25 abril 2007

Claridad y firmeza en la pareja, si me permiten un consejo...


   En una relación de pareja, con ciertas mujeres y, ante determinadas situaciones, hay que mostrar carácter, cierto rigor, tomar el toro por las astas, agarrar la sartén por el mango, mostrar quién lleva los pantalones y poner los puntos sobre las íes.

   Con mi novia, me sucedió que se nos estaba haciendo difícil el encontrarnos hasta para salir a tomar una cerveza. Por supuesto que, de acostarnos, ni hablar.

   Yo insistía e intentaba organizar las citas por teléfono, pero finalmente nunca nos veíamos por motivos cada vez más extraños que ella argumentaba:

  • Hoy necesito imperiosamente ir a gimnasia.
  • Nunca vengas a mi casa para que los vecinos no comenten...
  • Hoy hice programa con unas amigas que vos no conocés.
  • Hoy tengo miedo de salir y que roben en mi casa.
  • Hoy estoy cansada.
  • Pero, ¿no nos vimos hace poco?
  • ¿Sabés que me acosté a las siete de la tarde y me quedé dormida?
  • Hoy me tengo que preparar para mañana y mañana para pasado mañana.
  • Hoy no, porque seguro que vos vas a querer que nos acostemos.
  • Hoy no tengo ganas.

   Y finalmente:
  • ¿Por qué te tengo que dar explicaciones?

   Intenté comprender y adaptarme, reprimir mi instinto machista de guardabosque, y tratar de estar preparado por si, entre tantas dudosas idas y vueltas, ocurría el ansiado encuentro. Pero esto me generaba tal ansiedad que, si por fin nos veíamos, yo quedaba más excitado que antes.

   Llegaron así las cosas hasta el límite en el que habían transcurrido tres meses desde la última cita cara a cara. En ese ínterin, fue nuestro aniversario, por lo que le envié un pantalón de regalo por encomienda sin recibir respuesta.

   "¡Esto es el colmo!" me dije. "¡Reciedad, caramba!". Ya era tiempo de ponerme un poquitito duro. Suficiente. Como últimamente a ella le molestaba que la llamara por teléfono, le mandé un mail, accionando el teclado con visible firmeza:

   "¿Sería mucho pedirte, Querida, que por lo menos nos pusiéramos de acuerdo en cada cuánto nos vamos a ver y sobre todo cumplirlo? ¿Una vez por semana,... o por mes,...o nunca...?"
   "PD 1: Por favor no te enojes".
   "PD 2: Ahora uso barba".

   Ella me contestó, también por mail: "Ah, sí, bueno... nunca".

   Satisfecho le respondí: "¿Viste, mi Amor, que no era tan difícil llegar a un acuerdo mutuo?"

   Hace ya cinco meses que no discutimos, aunque tampoco nos vemos. Pero cada uno sabe lo que espera del otro, y eso me hace quererla más que nunca. Ya le envié por encomienda un par de aros, un cinto, una cartera, un colgante...

   Me complazco a mí mismo por haberme puesto firme, defender mi situación, lograr que ella entienda mis necesidades, y a la vez, preservar la pareja.

   Siento que en nuestra relación está todo bien, y sólo me molesta tener que masturbarme tanto.

   Víctor Gómez, mayo de 2005

24 abril 2007

Cosas de la vida


   COSAS FEAS DE LA VIDA:

  • El familiar de milanesa con el pan caliente y la milanesa helada, y encima húmeda.
  • Las peleas entre minas.
  • Los preservativos de colores.
  • Las peleas entre padres en los partidos de fútbol de los hijos.
  • Perder el ómnibus por 20 metros.
  • Perder el ómnibus varias veces en un mismo día.
  • Cuando se descompone el ómnibus y todo el pasaje tiene que cambiar a otro, que también viene lleno.
  • Las letras de las canciones de Arjona.
  • El escape de los colectivos.
  • El zumbido de un mosquito en el oído, cuando te estás por dormir.
  • Los feriados que caen día Domingo.
  • La yerba marca "Uno".
  • La mirada de las prostitutas que esperan sentadas tras la vidriera del bar de Santa Fe al 1000.
  • Cuando te patean el respaldo del asiento en el cine.
  • Hacer toda una cola en el súper, y comprobar, al llegar a la caja, que no pesaste las verduras.
  • Tener que caminar buscando en la vereda los pocos espacios donde todavía no hay mierda de perro.
  • Los dueños de esos perros.
  • El llanto de un amigo.
  • Hacer descender a todo el mundo del auto para cargar GNC, sobre todo en invierno y a las 3 de la mañana.
  • Los tubos fluorescentes de colores de Román Vitali.

   COSAS LINDAS DE LA VIDA:
  • Beber "vino caliente" (tinto, canela, limón) al aire libre en una plaza de San Martín de los Andes.
  • Sonia Braga en "Doña Flor..." , "Gabriela", "Eu te amo", "La Dama del autobús", ...
  • Esperar a mi hija a la salida de la escuela.
  • Mi hija.
  • Desayunar en la cama con una buena mina y en bolas.

   Víctor Gómez, mayo de 2005

22 abril 2007

Acuerdo económico


   (Extraído de La Capital del día 6\5\05 que a su vez lo tomó de Clarín del 5\5\05 que a su vez lo extrajo de la CNN del 4\5\05)

   "A los ojos empresariales del Vaticano no les habrían sido desapercibidas las siderales ganancias obtenidas desde los contratos de televisación hasta la explotación turística acontecidos a partir de la muerte del Sumo Pontífice y la elección del sucesor."

   "A semanas de estos hechos, aún la plaza San Pedro continúa repleta de turistas en tanto que medios de todo el mundo persisten en transmitir las apariciones del nuevo Papa."

   "Por estos motivos, el Vaticano ya habría firmado contratos económicos con empresarios del turismo y de cadenas multinacionales de comunicación, garantizándoles la realización de un duelo, entierro y elección papal cada dos años..."

   Víctor Gómez, mayo de 2005

21 abril 2007

Semana Santa para un ateo


   Me descolocó la pregunta de mi hija de seis años, casi una intimación:

   - Papi, ¿cómo vamos a celebrar las Pascuas?

   En mis planes sólo había anotado una siesta de aquéllas, espectacular, una siesta de Semana Santa.

   Últimamente, estas fechas me sorprenden trabajando, sin poder viajar y, como siempre, sin familiares con los que reunirme. ¡Qué mas da! Sólo queda aprovechar para hacer esos trabajitos colgados por falta de tiempo, o dormir, dormir todo lo que se pueda, dormir hasta la jaqueca.

   Además, todo está cerrado, y el ambiente no da para ánimos festivos. Es que parece que más o menos coincidiendo con estos días, justo se murió un tipo,... Jesús, ...Jesús Salvador,...Jesucristo, ...o algo así, famoso por haber nacido de una virgen, en momentos en que la fertilización asistida no estaba tan asumida.

   Desde los noticieros se especula sobre cuán hecho mierda está el Papa, y si va a dar la misa en cinco o en medio idioma, parado, sentado, o si desde la clínica televisan cómo le mueven su babeante boca como a un títere para que parezca que dice “amén”. Dejen tranquilo a ese tipo. Cada tanto se comenta: “El Papa dijo no al aborto, no a los preservativos” y otras sandeces propias de la Iglesia. Pero deben ser inventos, porque el hombre no coordina, y si dice algo, no se le entiende nada.

   Por suerte, como estamos en democracia, en pleno Viernes Santo se la puede ver a Sharon Stone en bolas y por TV abierta. En el Proceso, la TV era una seguidilla de películas mal hechas y aburridísimas sobre Moisés, David, y otros iluminados.

   Tantos pensamientos y tanto silencio en la calle me están amodorrando. Por lo pronto, cumpliré religiosamente con mi propio destino pascual: zzzzzz, zzzzzzz, zzzzzzzz, zzzzzzzzzzzz...

   Víctor Gómez, marzo de 2005

Navidad para un ateo


   La Navidad me da por las pelotas. Ya es tiempo de reconocer que, a esta celebración, nunca la pude resolver bien. Y me provoca extrañamiento el ver a gente cercana en ese estado de ensoñación o euforia, alegres de verdad. Ellos sí se preparan para un evento que entienden, que manejan.

    Aparentemente la cosa tiene que ver con la familia como núcleo, cubil, refugio, y a ella se convoca. Pero esa familia no me identifica. Yo sólo tengo conexiones esporádicas y conflictivas con personas escindidas entre sí, o para decirlo más claramente, que no se pueden ni ver.

   Mi último intento de unificación, esta vez entre mi madre y mi hermano, fracasó en las navidades pasadas. La llevé a mi madre desde Paraná a Buenos Aires para que conociera a los hijos de mi hermano. Él, en esos dos o tres días, hizo lo imposible para no estar en su propia casa, con mi madre rondando.

   Pero ya históricamente, desde niño, la Navidad me significó esa inseguridad de tener que calmar ánimos exasperados.

   En el departamento de dos ambientes de Paraná, donde vivíamos mis abuelos, mi madre, mi hermano y yo, las tremendas discusiones de todo el año subían en intensidad para diciembre.

   Mi abuelo sufría de un mal humor tan crónico como sus hemorroides. Seguramente, ambos padecimientos eran causa y consecuencia uno del otro. Periódicamente, se hacía baños de malva para lo cual utilizaba un viejo calentador a kerosén con el que se instalaba en el baño durante horas. El impresionante olor a kerosén impregnando toda la casa era el aviso de que el baño estaba ocupado. Desde entonces asocio hemorroides con olor a kerosén quemado.

   Ya jubilado, mi abuelo seguía siendo vendedor viajante. Su pequeño placer era fumar unos cigarros de hoja tan baratos que las puntas se le desarmaban en la boca con la saliva, y las escupía por todos lados. Mi abuela lo atendía mucho. Le aplicaba gotas en los ojos cuatro veces al día (hasta que aprendí a hacerlo yo), le colocaba ventosas...

   Por esa cuestión de que hay que juntarse, en esas navidades, mi abuela insistía en reunirse con sus cuatro hermanas y las correspondientes familias. Por este motivo litros de saliva y lágrimas eran derramados en discusiones previas y posteriores. Mi madre odiaba a sus primas. Decía que eran unas víboras robamaridos. Además, todos unos católicos recalcitrantes, citaban por lo bajo a mi abuelo como un "judío de mierda". Paradójicamente, dejamos de ir cuando mi abuelo falleció.

   Las siguientes navidades se redujeron en cuerpos humanos. Nos hallaban cenando -y discutiendo-, en la vereda de un restaurante, mi madre, mi abuela, mi hermano y yo. Una "joda" total. Eran un continuado de peleas entre mi madre contra mi abuela, mi hermano contra mi madre, mi madre y mi abuela contra nosotros y vuelta a empezar.

   Por suerte, como el gong anunciando la finalización del round, cerca de las doce, el dueño del restaurante hacía sonar su bandeja contra el suelo convocando a brindar a todo el mundo. Yo esperaba con angustia esa aparición. Era como el cura de la misa diciendo: "ahora sí, hermanos, pueden darse la paz".

   Esa breve tregua servía para brindar entre nosotros y con los desconocidos de las mesas vecinas y para rajar mi hermano y yo.

   Esas tantas navidades de adolescente me sirvieron para apreciar más a mi hermano, sobre todo como compañero en mis depresiones. Sabía estar ahí, simplemente al lado. En eso sí que lo extraño, ahora que vive en otra ciudad.

   Como tarados, íbamos solitarios por las onduladas calles de la Nochebuena paranaense tirando petardos, hasta caer en la casa de sus amigos de la escuela rural. Estos eran una caterva de gringuitos del campo peleándola solos en la ciudad. Era grato encontrar almas aún más parias que nosotros y, con esa "familiaridad", nos emborrachábamos todos juntos hasta el amanecer.

   De todas las extrañas formas de borracheras que conocí, descubrí en esas navidades a las de mi hermano como únicas en su género. El alcohol le atacaba el cerebro, pero mejorando su nivel discursivo y su accionar.

   Lejos de ser el borracho típico, babeante, tartamudo y tambaleante, mi hermano decía cosas esquizoides -único detalle de su estado-, pero con un manejo exquisito del habla y del lenguaje, casi como dando cátedra, al tiempo que ensayaba durante varios minutos, la vertical más perfecta y acrobática posible, que jamás habría logrado en su sano juicio.

   En algún momento incluso, charlando sentados en el pasto, cortaba la conversación para darse vuelta y vomitar. Pero lo hacía como quien exhala aire, sin espasmos, sin contracciones ni sonidos vergonzantes, y seguía charlando. Borracho, era elegante hasta para el vómito.

   La última Navidad la pasé solo con mi abuela de 92 años, viendo a Vox Dei interpretando "La Biblia" por la tele. De ese sopor me sacó un amigo, casi un hermano, con el que amanecimos en un boliche sobre las barrancas del Paraná, como buenos machos, contando historias de mujeres pero sin ninguna al lado...

   Víctor Gómez, diciembre de 2004

17 abril 2007

Valor


   Para cuando caía la noche en San Martín de los Andes, todos los artesanos y productores ya estábamos agotados de soportar tanto frío desde la mañana en esa carpa helada y húmeda de nieve invernal.

   Por suerte, cada tanto, aparecían lindas chicas con ganas de probarse alguna prenda de mi puesto. Esto levantaba los ánimos y las ganas de ser simpático.

   Además, como la clienta debía despojarse de todos los abrigos que tenía encima, se generaba gran revuelo entre el resto de los hambrientos artesanos, que se acomodaban para observar el espectáculo con poco o ningún disimulo.

   Una vez se acercó una hermosa morenita de no más de 18 años y todo fue distinto.

   - ¿Qué tengo que hacer para tener esa campera? - me había señalado una de las prendas más caras, de cuero y piel de oveja, y muy necesaria en la zona.

   Más que la pregunta, me inquietó su mirada seria y directa a mis ojos, que no pude sostener. Mientras trataba de entender la situación, respondí evasivamente como si me hubieran hecho una pregunta más normal:

   - Esa campera cuesta cuatrocientos pesos.

   Con cierto cansancio y hastío, otra vez en esos ojos verdes por los que pasaba su vida, repitió:

   - Por eso, ¿qué tendría que hacer yo para tener esa campera?

   - Esa campera cuesta cuatrocientos pesos...

   Toda esta rara escena de oferta sexual me provocó gran melancolía. Mientras la veía desaparecer entre las hileras de puestos artesanales de esa fría carpa, pensé en que jamás el valor de esa campera podría acercarse a todo lo que esa muchacha se merecía...

   Víctor Gómez, julio 2004.