Algo caliente en el pecho
Cumplidor como siempre, se presenta Juan Carlos Rosembró en el velatorio de mi abuela.
Viejo amigo de la familia, se jubiló de la policía por una invalidez de la que no se ven secuelas aparentes, desde aquella infortunada vez que se cayó de un caballo. Tal vez sus prácticas de Tai Chi o las actividades inauditas como hilar a mano completaron la cura de aquella operación en la que “técnicamente, me separaron la cabeza del cuerpo y la volvieron a juntar”, como siempre gusta contar Juan Carlos, exagerado, como buen entrerriano.
Mi madre es la madrina de su hija, aunque hace 28 años, me lo presentó como su novio, en Hernandarias. Por aquel entonces mi madre hacía carrera docente sumando puntaje por pueblos de Entre Ríos. También sumaba novios. Así recaló en aquella villa como la “Directora de la escuela”.
Recuerdo Hernandarias por la desmesurada cantidad de flores que había en las plazas, veredas y canteros centrales de las calles. Todo era muy natural. Tal vez demasiado. La dilatación y contracción constante de los suelos calcáreos hacían añicos los desagües cloacales, por lo que en todo baño siempre había moscas revoloteándole a uno por el culo.
En un fin de semana que decidí visitar a mi madre, ella me presentó a aquél cabo de policía, Juan Carlos, su novio. Siempre sosteniendo apariencias, la “Directora de escuela” le había aclarado previamente que yo era un “Chico sumamente educado”. Como buen preadolescente, mi misión fundamental en la vida era boicotear cualquier pretensión de mi progenitora con respecto a mí, por tanto, desplegué enseguida tal andanada de cuentos verdes que el cabito quedó pasmado. –“Victorito, por favor....”suplicaba mi madre, intentando frenarme mientras yo le contaba a Juan Carlos el chiste de los trillizos que tenían el pene chiquitito...
Finalmente Juan Carlos terminó siendo la única pareja de mi madre que no le pegó nunca, y nos terminó cayendo bien a mi hermano y a mí. Ambos a veces nos confundíamos llamando “Juan Carlos” a nuestro padre, en sus escasas visitas. Este solucionó el problema dejándonos directamente de visitar por varios años.
Pero en mi recuerdo, Hernandarias resuena en mi alma unívocamente como “La noche del baile con Diana, la hija de Comisario”. Así me quedó este pueblo grabado como la marca a fuego de un impacto febril adolescente.
Un “baile de pueblo” es una sucesión de eventos tan insólitos e ingenuos como una novela colombiana. Así rememoro aquella ocasión:
La banda ya interpretó temas de los Beatles en castellano, música tropical, y seguirán los chamamés matizados por alaridos sapucays, música disco, Roberto Carlos y “los lentos”.
En una pausa se remata al mejor postor una torta llamativamente decorada. Es de temer la ingesta de tanto colorante artificial. Todos aplauden al ganador, muy formal el hombre con su traje gris pero con la corbata suelta y la camisa totalmente abierta. Al saludar con los brazos en alto, como un campeón, no puede evitar tambalearse peligrosamente por la borrachera.
En otra pausa siguiente hay una elección de la “reina del Baile”. Esto más parece un simulacro, dado que las participantes verdaderamente agraciadas son escasas. El resto se inscribió demasiado rápido y a pesar de los organizadores.
Compartimos la mesa con la “mujer del Comisario”, amiga de mi madre. Yo permanezco sentado, observando con curiosidad los pintorescos acontecimientos. A causa de un resfrío, no tengo ánimos para bailar.
Pero aparece Diana, la “hija del comisario”, y seguramente por obligación más que por voluntad propia, toma mi mano y me arrastra a la pista. Igualmente ella nunca deja de hablar y sonreír. Yo, apenas cumplidos los 14 años, carezco aún de experiencias fuertes de roce con el género femenino, por lo menos reales, concretas. En tanto Diana, con sus 17 años, es toda una mujer. A su lado siento que luzco como un alfeñique, un títere, un muñeco movido a voluntad por sus poderosos brazos. Nunca un nombre mejor puesto, pensando en la diana que levanta los regimientos para la formación matinal.
Como herencia genética de su extraña ascendencia sirio libanesa de madre y alemana de padre, le quedaron marcados un alucinante pelo ensortijado y otro rasgo inocultable: un par de prominentes y duros pechos.
Todo discurre por cauces normales hasta que la banda comienza a tocar “los lentos”.
Es sentir apretados contra mi pecho esas dos campanas del infierno para que me invada una sensación de calor tan fuerte que mi congestión se disuelve de repente. Por mi sistema respiratorio empieza a fluir el oxígeno con una salud que se me ocurre infinita.
Ni nebulizaciones, ni reiki, ni imposición de manos de curas carismáticos, pastores desorbitados o sanadores filipinos, hechiceros mayas o druidas galos, ni rituales umbandas o todos ellos sumados, nada puede lograr un alivio tan inmediato.
Pero tal impulso de vitalidad, de vigor natural, sólo puede continuarse con una incómoda erección. Odio estos pantalones de hilo, tela fiel compañera de cualquier despliegue del cuerpo. Y justamente el par de responsables de mi excitación me distancian unos
Por unos instantes, me angustio ensimismado en un debate interno, casi filosófico, sobre si debo pasar a la cobarde y abúlica chatura de interrumpir el baile para sentarme, y no seguir arriesgando mi imagen. Finalmente decido seguir bailando, prefiriendo soportar la vergüenza, haciendo a un lado la posibilidad del estigma del patetismo, pero dando lugar a la continuidad del vértigo de la sensación placentera.
Sin saberlo, estaba definiendo un camino en mi vida. Contradicciones semejantes se definirían por una elección de similares características: seguir la carrera de Artes.