30 marzo 2008

Galería de inventos inútiles

Esta vez soy yo el que propone un juego a mi hija para entretenernos mientras viajamos. Consiste en idear inventos sin sentido, imposibles de aplicar o cuyo funcionamiento sea contradictorio con su esencia.

Como yo conduzco mi hija es la encargada de escribir el listado:

-Lapicera de brocha gorda

-Parabrisas de cemento

-Volante de goma espuma

-Saxo de bronce macizo

-Mecansé

Luego de escribir el quinto invento, el más ingenioso de todos, mi hija aparta lápiz y papel y se acuesta a lo largo del asiento trasero.

Yo, entendiendo mi vida como una sucesión de acciones inútiles, decido exacerbar este rol continuando mentalmente con las invenciones.

-Puente subfluvial

-Parada de ómnibus portátil

-Para combinar la pesca con la ecología: caña de pescar sin tanza

-Para combinar sanidad infantil con comida chatarra: acelga, espinaca, zapallo y zanahoria hervidos con aspecto exterior de sándwich de hamburguesa. Chauchas con aspecto de papas fritas.

-Para provocar el rechazo psicológico a la comida chatarra, acompañarlas con la entrega de: La Cajita Infeliz. Una caja gris con un libro en su interior, de letra pequeña y sin ilustraciones.

Pensando en tantas madres, y ahora también, tantos papás, que andan con sus hijos por los parques, y necesitan estar hablando mal de sus exparejas pero se ven interrumpidos a cada instante por las caídas o accidentes de los chicos, ya no tendrán que preocuparse más con estos inventos bien tranquilos e inocuos:

- Tobogán horizontal

- Hamacas apoyadas en el piso.

- Subibaja de un solo extremo.

- Calesita movida sólo por el movimiento rotatorio de la Tierra.

Con tanto invento no me doy cuenta que el motor del auto se está recalentando. Para cuando detengo la marcha a un costado de la ruta, aquel ya es una masa metálica informe de 500 Kgs de peso.

A 20 km de Diamante, no hay señal telefónica para solicitar un auxilio mecánico. Por suerte se presenta un muchacho y nos guía a pleno campo bajo el sol, atravesando 2 km de trigales y silos, hasta reencontrar inexplicablemente la bendita señal. A las tres horas llegamos a Paraná en grúa. Es Semana Santa. Nadie puede arreglar el auto. Los 240 km de regreso a Rosario serán también sobre una grúa.

28 marzo 2008

La ciencia nos debe una

Hasta ahora, con mi incredulidad paradigmática, agnosticismo y profundo ateísmo, lo único que lograba explicarme este mundo dejándome razonablemente conforme, era la ciencia. En efecto, con ella logré sentirme lo suficientemente cómodo como para realizar mis actividades humanas sin demasiadas angustias por miedo a lo desconocido.

Pero sin buscarlo, descubrí un excepcional olvido, un antojo de la sinrazón, un descuido inaudito de las enciclopedias, los investigadores, de todo el universo científico, que me provocó un gran abatimiento. El funcionamiento de las órbitas en el sistema solar, los planetas, los satélites, era para mí una información plausible. Y sin embargo la astronomía ha perpetrado un crimen del saber notado a simple vista por mí, que no soy nadie ni tengo implementos raros de visión o cálculo. A mí, que descarto todo lo que no veo, que no me dejo llevar por explicaciones absurdas derivadas de emociones humanas o criterios morales o subjetivos, a mí no se me pasó. Me bastó un atardecer, repito, tan sólo un atardecer sobre las barrancas arboladas del parque de mi pequeña ciudad querida, con el puerto, el río y las islas a mis pies, todo en conjunto derrochando verdor, y mi hijita sentada a mi derecha para darme cuenta de algo tan simple y verdadero. En todo el mundo será la misma pero sobre Paraná asoma otra Luna.

19 marzo 2008

Represores

En una conversación con un tipo común y diría hasta afable, en Trelew, éste me comenta que trabaja de guardiacárcel. No resisto la tentación de aludir a la "Masacre...":
- ¿En qué penal, en ese donde fusilaron esa vuelta como a veinte presos políticos... - como me miraba extrañado, me extiendo - ...en represalia, porque se habían fugado varios jefes guerrilleros...?
- ¡Ah! - se ilumina - eso fue en el penal de los milicos, en la base. Sí, se fugaron dos o tres, pero después les dimos con todo. Sólo murió uno de los nuestros.
Entendí que, en el mejor de los casos, el imbécil no sabía muy bien de lo que hablaba, o se confundía tal vez, con alguna otra masacre perpetrada en su propio lugar de trabajo, el penal de Rawson.
Algunos días después, por el enjuiciamiento tardío de cinco represores participantes en la “Masacre...”, Trelew es noticia y se vuelve a hablar de aquel fusilamiento de 19 presos políticos, desarmados y en sus propias celdas de la base Almirante Zar, luego de que se les habían prometido garantías jurídicas, en 1972, durante la dictadura de Lanusse. También se recuerda que los únicos tres sobrevivientes fueron ultimados o desaparecidos en el Proceso Militar siguiente, junto a todos los familiares y amigos de los presos y hasta el mismo abogado que los defendió.
Tal vez ahora, enterado mas cabalmente de cómo fueron los hechos, el tipo de aquella conversación cortada abruptamente, reflexione y se haya dado cuenta de que, por no quedar como ignorante, quedó como asesino.

05 marzo 2008

Gitanos en la Patagonia

El sector de lavaderos del camping consta de varios piletones en el interior de una prolija edificación de paredes y techo- única fórmula para combatir el viento helado que azota Pto. San Julián, en los confines del continente-. Como parte de él, varias muchachas gitanas lavan ropa durante todo el día, mientras conversan y fuman impiadosamente, logrando que el lugar se vuelva densamente apretado e incómodo.

A pesar de la tarea, parecen preferirla a estar cerca de la gitana más anciana, quien desde su reposera, frente a las dos casillas rodantes, imparte órdenes, las maltrata, llegando incluso a abofetearlas cada tanto.

Definitivamente, en la situación de estas mujeres, el lavadero es su modesto territorio ocupado, un lugar de liberación.

Refriegan y estrujan prendas con dedicación, estirando las horas. De todas maneras, saben que nunca saldrán del camping hasta el momento preciso de partir.

Uno se siente un intruso, un invasor, al pretender llegar hasta la única pileta libre para lavar alguna que otra jarrita. Es casi imposible esquivar sin dejar caer o pisar alguna de las montañas de ropa interior y zapatillas, mojadas y jabonosas, que se escurren sobre las angostas mesadas y el suelo. Además hablan en ese lenguaje imposible, ¿rumano, yugoslavo? O todos ellos en rara combinación, o en un castellano tan cerrado que justamente sea incomprensible a los extraños. Me retiro pidiendo disculpas, permiso, perdón, permiso…

El barullo barroco que provoca la anciana gitana con sus quejas y reproches, contrasta con la actitud monacal y ascética del resto de los escasos acampantes, todos extranjeros. Los que se atreven a estos lugares, nunca son simples turistas ávidos de hermosos y placenteros paisajes. Sus búsquedas son más profundas e interiores, y se activan frente a estos desiertos ásperos, playas de pedregullos monocromáticos y acantilados sufrientes de erosiones milenarias. Aprecian la soledad y el silencio, disfrutando sólo del zumbido del viento y otros sonidos propios de la naturaleza. Tal parece el caso de ese viejo y callado alemán, quien apenas entra en su pequeña carpa iglú, la que desarma y carga cada día para sus excursiones.

La pareja de jóvenes israelíes claramente desea dejar atrás los años, dos para ella, tres para él, de la pesada instrucción militar obligatoria recibida en su país de origen. No les bastó el Machu Pichu, la Puna, el Desierto de Atacama, la cordillera mendocina. Necesitan aún una buena dosis de esta Patagonia costera.

El resto de las carpas: un par de motoqueros de la Guyana francesa, una japonesa con un francés, un sueco junto a otro alemán. Entre ellos, seguramente alguno sea geólogo, o arqueólogo, pero sus motivos son mas indiscernibles, incógnitos. Yo mismo no tengo en claro porqué llegué acá.

Varias líneas de tamariscos, único arbusto de altura mediana resistente a la sequedad del lugar, cruzan el camping como barreras protectoras contra el viento, que igual nos sacude a todos por igual. El suelo carece de otra vegetación: ni flores, ni pasto. Sólo piedra y tierra. Una playa de gruesa arena de tonos grises, el mar siempre agitado y unos pocos pingüinos extraviados dando tumbos entre las rocas, confieren mayor aspereza a la panorámica.

Es mas extraño e indefinible explicar qué hacen los gitanos. La vieja matrona en su reposera, las muchachas en el lavadero, los niños dispersos. Los hombres no están nunca. A estos me toca conocerlos imprevistamente de manera desafortunada.

Por la tarde, una de las muchachas está llorando a gritos. También se escuchan voces masculinas. Ya era difícil convivir con los berrinches de la anciana y sus bofetadas, pero ahora, claramente la muchacha expresa: “¡Asesino, me querés matar!¡ Asesino!” Y los ruidos de golpiza que le siguen obligan la intervención. Mi carpa está separada de las casillas de los gitanos por una línea de tamariscos. La atravieso corriendo y me encuentro con cinco hombres que rodean por fuera la cabina de una camioneta. Uno de ellos habla en voz alta mostrando los puños en dirección al interior de ésta, donde seguramente, se encuentra la muchacha de los gritos. Cuando aparezco en escena los cinco tipos se vuelven hacia mí. La anciana gitana exclama: “¡Váyase, es una pelea de matrimonio!”. Su actitud resueltamente defensora de la violencia hacia su propio género, me descoloca tanto como los cinco sujetos, todos jóvenes y fuertes, que esperan tensos mi reacción.

Finjo hacer caso a la anciana dando media vuelta y regresando a mi carpa, pero al cruzar la línea de tamariscos me dirijo a la administración del camping donde reclamo llamen a la policía. Aunque aclaro que cinco sujetos están aterrorizando y golpeando una chica, los policías, demostrando el temor popular que genera el entrometerse con gitanos, se limitan a recorrer el camping en su patrullero para retirarse al minuto. No se detienen ni interrogan a nadie. Tal absurda y ridícula actuación deja nuevamente a la muchacha a merced de los tipos, y a mí en evidencia como el que los denunció a la policía. Tal vez me hayan enviado alguna maldición de la que no soy conciente pero, a pesar de mis temores, en los días siguientes no sucede ninguna represalia. Los hombres vuelven a desaparecer durante el día. La matrona, esa vieja desagradable, desde su reposera, continúa controlando el papel servil y sumiso de la mujer gitana como ley divina y el hermetismo de su colectividad. Las muchachas, todas en el lavadero, incluida aquella rebelde a quien no supe distinguir, otra vez estrujando, enjuagando, conversando, con una expectativa clara, un modesto deseo: la esperanza de encontrar en su próximo destino, un lavadero para ocupar tan cómodo y cerrado como ese.

Juan, entre choiques y guanacos. Su mujer, en el cielo con diamantes

En la Patagonia diversas industrias requieren cantidad de hombres solos o dispuestos a estar temporadas enteras alejados de sus familias: la pesca, el petróleo, la construcción de caminos, gasoductos…Por el maldito bienestar económico, estos hombres entregan años de sus vidas a trabajos de tiempo completo y al aislamiento afectivo, pernoctando en casillas rodantes, hoteles, camarotes, en el desierto, en el mar.

Esto marca la fisonomía de varios pueblos, entre ellos, Puerto Deseado, ciudad vacía, secretamente preparada para recibir a cientos de marinos desahuciados de compañía femenina. En sus burdeles, dominicanas, paraguayas, misioneras, de atender tantos cuerpos calientes, aún no comprenden el frío del Sur.

Las Heras, localidad en el centro de la región petrolera, se limita a una impersonal sucesión de rotiserías, lavaderos de ropa, pensiones y prostíbulos. A unos kilómetros, internados en el desierto, entre vahos de hidrocarburos, sin abandonar el puesto de trabajo, los “hombres de los pozos” reciben el almuerzo en viandas por camionadas, envían bolsones de ropa empetrolada para las lavanderías y durante francos o feriados, desahogan sus pulsiones sexuales para no volverse locos. Pero decaen en la insensibilidad y el autismo, hartos de tanta comida de rotisería o bar, hartos de conformarse con caricias falsas y carísimas. –“¡El “pase sólo” te sale como doscientos pesos!”- me comenta indignado Juan. Según las regiones hay cosas que se dicen o hacen distinto, como los juegos de los chicos, la rabona o las señas del truco. En el Sur, el “pase” parece que es el “polvo liso”, o el “vaginal” sólo, como se dice por estos lados, parte de toda esa jerga casi técnica utilizada para tarifar los servicios de una dama.-“¡Imaginate que los vagos llegan tan calientes que algunos no aguantan ni cinco minutos! ¡Doscientos pesos por una concha!¡Ah, si yo fuera mina…!

Estamos en el kilómetro 2.350 de la Ruta 3, con el Gran Bajo de San Julián de fondo de la escultura que intento armar con unos maderos. Juan se había encaminado hacia mí abandonando su máquina aplanadora de asfalto y yo, asustado, le quise aclarar lo que estaba haciendo, lo del “arte en la ruta” y todo eso. Le importó un comino. Sólo quería hablar con alguien. Otro hombre solitario lejos de su casa, en Corrientes.

Le comento a Juan que esas mujeres seguramente, apenas reciben una parte de lo que se cobra y que es posible que hayan llegado obligadas, engañadas y hasta compradas como esclavas. El queda pensativo hasta que exclama-“¡Yo fui una sola vez! ¡Con lo que me dolieron esos doscientos pesos!”

-“Prefiero arreglármelas solo”- admite Juan- “además la Empresa ahora me deja viajar a Corrientes cada tres meses”-. La “Empresa” es una constructora vial- “Dicen que es de Kirchner, por eso hace todos los caminos nuevos en el Sur”-agrega Juan -“Vivimos en casillas rodantes. Tenemos hasta Direct TV, pero otros que están más lejos no tienen ni eso”- Juan se refiere a los campamentos armados en lugares apartados con el permiso de algún estanciero, porque a pesar de la vastedad de la Patagonia, todo tiene dueño.

Unos cincuenta choiques (avestruces característicos de la región), desfilan por la cornisa de la meseta que antecede al “Gran Bajo…”Con el sol sureño, siempre alineado casi perpendicularmente a los objetos, sus siluetas conforman un espectáculo extraordinario.

-“¡Ja!¡Y no sabés lo que es este lugar todo nevado!”- afirma Juan, tratando de entusiasmarse a sí mismo. Y prosigue:-“Hablando de conchas, pero de mar ¿no?, le mandé dos bolsas llenas a mi mujer. Está recontenta. Empezó a armar esos cosos… ¿Cómo les dicen?...Para llamar a los ángeles, …trampa de sueños…

No pude evitar el imaginarme a la mujer de Juan, con tanto distanciamiento, convertida alegremente en artesana de feria hippie, pero para qué intranquilizarlo.

Juan continúa: -“Está bien que se gane unos pesos ella también. Y si yo aguanto tres años más, voy a juntar platita como pa´dejar esto- y señala la máquina aplanadora de asfalto, que como un monstruo oscuro y dormido, reposa en la banquina pedregosa.

Mas allá, una manada de guanacos cruza la ruta. Uno tras otro, saltan las alambradas con la elegancia de gacelas. Sin envión, y arqueando las patas y el espinazo con una plasticidad absoluta logrando un suave salto, una caricia al aire.

Hora de irme. Ya hice lo mío y el viento comienza a arreciar otra vez. Es tan fuerte que no me deja abrir la puerta del auto. Juan me despide con un fuerte apretón de manos. Este encuentro, tan simple, breve, ingenuo, tal vez sea su aventura de la semana. Algo para comentar entre sus compañeros del campamento.

Parado, con las flojedades de la tela de su mameluco azul sacudiéndose por el ventarrón, Juan aguarda a que yo desaparezca de su visión antes de refugiarse en la cabina de la máquina aplanadora. Allí le quedan un sándwich de milanesa y cinco horas de espera hasta que pase el colectivo de la Empresa para llevarlo al campamento.