mapuches.
   Vienen de acampar un mes junto a un hermoso radal seco, recostado en alguna ladera inaccesible del Parque Nacional Lanín. De él extrajeron y tallaron innumerables piezas que ahora mejoran en su terminación y "curan" ante la curiosidad de los turistas. Para el "curado" y sellado de la madera, Sandro prepara una fórmula a base de miel, cera y aceite.
   Envidio la movilidad que ambos tienen en los pueblos de toda la región, la otrora Pehuenia o "País de las Manzanas". Como aquí mismo, en Junín, siempre encuentran a alguno de su comunidad dispuesto a ofrecerles cobijo y un brasero, recibirlos como a hijos pródigos, y despedirlos con melancólica mirada, deseando vuelvan tan pronto como puedan o quieran.
   Se aproxima un niño de unos 8 años:
   - Señor, ¿vende botas de carpincho?

   - No
   - ¿Vende alpargatas de carpincho?
   - No
   - ¿Vende chalecos de carpincho?
   - ¡No, no y no! - le contesto con hastío. ¿Qué les pasa con el carpincho? Con razón está en extinción.
   No tengo suerte en esta feria. Los gauchos reclaman camperas con elástico, esas antiguas "aviadoras" que se usaban hace 15 años. Con ellas pueden cabalgar y lucir las rastras y los facones sujetos atrás, a la cintura. También consumen cualquier cosa realizada en el bendito carpincho. No tengo nada de eso.
   Los santiagueños de al lado sí venden bien. También se divierten. Sentados sobre cráneos de vaca, mientras atienden la clientela, comen locro y asado todo el día. Ocasionalmente, juegan a "la taba" con algunos domadores amigos. Entre apuestas, estos comentan sus estrategias para ganar en el torneo de doma que se está realizando. Unos prefieren los jurados por puntaje, otros, la eliminación por caída.
   Para variar, por la noche actuarán Soledad y su Poncho. ¿Quién convocará más?. Tal vez, algún día, por problemas de contrato, separen sus caminos y la gente pague y llene estadios para ver únicamente el "Revoleo del Poncho" independientemente de quien lo sostenga.
   El espantoso sonido no empañará la magnífica visión nocturna de las estrellas sureñas y el resplandor de los picos de montaña aún nevados que rodean al valle.