"Cuero si, jogging no" (El Sucio Larry- Cap. VII)
“Cuero sí, jogging no”
(El Sucio Larry – Cap. VII)
Alguien se cruza con un fernet. En un motoencuentro, a toda
hora le están convidando a uno todo tipo de bebidas alcohólicas. Merced a tanta
generosidad, es fácil agarrarse una buena y temprana borrachera, a plena luz
del sol.
Generalmente acepto y bebo un sorbo. Es increíble todo lo
que uno puede llegar a hacer o decir con tal de mezclarse un poco. Por eso no
dejo asomar mi yogurt en sachet de litro del canasto. Ya considero suficiente
rareza el que me vean leer un libro en pleno motoencuentro. Y en las
conversaciones que surgen a cada instante sobre fierros, por ahí hasta arriesgo algún comentario del tipo de: -
“Parece que la Vulcan
tiene una falla de fábrica donde va la bujía y por eso le cuesta arrancar en
caliente”.Claro que nunca reconocería una puta Vulcan ni a ninguna otra moto
del tipo que fuese. Ni sé de qué cuernos estoy hablando. Pero el bocadillo
sirve para incentivar la charla y quedar adentro, incluido, mimetizado, aceptado.
Hay un motoquero gracias al cual, creo, llego a captar bastante de esta fascinación
por las motos. Incluso hemos tenido algunos intercambios con pretensiones
filosóficas, comparando la locura por el arte y la locura por las dos ruedas.
Este loco se acerca con una torta asada enorme. Esos
sabrosos mazacotes de harina, agua y aceite, blancos y de manchas negras por la
quemazón en la parrilla.
-Tomá amigo- me dice- Esto te rellena.
-Gracias- arranco un pedazo a los tirones, usando ambas
manos.
-Te rellena y te empasta el estómago. Se te hace un bodoque
por dentro- me aclara riendo- Después no comés por tres días.
-¡Ah! ¡Seguro!- le contesto- no comés ni cagás.
Siempre se ubica cruzado de brazos, plantado con el mejor
ángulo de visión como para poder escudriñar todas las motos presentes. Así
comienza con sus comentarios:- “Mirá eso. Una horquilla alargada al repedo.
Queda recontra incómoda para maniobrar. Necesitás mucho espacio para doblar. No
se puede modificar lo que cientos de ingenieros estuvieron pensando tanto
tiempo.”
Yo no puedo más que coincidir. Ante todo por mi ignorancia
plena. Pero muchas veces me parecieron tan caprichosos como incómodos ciertos arreglos sobre motos customizadas. Es
la oportunidad de zanjar unas de mis dudas de siempre:- ¿Y cual es el sentido,
la ventaja de esas motos que tienen el manubrio alto? ¿Esas que los tipos van
como colgados, no se les acalambran los brazos?
-¡Más vale!- confirma- Te quedan agarrotados los brazos en
los primeros 15 o 20 minutos. Pero con el viento en la cara, y en esa posición,
los brazos en alto, abiertos, tenés la sensación de volar. Esa es la cosa.
Sentir que estás volando.
Impresionante. Siento una luz. Ahí está este loco, cual
Heidegger y su narración sobre el cuadro de “los zapatos” de Van Gogh,
intentando en sencillas palabras que mi cabezota o mi alma desvele tras un
destello, un mundo de escapes y tuercas.
Otras frases no menos reveladoras del espíritu motoquero y
sus designios irrenunciables también le
pertenecían:
“- Hay dos clases de motoqueros: los que se accidentaron; y
los que se están por accidentar”.
“-¿Qué es mejor? ¿Tener una buena mina o una buena moto? Por
supuesto que una buena moto, porque así podés conseguir muchas buenas minas”.
“-En un motoencuentro, cualquier cosa. Pero ni jogging ni
cumbia”
“-No me gustan las motos pisteras para andar de viaje. Pero
sí les reconozco una cosa. Si va una mina sentada atrás, por la posición alta
del asiento del acompañante, siempre le queda el culito parado”.
Y si. El motoquero en general, subraya el pensamiento machista. En otras cuestiones tienen códigos más positivos, de amistad, de ayuda, de agruparse. No obstante, este personaje cuelga orgulloso en cada motoencuentro su bandera:
“Agrupación Truenos de la Ruta”.
Es la única agrupación motoquera constituida por un solo integrante.
Tampoco parece muy racional el que, viviendo en plena
Patagonia, haya cedido la comodidad de
un hogar vendiendo su única casa para comprarse una Harley Davidson. Vive ahora
en un carromato o casa rodante en uno de los campings más agrestes y ventosos
que conozco, el de Puerto Pirámide, en la Península de Valdés.
A él, para vivir, le
basta con saber que, frente a la entrada del carromato, erosionándose por la
implacable fuerza del viento y la arena patagónicos, está su flamante Harley
esperando el alivio de nuevos viajes.