Manual Básico de Psicologìa del Bebè (contenido no apto para personas impresionables o con problemas cardíacos)
Sigmund Freud explicó la relación del recién nacido con la madre, pero
no aclaró que existe una relación más conflictiva aún entre un bebé y
la Ley de Gravedad.
A continuación se detallan actitudes repetidas de un bebé ( de unos 3 a 30 meses), que lo demuestran.
Un bebé siempre toma objetos como botellas, paquetes de galletitas y otros por la base, sobre todo si estos están abiertos en su parte superior. La consecuencia lógica es el derrame de líquidos o desparramo de galletitas consiguiente. La frustración será menor si el bebé logra que quede una última galletita en el paquete que engullirá con orgullo. Mayor frustración es para el adulto que le toque limpiar todo.
Entre los mas diversos objetos, un bebé tumbará sólo lo que es muy frágil o lo pesado que pueda romper otras cosas en su caída, incluso en forma de carambola o dominó esquizofrénico.
A un bebé le encanta agarrar con sus propios puños piedritas, o elementos mas volátiles como tierra, arena, cenizas y arrojarlos al aire hacia arriba en forma exactamente perpendicular a su cabeza. Puede darse el caso que los arroje hacia un lado pero siempre contra el viento, cuidando así en todo momento, que dichos elementos no caigan en otro lugar que no sea sobre la cabeza, los ojos, la ropa.
Podría agregarse que un bebé solo camina por lugares resbalosos, o con infinidad de cosas que se rompan o que lo hagan tropezar.
Pero esta elocuente saga de actitudes de un bebé hacia y con la ley de gravedad se prolonga en otras derivaciones no menos delicadas.
Al golpearse, un bebé siempre da con lo más débil, la cabeza.
Un bebé siempre toma el cuchillo por el filo.
Todo palo con puntas o alambre, un bebé lo toma y revolea exclusivamente a la altura de los ojos de seres cercanos o de él mismo.
Un bebé no toma la comida de su propio plato. Toma la comida del plato del vecino, o mejor aún, la que encuentre en el piso, sin importarle la fecha de vencimiento, la cadena de frío y otras sutilezas.
Un bebé sujeta objetos con orificios en los que sus dedos puedan quedar trabados o gusta de abrir y cerrar puertas, ventanas, cajones, cajas, tomándolos de manera tal que pueda golpearse o apretarse los dedos.
Con el clima la relación de un bebé es de aceptación total: arrojará con desprecio su sombrero ante el solazo más indolente, puede que se cubra con una manta o algún pesado disfraz ante el calor más abrazador o enfrente el frío glacial de remerita o casi desnudo.
El adulto siempre intenta “salvarlo” de todas estas pequeñas calamidades, deteniendo a tiempo a su bebé, a veces ensayando alguna explicación o reprendiéndolo para que no se repita, que no lo haga más. El resultado siempre es adverso. Un bebé repetirá el error hasta el cansancio, pero esta vez, aprovechando la distracción del adulto, o cuando éste esté en otros menesteres.
Es lógico que ante tanta peripecia un adulto reflexione cayendo en el lugar común con respecto al “milagro de la Vida” y esas cosas.
O en estado de estrés nervioso, luego de tanta vigilia constante para evitar estas situaciones de terror, puede que un adulto también se permita dirimir si su bebé no serà medio boludo. Sin embargo, es seguro que uno lo fue tanto o mas en similar edad y circunstancia. Incluso pasaron por el mismo camino de imbecilidades prestigiosos científicos, intelectuales, amas de casa, colectiveros, ferreteros, astrónomos, matemáticos, plomeros, premios Nóbel y linyeras.
La conclusión nos lleva al origen del conocimiento: no hay nada más irreductible, fascinante, sabio, en el aprendizaje, que esa lógica maniática por el error constante, llegando incluso a límites peligrosos.
¡Tiemblen pedagogos!
“El saber de la raza humana se sostiene simplemente en el ejercicio de la cuerda floja sobre el abismo”
A continuación se detallan actitudes repetidas de un bebé ( de unos 3 a 30 meses), que lo demuestran.
Un bebé siempre toma objetos como botellas, paquetes de galletitas y otros por la base, sobre todo si estos están abiertos en su parte superior. La consecuencia lógica es el derrame de líquidos o desparramo de galletitas consiguiente. La frustración será menor si el bebé logra que quede una última galletita en el paquete que engullirá con orgullo. Mayor frustración es para el adulto que le toque limpiar todo.
Entre los mas diversos objetos, un bebé tumbará sólo lo que es muy frágil o lo pesado que pueda romper otras cosas en su caída, incluso en forma de carambola o dominó esquizofrénico.
A un bebé le encanta agarrar con sus propios puños piedritas, o elementos mas volátiles como tierra, arena, cenizas y arrojarlos al aire hacia arriba en forma exactamente perpendicular a su cabeza. Puede darse el caso que los arroje hacia un lado pero siempre contra el viento, cuidando así en todo momento, que dichos elementos no caigan en otro lugar que no sea sobre la cabeza, los ojos, la ropa.
Podría agregarse que un bebé solo camina por lugares resbalosos, o con infinidad de cosas que se rompan o que lo hagan tropezar.
Pero esta elocuente saga de actitudes de un bebé hacia y con la ley de gravedad se prolonga en otras derivaciones no menos delicadas.
Al golpearse, un bebé siempre da con lo más débil, la cabeza.
Un bebé siempre toma el cuchillo por el filo.
Todo palo con puntas o alambre, un bebé lo toma y revolea exclusivamente a la altura de los ojos de seres cercanos o de él mismo.
Un bebé no toma la comida de su propio plato. Toma la comida del plato del vecino, o mejor aún, la que encuentre en el piso, sin importarle la fecha de vencimiento, la cadena de frío y otras sutilezas.
Un bebé sujeta objetos con orificios en los que sus dedos puedan quedar trabados o gusta de abrir y cerrar puertas, ventanas, cajones, cajas, tomándolos de manera tal que pueda golpearse o apretarse los dedos.
Con el clima la relación de un bebé es de aceptación total: arrojará con desprecio su sombrero ante el solazo más indolente, puede que se cubra con una manta o algún pesado disfraz ante el calor más abrazador o enfrente el frío glacial de remerita o casi desnudo.
El adulto siempre intenta “salvarlo” de todas estas pequeñas calamidades, deteniendo a tiempo a su bebé, a veces ensayando alguna explicación o reprendiéndolo para que no se repita, que no lo haga más. El resultado siempre es adverso. Un bebé repetirá el error hasta el cansancio, pero esta vez, aprovechando la distracción del adulto, o cuando éste esté en otros menesteres.
Es lógico que ante tanta peripecia un adulto reflexione cayendo en el lugar común con respecto al “milagro de la Vida” y esas cosas.
O en estado de estrés nervioso, luego de tanta vigilia constante para evitar estas situaciones de terror, puede que un adulto también se permita dirimir si su bebé no serà medio boludo. Sin embargo, es seguro que uno lo fue tanto o mas en similar edad y circunstancia. Incluso pasaron por el mismo camino de imbecilidades prestigiosos científicos, intelectuales, amas de casa, colectiveros, ferreteros, astrónomos, matemáticos, plomeros, premios Nóbel y linyeras.
La conclusión nos lleva al origen del conocimiento: no hay nada más irreductible, fascinante, sabio, en el aprendizaje, que esa lógica maniática por el error constante, llegando incluso a límites peligrosos.
¡Tiemblen pedagogos!
“El saber de la raza humana se sostiene simplemente en el ejercicio de la cuerda floja sobre el abismo”
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