El Sucio Larry, Cap. V
El encuentro de motos “La Masa” de General Rodríguez, organizado por el “Epidemia Moto Club” suele ser el más entretenido en cuanto a show se refiere. Cada una o dos horas y durante todo el día, multitud de motoqueros se agolpan contra el escenario ante la inminencia de un strip tease. En este sentido, el cronograma es profuso: 14 hs. Remeras mojadas- 16 hs. show lésbico- 17 hs. pelea de mujeres en el barro- 18 hs. baile del caño- 19 hs. baile del trapecio- 20 hs. mujeres enjauladas (¿) y así sucesivamente. En el medio, bandas de rock difícilmente lograrán captar por igual la atención de este público ajeno a sutilezas.
-¡¿No sabés si ya se pusieron en bolas?!- me pregunta alguien encaminado velozmente hacia el escenario sin esperar la respuesta. Desde mi puesto de venta de ropa de cuero apenas diviso lo que está ocurriendo. Lo suficiente para darme cuenta que en la ocasión hay un stripper masculino. Aunque suene raro, a veces le otorgan este regalito a la escasa concurrencia femenina de los motoencuentros. Usualmente los motoqueros se burlan gritándole cosas ofensivas. Pero ahora están enmudecidos. El stripper, totalmente desnudo, se ha colgado un toallón, ojo, familiar, nada de toallita, del bajo vientre y lo sostiene absolutamente por fuerza y gracia de una erección. Para aumentar la impresión se lleva las manos a la nuca mientras camina por todo el escenario con el toallón suspendido del perchero natural.
Alguien me patea el trasero aprovechando mi distracción. Es Paula, otra vendedora artesana. Desde la historia que tuve con ella hace un par de años, detecto cambios sorprendentes en su persona: Un ojo amoratado, cierta violencia en su conducta y 100 kilos de sobrepeso.
-¡Que hacésss loco!- me saluda con su acento bien porteño y golpeándome el brazo con el puño cerrado.
-¡Hoy no podemos hacer nada, “beb锡 Estoy con mi chico!- me previene dándome una caricia tan violenta que me hace voltear la cara. Realmente me impresiona su aspecto.
- ¿Y? ¿Ya se te fue la depresión?- Esta vez me duele un nuevo puñetazo en el otro brazo.
- ¿Qué depresión?- le pregunto.
- ¿Qué? ¿No te acordás de aquélla vez? Cogíamos y llorabas. Cogíamos y llorabas- Me susurra abrazándome casi hasta ahogarme.
Que visión patética. Hago memoria. Claro. Esa fecha coincidía con el fin de un noviazgo de varios años.
-¿Así que tenés novio? Muy bien- desvío de tema.
- Sí chabón. Estoy relegal. Aunque él tiene esposa, hijos, todo, pero bué…lo quiero así-
El derechazo sobre mi pecho ya es demasiado- ¡¿Me podés dejar de pegar, la concha de tu madre?! – le imploro. Le señalo su ojo izquierdo amoratado- ¿y eso?-
-Ah, fue sin querer. Un rodillazo del pelotudo de mi novio, anoche, cuando entró en la carpa a los tumbos, todo “escabiado”. Bueno. Me voy a atender mi puesto, que lo dejé a él solo.- Se aleja prácticamente arrollándome. Trastabillo, pero no pierdo el equilibrio porque justo al pasar, también me da un tremendo pisotón.
Al rato comprendo todos sus cambios. Paula está sentada sobre un cristiano, oculto bajo tanta masa corporal. A pesar de estar ahogado entre sus tetas y toda su humanidad, igual se puede reconocer la insana y exultante carcajada del “Sucio Larry”.
-¡¿No sabés si ya se pusieron en bolas?!- me pregunta alguien encaminado velozmente hacia el escenario sin esperar la respuesta. Desde mi puesto de venta de ropa de cuero apenas diviso lo que está ocurriendo. Lo suficiente para darme cuenta que en la ocasión hay un stripper masculino. Aunque suene raro, a veces le otorgan este regalito a la escasa concurrencia femenina de los motoencuentros. Usualmente los motoqueros se burlan gritándole cosas ofensivas. Pero ahora están enmudecidos. El stripper, totalmente desnudo, se ha colgado un toallón, ojo, familiar, nada de toallita, del bajo vientre y lo sostiene absolutamente por fuerza y gracia de una erección. Para aumentar la impresión se lleva las manos a la nuca mientras camina por todo el escenario con el toallón suspendido del perchero natural.
Alguien me patea el trasero aprovechando mi distracción. Es Paula, otra vendedora artesana. Desde la historia que tuve con ella hace un par de años, detecto cambios sorprendentes en su persona: Un ojo amoratado, cierta violencia en su conducta y 100 kilos de sobrepeso.
-¡Que hacésss loco!- me saluda con su acento bien porteño y golpeándome el brazo con el puño cerrado.
-¡Hoy no podemos hacer nada, “beb锡 Estoy con mi chico!- me previene dándome una caricia tan violenta que me hace voltear la cara. Realmente me impresiona su aspecto.
- ¿Y? ¿Ya se te fue la depresión?- Esta vez me duele un nuevo puñetazo en el otro brazo.
- ¿Qué depresión?- le pregunto.
- ¿Qué? ¿No te acordás de aquélla vez? Cogíamos y llorabas. Cogíamos y llorabas- Me susurra abrazándome casi hasta ahogarme.
Que visión patética. Hago memoria. Claro. Esa fecha coincidía con el fin de un noviazgo de varios años.
-¿Así que tenés novio? Muy bien- desvío de tema.
- Sí chabón. Estoy relegal. Aunque él tiene esposa, hijos, todo, pero bué…lo quiero así-
El derechazo sobre mi pecho ya es demasiado- ¡¿Me podés dejar de pegar, la concha de tu madre?! – le imploro. Le señalo su ojo izquierdo amoratado- ¿y eso?-
-Ah, fue sin querer. Un rodillazo del pelotudo de mi novio, anoche, cuando entró en la carpa a los tumbos, todo “escabiado”. Bueno. Me voy a atender mi puesto, que lo dejé a él solo.- Se aleja prácticamente arrollándome. Trastabillo, pero no pierdo el equilibrio porque justo al pasar, también me da un tremendo pisotón.
Al rato comprendo todos sus cambios. Paula está sentada sobre un cristiano, oculto bajo tanta masa corporal. A pesar de estar ahogado entre sus tetas y toda su humanidad, igual se puede reconocer la insana y exultante carcajada del “Sucio Larry”.