26 diciembre 2007

Cortejo

Si algo hace falta para acentuar el calor proverbial de la siesta paranaense, son los cientos de hornos de ladrillos que acompañan la ruta por ambos lados. Sobre ésta se desliza el cortejo fúnebre de apenas cinco vehículos, que incluso son excesivos para los escasos familiares que trasladan.

Yo conduzco el tercer auto con apenas una pasajera, una señora muy vivaz de la que se me desdibuja el grado de parentesco. O prima de mi madre o cuñada de mi abuela. Ella me corrige con alguna ofuscación: “¡Vos me confundís con mi mamá, pero yo soy más joven, tengo la edad de tu mamá!”. Claro, mi abuela, a sus 96 años, ya hace tiempo que enterró a todos los de su generación. “Doña Julia ya estaba cansada de borrar nombres de su libretita”, me comentaron esta mañana, en el velatorio. Ella es la que va dentro del cajón en el primer auto.

La señora se extiende en una charla muy interesante sobre el origen judío de mi apellido por la parte materna, Pallma, así, con elle. Luego se presenta como parte de un movimiento de judíos mesiánicos, creyentes en Jesús como el Mesías. Me parece tan loca la idea que me distiendo y olvido que estamos en un cortejo. Siento muy lento el tráfico, y me abro a la derecha para pasar a los vehículos delanteros. Cuando ven mi maniobra me hacen desesperadas señas de interrogación desde el resto de los vehículos, alguien gira su dedo índice en la sien. Vuelvo culposo por mi distracción a mi tercer lugar en la hilera.

Del fondo rojizo de los hornos pasamos al verde intenso del cementerio, un parque excepcional de césped y árboles, sin las molestas lápidas, tumbas y panteones, delirios arquitectónicos del resto de los cementerios que conozco.

Tan sólo los cementerios del norte argentino, de lápidas de adobe, tumbas desperdigadas caprichosamente sobre la tierra pura, según el ánimo y capricho de los deudos, y coronas florales sencillas y hermosas habían conseguido subyugarme por su energía espiritual devenida de culturas ancestrales.

El descenso del cajón a la fosa por un sistema mecánico marca fríamente el final del duelo y la despedida de aquellos parientes que no vi en años y nunca mas veré.

Por la mañana yo ya había proyectado mi dolor en un llanto tan intenso como saludable. De mi abuela aprendí todo menos el modo de estar tan vital y servicial con todo el mundo viviendo en soledad. En medio del llanto no pude evitar leer la leyenda incongruente escrita en la tarjeta de una ofrenda floral : “Siempre estaremos en nuestro corazón. Mimí y Elba”.

Luego me sumé a la charla de parientes donde se marcan los puntos fuertes en la vida de cada uno, quien sumó hijos, nietos, separaciones y viudeces. Eso es parte del ritual de un velorio. También damos cuentas del legado de Doña Julia. Hijas y nietos resultamos todos docentes.

No hay vuelta atrás. El “Todo pasa querido; los amores vienen y van; lo importante es que tengas trabajo; enderezá la espalda” se prolongará sólo en mi memoria.

Como refrendando estas enseñanzas, por la noche voy a un concierto de guitarristas amigos en una casa de Arte, que desemboca en un paseo hasta la madrugada sobre la arena, mirando el río y la luna, y oyendo cálidas voces con ese suave acento entrerriano.

16 diciembre 2007

El "Sucio" Larry

Parece atento al movimiento de la aguja. Pero mientras inyecta tinta a pinchazos en la piel de su cliente varias veces por segundo, el “Sucio Larry” tiene la mente en otra escena por vivir.
Hace ya un buen rato que no despliega una de sus clásicas risotadas, esas que lanza constantemente como un tic nervioso, sin motivo, sin que se avengan a nada, y que le valieran su apodo.
Su aspecto colabora. El “Sucio Larry” es lo que se dice propiamente feo, y con el ceño adusto de ojos de mala noche, es horrible. Su nariz corva como el pico de un águila, cruzada por varios aros de piercing, como el entrecejo, párpados, labios y lengua, se rodea de ridículos mofletes, mirada de cebú de la India, barba de una semana y pelo ensortijado en equívocas direcciones, a duras penas sostenido bajo un intimidante sombrero negro de cowboy.
Por su indumentaria podría haber sido conocido como el “Sucio Larry”: vaquero raído y mugriento, camisa negra mangas largas con motivos del grupo Kiss y, sobre ésta, una musculosa de tonos de camuflaje militar. Los dedos regordetes cargan pesados anillos con calaveras y serpientes niqueladas enroscadas. Todo lo puesto, y las muñequeras de cuero con tachas metálicas, dejan asomar parte de los tatuajes que le cubren todo el cuerpo.
El puesto del “Sucio Larry” es otro símbolo de su dejadez y despreocupación. Sólo consiste en la maquinita de tatuar de dudosa higiene, un paño con aros de piercing y una andrajosa bandera con la leyenda: “Larry´s Tattoo” que tiene el mal gusto de dejar a la vista. El resto lo improvisa por ahí: algún chapón oxidado o chapadur sucio y húmedo como mesa de trabajo y de sillas, cajones de botellas.
Frases como: “¡Che man, recatate!” o “¡Fijate, alto tatuaje!” evidencian su vocabulario pobre y tumbero.
Claro, la apariencia exterior no hace a una persona. Lo importante es la dignidad de sus actos, su ética. En éste aspecto, el “Sucio Larry” es directamente execrable. Entre carcajadas, alguna vez me relató como él y otro motoquero habían intentado acercarse a intimar con las chicas de una comparsa, algo alcoholizadas, que viajaban en una Kombi.
“Estábamos todos frenados por un puesto de Gendarmería. Las minas no nos dieron ni cabida, así que cuando los gendarmes nos pidieron los documentos, les dije que las chicas de la Kombi estaban borrachas. ¡Las remandé en cana!”. No hay nada más detestable que un vulgar soplón, botonazo infame. Le contesté enojado: “¡Sos un cerdo, Larry!”
La rosa que está tatuando en el inicio de la loma de un seno joven, finalmente luce aceptable, bastante nítida y prolija. Toma los treinta pesos y, sin pararse, gira sobre su cajón de botellas, volcando su abultado vientre de bebedor sin reparos en mi dirección. Para equilibrarse, apoya las manos en las rodillas.
Serio, vomita aquello que lo tiene dubitativo: “Vivíamos en Moreno, hasta que dejé embarazada a una amiga de mi mujer. Se armó un rekilombo. Mi mujer se fue a vivir a Villaguay, con los chicos, y yo me fui tras ellos. Pero ahora me habló la chica de Moreno por la nena, mi hija, a quien nunca vi. Ahora tiene ocho añitos. Y acordamos que mañana viajo a Moreno para que la nenita sepa quien es su padre, me conozca.” Hace una pausa: “Qué sentirá la pendeja cuando me vea, ¿no?”

13 diciembre 2007

¡Arriba, sapucay!

“Bailando este Chamamé,
Yo la voy a conquistar…”

Para soportar pesares, el Chamamé.

Esta afirmación es tan personal que ni mi hija la entiende: “¡Qué denso, Papi!” me dice, tapándose los oídos, mientras yo sintonizo alguna emisora litoraleña a puro acordeón y sapucay. Pero sabe leer mis ojos tristes y me abraza.

Desde que dejé Paraná, oír Chamamé es reencontrar cobijo, oponerse al desamparo y la desdicha. No lo recomiendo a nadie. A mí sí me funciona.

También encuentro una dicha inmensa al exprimir datos anecdóticos de la memoria de mi madre, abuela o tía. ¿Por qué significa tanto para mí el que mi madre me cuente: “…y, en aquella época, todas teníamos que aprender el punto cruz”.

¿Me modifica el saber que mi Papá tenía dos hermanas llamadas Imelda y Mafalda, además de 14 hermanos varones? Nunca los conocí. Sólo son datos.

Mi Madre sigue recordando, tal vez tratando de entender las debilidades de mi Padre. “Tu abuela paterna era india y profesora de historia. Se fue de la casa porque tu abuelo la maltrataba, para ser directora de escuela en los Valles Calchaquíes”. Más maestras entre las mujeres de mi familia.

Mi abuelo tuvo más hijos con una alemana. Estos eran atendidos y cuidados por sus hermanos mayores, los hijos de la india. Si alguno de estos se oponía, el Viejo Don Gómez lo obligaba a acunar en brazos durante horas un pedazo de riel.

Mi Madre salta al origen de la tía Ñata. Fue entregada a mi abuela materna en adopción por un puestero de campo. Regordeta, retumbaban sus carcajadas entre el rancherío de pescadores sobre las barrancas de Paraná. Además de sus queridos patos, gansos y gallinas que paseaban por el comedor cuando no sucumbía alguno por nuestra visita, me quedó grabada la vista de su mano lastimada por intentar salvar el espinel de anzuelos de enredarse con el motor de la lancha. La Tía Ñata, y su marido, el Chelo, vivieron juntos 20 años. Murieron con dos semanas de diferencia.

Para aliviar el clima, mi madre se queja con simpatía, por todas las veces que tuvo que ir a firmar a la escuela por mi culpa.

Pero es inevitable sumergirnos en un silencio profundo, que honramos con el ritual de colgar la ropa en el patio. Mientras le alcanzo los broches, pienso en mi Papá de niño, acunando un riel, y me dan ganas de llorar…

Coplas

Copla a Doña Julia

Doña Julia se va pa’l silencio

Cuando llegues al silencio,
Abue querida, regresa a mi Amor.
Si no lo logras Abuelita linda,
Doble será mi dolor,
Doble será mi dolor,
Doble será mi dolor.

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Poema del expediente ignorado

No quiero asustarte,
Tan solo alertarte,
Pero es un hecho
Para estar a derecho
Es necesario hacer caso
Al expediente del Ministerio
de la Sin Razón de la Nación
Aunque suene a cargada
Que nuestro amor consta en acta
Lacrada y sellada
Con tintes y linaza
De las flores de tu casa
Sé que figura, yo lo he leído
Nuestro amor extraviado
A vista en algún lado
Lo encontraré, haciendo colas, formando filas
Llenando formularios, revisando archivos
A capa y espada, contra la burocracia
Recorriendo pasillos
En grises edificios
Con grises personas
De grises destinos
Para ratificar los dichos
De algún sabio druida,
Que en alguna fecha
En alguna vida
Redactó el despacho
Promoviéndonos a un solo destino
Ya lo verás, mi amada, mi querida
Que buscas desvanecerte
Nuestro amor figura
En un expediente.

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Coplas semitacalchaquíes


En la luz de tus ojitos
Yo quisiera entrar
Para no perderte nunca
Salvo en Carnaval

En las trenzas de tu pelo
Prendió mi alma y se ha ido
Es negra tu cabellera
Como el vacío que he sufrido

Que lindo ser como agüita
Y del cielo caer fresquita
Mojando a mi morena
Besando su piel negrita

Si me has olvida'o por otro
Solito he'y de suspirar
Daré una media vuelta
Y p'al Norte he'y de marchar

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Coplas semitacalchaquíes II

Tu boquita de morena
Con mis labios he besado
Y he perdido la razón
Ya no sé ni lo que hago

Desde que te he conocido
Ya lo sé, no tiene caso
Paso mis noches en vela
Mirando ese cielo raso

Soy norteño o litoraleño
No tengo dueño, no tengo dueño
Con tu amor quiero mi vida
Ese es mi sueño, ese es mi sueño

Cuando mires las estrellas
Con tus ojitos tan lindos
Ya verás la triste huella
De mi corazón dolido

Quisiera ser tu pullito(*)
De lanita y suavecito
Y posarme y calentar
A tus piécesitos lindos

En un triste Carnaval
Machadito me he perdido
Quisiera me perdonaras
Porque siempre te he querido

En tu boca y en tus piernas
Mi alma ya se ha sumergido
Nunca mas reapareció
En lo oscuro se ha perdido

Una vez tuve un amor
Que me ha correspondido
Hoy solo tengo un pesar
Por burro me lo he perdido

(*) pullito: poncho pequeño

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Cuenta conmigo

Para unos mates, o un cariño,
O la charla en un suspiro
Cuenta conmigo
En este mundo decadente
Somos todos penitentes
Con diásporas estériles
Con tormentos imbéciles,
O calvarios por mala suerte
Me faltan o sobran las palabras
En todo o en la nada
Un puntito de apoyo, un gesto de equilibrio
Simplemente
Cuenta conmigo