¡Muchachos! ¡No nos desconozcamos!-(El "Sucio" Larry- Cap. VI)
¡Muchachos! ¡No nos
desconozcamos! – (El “Sucio” Larry- Cap. VI)
A las 10 de la mañana del sábado en Bella Vista, Corrientes,
hay aún escasa vida humana en el motoencuentro, pese a la profusión de carpas y
motos que indican lo contrario.
Se hace fácil distinguir las enormes banderas y pancartas
que cuelgan de los árboles con los nombres de las agrupaciones motoqueras
asistentes al evento. La mayoría expresa alguna característica de los
integrantes: “Malas Compañías”, “Maldita suerte”, “Retobados”, “Boqueteros”, “100
% Negro”, “Ratas alcohólicas”, “Tomé demasiado”… También pueden referirse a
algo que identifique su región de origen, como la agrupación “Dengue” de
Formosa.
La quietud mañanera sugiere una noche muy activa y no solo por las bandas de rock. Desde
una carpa se escucha una ronca conversación:
-“Esos pendejos del orto con esos ciclomotores de porquería…no
sirven para nada. Puro kilombo toda la noche. No te dejan dormir. En Mercedes
podían entrar sólo las motos de mas de 250cc.”-
-“Te dije que le dieras al Fernet y listo. Así te dormís y
te dejás de romper las pelotas. ¡Sos boludo! ¿Hé?”
Yo tampoco me banco a los pendejos de los ciclomotores. Pero
para estos veteranos motoqueros, aquellos se convierten en la ladilla molesta,
la plaga, la vergüenza de los motoencuentros. Por empezar son del mismo pueblo,
no viajeros devora rutas. Entran al motoencuentro con la cabeza confundida,
como si fuera una zona liberada, para el reviente. No tienen criterio para andar en moto, no saben beber alcohol ni
drogarse ni cargar fierros o navajas, pero hacen todo eso. No conocen los
códigos. Y de seguro, serán los promotores o culpables de varias escaramuzas,
ignorando que a los motoqueros les encanta reprimir y confraternizar pegando y
haciendo de policías de sí mismos.
A la mañana siguiente de una noche de motoencuentro y rock’n
roll, seguramente habrá algún pendejo hospitalizado, en la cárcel, o en ambas
situaciones, o lastimado acostado en algún cordón de vereda, con la moto sin
llaves o con las llaves sin moto, y no pudiendo acordarse de cómo terminó en
esa situación. Para los motoqueros, será una anécdota más de puño fácil en la
que tuvieron que actuar para ubicar a alguno y hacer respetar “los códigos”.
En Trenque Lauquen, los organizadores de la agrupación “Malón”
llegaron tarde para evitar la batalla. Dos de esos tipos del pueblo que parece
que cada vez que se ven se saludan a trompadas y navajazos, justo se
encontraron a unos metros de mi puesto. Para colmo, cada uno iba acompañado de
su propia barra de compinches. La batahola fue de dimensiones. Uno de ellos se
aproximó peleando de espaldas hacia mí. Si la pelea se extendía dentro de mi
puesto podía considerar mi desastre económico. Pensando en el pan de mi hija le
dí un empujón a una espalda de 100
Kg., redireccionándolo hacia la gresca. El desgraciado
saltó hacia mi izquierda, donde había otro puestero que vendía todo tipo de
armas blancas- navajas, cuchillos, catanas japonesas y hasta ballestas-, tomó
la catana más próxima y la desenvainó. Con buen manejo de una de éstas, como se
ve en las películas de artes marciales, se sabe que se pueden hacer rodar
varias cabezas con cada sablazo. El tarado, enceguecido, fue tomado entre
varios justo a tiempo mientras la revoleaba peligrosamente en desorbitados
círculos. Ahí todos reparamos, incluso él mismo, que tenía un corte profundo en
un costado del estómago. Soltó la catana y se perdió corriendo entre el gentío
como un diablo.
En San Carlos hubo varias “podridas”. Pero no tan cercanas,
y algunas casi simpáticas, como la que se armó a la vista de todos entre los
mismos motoqueros.
Sobre el escenario, mientras hacían el cambio de
instrumentos para otra banda, el animador, “Gilerón”, tipo repulsivo e
insoportable, convocó a Olaf el
“Vikingo”, un veterano y querido motoquero, para homenajearlo con una cerveza y
una placa. Cuando Olaf se disponía a agradecer,
un joven rockero que había cantado antes,
arrebató el micrófono para denunciar por los parlantes supuestos malos
tratos del animador:-“¡Gilerón! ¡Viejo borracho, irrespetuoso! ¡Venimos a
tocar, no a que nos traten así...! No terminó la frase. Arriba y abajo del
escenario se inició un revoleo de patadas y piñas de película.
Olaf, el “homenajeado”, gigante bonachón, otra vez con micrófono
en mano, se destacaba solitario e inmóvil sobre el escenario en medio de la
batahola, intentando conciliar:-“¡Uy! ¡Eh! ¡Así no! ¡Pero muchachos! ¡No nos
desconozcamos así! ¡Frenen! ¡Ay! ¡Paren locos! ¡Parecemos bailanteros…!
Con el tiempo, uno va aprendiendo a regular los tiempos,
olfatear el peligro, esquivar los momentos y lugares de cuidado, casi hasta
familiarizarse con ciertos riesgos, e incluso, sentirse a gusto. Se me antoja,
algo similar a lo que ocurre a la vida en mi barrio.
Durante horas podría seguir describiendo tantísimas contiendas,
pero justo veo al “Sucio” Larry yendo a buscar el desayuno gratis ofrecido en
la oportunidad: mate cocido y galletas de grasa.
Me parece mas fructífero saludarlo y ver qué se trae entre
manos esta vez. Después de todo, tanto a mí como a los motoqueros, no nos
interesa que se extienda una mala imagen
respecto a los motoencuentros.
Víctor Gómez
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