28 abril 2009

El "comegatos"

- ¿Cómo me van a pedir repuestos de BM? ¡Esto es Argentina! ¡O viajen a Alemania, manga de pelotudos!- refunfuña para sí mismo el “Comegatos”, luego de espantar a unos clientes.

Ya había recibido comentarios sobre su proverbial mal carácter. Por ello incluso le habían endilgado ese sobrenombre tan despectivo, en el cual él mismo aún no repara. También se ganó el mote no por rosarino, que no lo es, sino por su confesa concurrencia a prostíbulos de departamento.

A nadie el “Comegatos” le cae bien. Personalmente, lo veo tan huraño que me resulta caricaturesco, casi simpático. Además, no tengo donde entretener mi atención en esos largos espacios en los que no aparecen clientes en mi puesto. Hacia el otro lado, a mi izquierda, hay un precario escaparate de CDs truchos a cargo de, cuando no, un peruano. Éste, absolutamente concentrado, casi hipnotizado, mirándose en un espejito redondo, se corta los pelos de la nariz con una larga tijera. Bajo los tablones, sobre el piso de tierra, su hijita ve una animación en un minúsculo televisor mientras hace sus necesidades sentadita en una escupidera.

Pero el “Comegatos” gusta de hablar y hace comentarios de todo el mundo: “¡Mirá, allá va el “Loco Aguja”, porque tiene un solo ojo! ¡A ese otro le dicen “Pistolita de agua”, si no gatilla, no moja!”. Sin embargo, no parece divertirse. Todo lo dice entre dientes, sin gesticular, manteniendo las cejas en dura horizontalidad, con el ceño golpeando enojo contra la tristeza de una mirada de párpados caídos.

Su clientela es muy particular. Todos los coleccionistas de motos antiguas tienen aires de “trastornado”. Obsesivos enamorados de la pieza original, pueden rastrear el repuesto que necesitan en los lugares más remotos del planeta. Internet. Contactos. Clasificados de diarios. Y finalmente, en los encuentros de motos, recurren al “Comegatos”. Éste llega en su desvencijada Falcon Rural con el chasis rozando el suelo, vencida por el peso de tanto fierro viejo.

Lo que para mí son decenas de cajas de chatarra inútil, el “Comegatos” y su clientela identifican como manillares, virolas de faros, apoyapiés, escapes, asientos triangulares de Siambrettas, Milanos, Norton, Tehuelches y otras marcas que dejaron de existir hace cuarenta años. Entre ellos mantienen durante horas aburridísimas conferencias sobre fierros.

Cuando nadie lo ve, el “Comegatos” toma una de las tantas piezas que vende y la gasta contra el piso varias veces. Luego la coloca para su exhibición sin limpiarle la tierra. “Así parecen más originales”, me confiesa, “si no, por ahí, los “vagos” se piensan que son imitación. En mi casa, a veces, les echo una buena meada, para que se oxiden más rápido. Hasta les puedo subir el precio”. Conoce su negocio. Varios coleccionistas rodean su puesto, mirando extasiados las piezas meadas secretamente.

Cuando pasa una mujer, el “Comegatos” vomita los comentarios desagradables y enfermos de un psicópata desbordado: “A ésa, sabés como le chupo todo. Se me va la lengua, se me va...” y otros por el estilo.

- ¡Yo ni loco me consigo una novia!- se despacha. -Con 45 años no vi`á caer en mi casa con una novia. Y que mis hijos se la tengan que bancar. No. Yo si tengo ganas, me voy al departamento de alguna “loca”, pago y listo. Sin problemas. Y sabés lo bien que la paso. Hay cada “loca”. Llevo este “juguetito” - y extrae de abajo del tablón un largo y patético pene plástico a pilas, que viborea al accionar un botón.,- y con las “locas” nos recagamos de risa. - Me sorprende que tenga esa huevada tan a mano. Sin embargo, su regocijo no suena convincente. Todo lo dice con extrema seriedad, más bien resentido, peleado con el sexo femenino.
- Ah, te separaste - arriesgué.
- No, pero estoy solo, con mis tres hijos. Los tengo que mantener y cuidar. Decí que también se pueden cuidar entre ellos. El año pasado mi mujer se suicidó de un tiro.

26 abril 2009

Manías peligrosas

Diversas manías, conductas patológicas o, simplemente, locuras de pibe, se despliegan durante la clase en un taller de arte. La mayoría son inocentes y hasta cómicas, pero algunas entrañan peligro para sus autores o circunstanciales vecinos.

Podemos clasificar varias de ellas, intentando aportar conocimientos prácticos que difícilmente se adquieran en una clase de pedagogía:

El remolón: solo se interesa por cualquier actividad en la que no necesite levantar o mover ni un brazo, ni una mano, ni un dedo. Como es algo imposible, a los dos segundos de iniciar un trabajo gritará a los cuatro vientos su frase preferida: “Seño, ¿me lo hacés?” Y aunque se le explique que solo basta con hacer un rayón, una línea cualquiera, contestará su excusa preferida: “Pero no me sale...”

El negativo: ninguna propuesta le cae bien. Cree que tener esa postura negativa lo hace parecer inteligente. Pero así termina por no disfrutar de nada. Su frase preferida: “Pero esto no me gusta...”

También la postura puede ser hacia sí mismo. No le gusta nada de lo que hace aunque no alcance a hacer nada. “Pero no me sale” es otra de sus frases más recurrentes.

El paseandero: esta donde no están los demás. Deja el lugar vacío, el trabajo a medio hacer y hay que rastrearlo por todos lados. Generalmente se pierden las piezas que hubiere hecho o encontrado o los dibujos, y encima se enoja. Para comentar una propuesta al inicio de la clase siempre hay que convencerlo de que se acerque al grupo, ya cansado de tanta demora.

El investigador: Niño despierto, entusiasta, gusta explorar y descubrir. Pero, ¿porque no deja las cosas como las encontró? Tras su paso van quedando cajas y libros abiertos, objetos salidos o directamente fuera de su lugar. Todo le llama la atención, lo toma, y lo deja ahí, sin orden. Que alguien acomode. Él seguirá investigando.

A veces el paseandero se combina con el investigador. Ambas manías en un solo niño, es una formula explosiva.

El guerrero o soldado: para él cualquier trozo de madera o metal es una pistola, escopeta, lanza, o lanzador de rayos destructores. Apunta al resto de los compañeros haciendo sonidos de explosión con la boca. A veces se pone a ensayar golpes de artes marciales. Es inofensivo mientras mantenga la idea de “juego”.

El golpeador: es el que contesta a cualquier chiste, broma, mirada, sonrisa, o nada, con una piña. Le cuesta “jugar” al soldado o guerrero sin infringir daño en serio.

El equilibrista: se aburre de estar firme sobre la tierra. Nunca usa banquetas y sillas en las posiciones para las que fueron diseñadas. Necesita explorar los límites de las patas de la silla flotando en el aire, vivir el vértigo del cuerpo hamacándose hasta equilibrios mortales. Siempre termina igual: aplastando el pie de algún compañero o desparramado redondamente sobre el piso.

El revoleador: mientras se mantenga con las manos vacías, apenas es un peligro en potencia. Pero si accede a tomar algo, el atentado será inevitable. Casi inconcientemente, cualquier palo, soga, cable, alambre, caño que acerque a sus dedos lo hará cruzar por el aire en forma de círculos o latigazos. Los que están cerca huirán para no perder un ojo.

El acaparador: lo que sea tiene que ser de su posesión. Si se disponen fibrones sobre la mesa, toma varios aunque solo pueda usar uno a la vez. Si se trata de elegir piezas de madera o chapa, toma todas, por si las dudas. “Todo esto elegí yo”, “Guardame todo para la clase que viene Profe”, “Que nadie me lo toque” son sus frases preferidas mientras señala una montaña de cosas.

El mandón: exige, no pide. Ordena, no solicita. Sus modos son del estilo de: “¡Ey, alcanzame eso!, ¡Terminámelo vos! ¡ Profe, vení para acá! ¡Correte!”

Al principio, resulta cómico. Enseguida se vuelve insoportable. Es imprescindible entonces, explicarle normas de respeto y convivencia.

El monotemático: realiza cualquier dibujo, pintura, cerámica, grabado o propuesta plástica, con el mismo motivo, tema o idea de siempre. De nada sirven otras sugerencias. Seguirá terco con su imagen preferida. Ejemplo: “Pero yo quiero hacer otro perrito. A mí me gustan los perritos”.

¡Precaución! ¡Peligro! ¡Pequeños perversos polimorfos construyendo subjetividad en las cercanías!

Lo breve, lo simple, lo fugaz que reparte un pibe mientras construye su pensamiento, es lo que imprime belleza en cualquier taller, aula, salón educativo. Si no lo sabés descubrir y disfrutar, y seguís manteniendo mala onda, está claro, te dedicaste a la docencia por la frustración de no poder hacer otra carrera o solo por tener un ingreso económico.

Aunque tienen algo de intransferible, aquí van algunos de esos momentos.

- Profe, ¡tiene un agujerito ahí arriba, en la cabeza! ¡Le falta el pelo! ¿Siempre tuvo ese agujero? ¡¿Hace cuanto que lo tiene?!-...Y sigue, dale que dale con el agujero...
Cony, 10 años. Taller de arte.

Seba toma un hierro curvado con forma de U de entre las cajas de materiales:
- Profe, ¿esta es una cerradura de caballo? ¿Por qué tenés una cerradura de caballo?
Seba, 6 años. Taller de arte.

- ¡Voy a construir un “barco frictórico”!- anuncia Mateo.
- Perdón, Mateo. No te escuché bien...
- Un “barco frictórico”...
- ¿Un qué...?
- ¡Un “barco frictórico”!- repite Mateo ya ofuscado- No me digas Profe que no sabés lo que es un “barco frictórico”.
- No, ni idea- le respondí aunque asociaba esa extraña palabra con “prehistórico” o “frigorífico”. Por la respuesta de Mateo, algo de eso había:
- ¡Uuuh! ¡Es una cosa que lleva tantos dinosaurios!
Mateo, 5 años, Taller de arte.

- Mi papá tiene la lengua chiquitita- anuncia Cata.
- Bueno, chicos, no cuenten cosas de los papás...
Al rato, se les explica que deben agregar talco sobre la hoja, para que la técnica del día funcione.
- ¡El talco es lo que se pone mi papá en los huevitos!- insiste Cata.
- ¡¿Qué huevitos?!- pregunta otra nena.
- Son las pelotitas que están al lado del pito- explica Cata y ambas siguen trabajando tranquilamente.
Cata, 5 años. Taller de arte.
En la fuente del parque Urquiza, los alumnos del taller están haciendo flotar y jugando con los hermosos barcos de formas extrañas y multicolores que habían hecho ellos mismos, con telgopor reciclado. Alucinados, se acercan otros pibes que pasaban ocasionalmente.
- ¡Qué bueno que está! ¿me lo prestás?- le pregunta uno de ellos a Juani, señalándole su barquito, pero queda atónito, sin reflejos, con la respuesta. Juani, sin mirarlo, contesta con sequedad:
- ¡No! ¡Es un arte!
Juani, 4 años, Taller de arte.

- ¡Cata, no!- intento frenarla. Siendo una nena de cuatro añitos, no entiendo su facilidad para colocar clavos a martillazos por todos lados. En la mesa, en los bancos, en cualquier madera... Cata aprovecha mis descuidos para poner clavos en los lugares más insólitos. Estos quedan ahí, semienterrados, sin sentido.
Cuando me ve maniobrando con la caladora eléctrica, no puede evitar intentar acercarse y experimentar:
- ¿Me cortás el chupetín con esa máquina?- insiste. Pero Mateo se adelante:
- No se puede. El chupetín se resbala.
Mateo, 5 años. Taller de arte.

- ¡Hacer arte es el deporte que más me gusta!
Blas, 6 años. Taller de arte.
- Seba, tenés que esperar un rato antes de unir las maderitas con cemento- explico.
- ¿Cuántos ratos?- me pregunta.
- Un solo rato, cinco minutos.
- ¡Ah!-, y luego le explica a una compañerita: -¡Tenés que esperar como cinco ratos!
Seba, 6 años. Taller de arte.

Por una reciente operación de implante dental, yo lucía un tremendo flemón en la mejilla derecha. Muriel me sugiere:
- Papi, te podés poner un palito que asome por la boca, así disimulás, porque todos van a creer que tenés un chupetín.
Muriel, a los 6 años, en mi casa.

- En la clase de inglés hay como tres chicos que gustan de mí, y ahora entró un chico nuevo que seguro que pronto va a gustar.
Muriel, mi hija, diez años.