03 febrero 2006

Sutiles diferencias

   En la gran ciudad, le dice la empleada del negocio al vendedor mayorista que entra buscando al dueño:
   - Si lo querés esperar a Charly (el dueño) no hay drama, pero mirá que ni sabemos a qué hora viene. Vamos a pedir café al bar de al lado. ¿Querés uno?.
    En un pueblito, le dice la empleada del negocio al vendedor viajante:
   - Quédese tranquilo. Ya le avisamos al señor Carlos (el dueño) que estaba usted y en un momentito está llegando. ¿El señor va a querer un mate? Eso sí, está medio lavadito. Va a cagar por el resto del viaje...

Interrupción apícola

   El salto con garrocha es la mas impresionante y bella de las pruebas del atletismo.
   El garrochista sabe que no hay posibilidad de dudas desde el inicio de su carrera hasta superar la vara que pende a 4 metros de altura. De su firmeza y decisión dependen que la garrocha, al hacer tope contra el piso, se doble interminablemente, casi hasta formar un círculo, en suficiente tensión como para catapultarlo a las alturas.
   También debe confiar en que el impulso no ceda mientras va por el aire virando su cuerpo palanqueado por la elástica vara, hasta apuntar sus pies directamente hacia el cielo, y superar así el travesaño que está aún más arriba para caer luego en algún lugar de la colchoneta. Cualquier marcha atrás en el procedimiento sería trágica. El cuerpo debe dejar que la física, la inercia, la gravedad hagan su voluntad, como una hoja se deja llevar por el viento.
   Me imagino al garrochista como un tipo con cierto aire de locura y audacia, semejante a los esquizoides que practican paracaidismo o vuelan en ala delta. Un aventurero con poco sentido del resguardo de sí mismo.
   Es mediodía de un día brillantemente litoraleño en este arbolado polideportivo de Concepción del Uruguay. Ya acontecieron casi todas las pruebas fijadas para la mañana.
   Exhaustos, en extrañas poses de estiramiento de músculos, yacen sobre el césped entrerrianitos de todas partes, velocistas, fondistas, lanzadores de bala o martillo, saltadores de alto o triple, jabalinistas, penthatlonistas...Hay que recuperarse para las pruebas de la tarde.
   Los más hambrientos ya están desempaquetando la vianda preparada en sus casas. Entre los que provenimos de Paraná, algunos son oriundos de una villa miseria cercana al club. Uno de ellos esgrime un pan gigante con una delgada capa de dulce de membrillo en el medio, magro almuerzo.
   Todos, junto a profesores, padres, amigos, estamos próximos y direccionados como para contemplar desde un lugar privilegiado, la alucinante prueba del salto con garrocha. También desde afuera del tejido de alambre que circunda el campo, se agolpa el público con la misma intención.
   La estrella de ese minuto de gloria tenía que ser un gringo y rubio típico de la región, criado seguramente a puro cereal, huevo y leche ordeñada en el día. Todos seguimos atentamente su ritual de precalentamiento, elongación y de cientos de pequeños movimientos nerviosos que anteceden a la postura de inicio.
   Ya se plantó, mirada concentrada, mentón, anchos hombros y la larga vara de resina y siliconas, todos hidalgamente paralelos al suelo. Pero en el segundo decisivo de lanzarse a la aventura para la admiración de todos, el atleta en cambio gira la vista hacia su derecha y el rostro se le empieza a descomponer en una vergonzante mueca de terror. La belleza y armonía helénicas dan paso a la fealdad y disonancia del miedo cuando el alterado deportista suelta la vara y huye en despatarradas zancadas de avestruz, profiriendo femeninos grititos de biguá: "¡Abejas! ¡Abejas!".
   Como todos lo miraban a él, fue el único que reparó en lo que se avecinaba desde el este. Provocando un breve eclipse apícola que dura segundos, viene sobrevolando un imposible enjambre de abejas, oscureciendo el mediodía y venteando nuestras cabezas.
   La gente acostumbrada a este espectáculo imprevisto, se limita a tenderse contra el suelo, y luego de pasada la nube negra, todos regresan tranquilamente a sus posiciones anteriores.
   Yo, que no viví el campo lo suficiente, aparentemente soy el más sorprendido... además del garrochista, que todavía no aparece...

Querida Globa

   Era buen negocio tener un puesto de camperas de cuero en la "Globa de los artesanos" de San Martín de los Andes, armada para las vacaciones de invierno. Pero era imposible durante todo ese mes de lluvia, nieve y 5º bajo cero de temperatura, no terminar en esa carpa gigante sin haber sufrido alguna enfermedad respiratoria. Durante todo el día se sentía el concierto de estornudos, toses, resoplidos y sonadas de nariz.
   Al lado mío había dos viejos que hacían cuchillos artesanales. A la primera semana uno atendió el puesto mientras el otro estaba internado en el hospital con neumonía. A la semana siguiente éste fue a la feria, y aquél al hospital. A la tercer semana no vino ninguno.
   Para colmo, mientras los copos de nieve golpeaban la lona por fuera, por dentro circulaba el mate como nunca, y nadie parecía oponerse al contagio masivo.
   Peor aún estaban los artesanos "rebeldes". Estos eran los que no habían querido "transar" con el Municipio y armaron sus puestos al "aire libre". Para ellos, entrar cada tanto en la antártica "globa", significaba venir a "calentarse" un poco.
   Lucho, el que pintaba azulejos con las manos hacía su entrada gordo con tanta ropa encima y húmeda de nieve. Con sus dedos de todos colores hacía restallar los mocos contra el piso para luego palpar mis camperas mas claras y delicadas y decirme: "Che, que buena piel". La esposa era una chilena veinte años mayor que él, y criaban cinco chicos, de los cuales tres eran del matrimonio anterior de la chilena con otro que casualmente, también hacía dígitopintura.
   La oferta de la feria era muy variada: productores de dulce de frutilla, rosa mosqueta, ciervo en escabeche, hongos, ropa pintada, chales tejidos en telar, mates forrados en cuero, adornos de frutas disecadas, sahumerios, velas, bijouterie, aros de semillas secas de Centroamérica, y hasta había uno que fabricaba boomerangs de distintas formas. El productor de licores era el que mejor se bancaba el frío, a fuerza de consumir su propia mercadería.
   Pero la mayoría de los artesanos eran talladores de madera de origen mapuche. Churruhinca, Sayhueque, Loncón... Cada apellido mapuche indica a su vez la comunidad de pertenencia. Por ejemplo, Sandro Currumil venía de la comunidad Currumil, poblado de mil almas, todas con el mismo apellido derivado del cacique que alguna vez los comandó: Currumil. Eso debe ser como cuando para las elecciones me encuentro en mi mesa de votación con 300 Gómez juntos.
   A las 6 de la tarde, luego del cierre de las pistas de esquí, entraban los turistas en malón a la "globa". Era interesante descubrir que los verdaderos practicantes del esquí vestían ropas comunes y cómodas, a diferencia de los turistas porteños, que llegaban "disfrazados" de esquiadores, e incluso, aunque carecía totalmente de sentido, con las pesadas botas de esquí puestas.
   Esta costumbre es muy porteña, y por extensión, argentina. Llegar a Brasil y pretender parecer mas brasileño que los mismos brasileños, o ir al África y vestirse de zulú. El resultado siempre es el mismo: el ridículo total.
   Pero eran los mejores clientes. Bien que los feriantes nos frotábamos las manos con las noticias de cuántos aviones iban aterrizando cada día. Mientras tanto, en el hospital, aumentaban la provisión de vendas para las fracturas y contusiones de los nuevos aspirantes del esquí.
   Mi mejor día fue cuando decidí no trabajar para llevarlo a Sandro Currumil, delegado de su comunidad, a Junín de los Andes, a un "Trahún" o "encuentro"de comunidades mapuches. Pude comprobar la fuerza y vivacidad de todo un movimiento de reivindicación étnica, con publicaciones, proyectos de lucha, defensor de la tierra y del ecosistema, en una provincia donde el 25 % de la población tiene sangre indígena.
   En este "Trahún", la producción artesanal era igual de impresionante, sobre todo los tapices y "caminos" hechos en telar, con formas geométricas complejísimas, que no perdían simetría, fruto de meses de trabajo.
   Mi día más cálido, fue cuando se hizo el asado de cierre de temporada entre los artesanos. Fue en la misma "globa" en la que tanto nos congelamos y tanto compartimos...