16 marzo 2020

En relación al poema "La Flecha de la Nostalgia", de Sebastián Villar Rojas


En relación a “La flecha…”

El tiempo es sádico, cruel, despiadado en su traumática irreductibilidad, desenfrenada, indetenible. Irreductibilidad de dirigirse en monótona velocidad, aunque pretendamos ignorarlo, cual flecha paralela a nuestro recorrido, que terminará indefectiblemente curvándose hacia lo mas expuesto y débil de uno mismo, sellando la sabida finitud.
Envidio a quienes parecen no tener conciencia del tiempo. O superan esa angustia de alguna forma.
Tal vez lo logre el cansancio. Mi abuela, a los 95 años, siempre me recibía en su departamentito en Paraná (que fue mi casa de la infancia) con la frase: “…y aquí sigo, esperando la carroza.” Ella me confesó: “ estoy cansada de tachar nombres en mi libretita” (su agenda personal).
En “La flecha…” se cruzan mundos, se chocan a veces. Remar en un lago del Sur es una experiencia de confrontación de mundos: el mundo general, mas propio y cotidiano, deficiente, lastimado, y el mundo de la naturaleza. Tengo la sensación que el arte, mas que el “abrir un mundo” heideggeriano, devela y conmueve en “el choque de mundos distintos”. Y el arte también, un poquitito, por una centésima de segundo, logra alargar esta minúscula fracción de tiempo, suspenderla, y desarticular sensorialmente un aparentemente frío y racional Observatorio Nacional.
El tiempo no es una vagina hermosa. Sí una vagina hermosa es un tiempo hermoso. Podría decir que esta vagina es casi un “no tiempo”.
Pensar, dar cuenta, reflexionar, escribir sobre el tiempo asfixia. Solo puede desembocar en la locura. La locura de un locutor que solo se pregunta y solo se contesta. Super yoes en soledad que charlan entre sí con conocimiento del ¿otro? (me perdí), también con recelo.
Un flaco formoseño, medio New Age, medio hippie, pero con todo el candor y acento del interior, me relató sus miércoles especiales ¿feng shui? ¿tántricos? Qué se yo: - A la mañana arranco con a una larga sesión de yoga, 3 hs. Mucha meditación…
-¡Qué bien!- lo animé, con corrección política.
Y prosiguió:- Y a la tarde voy a un encuentro de danza jam. Por horas nos agrupamos tocándonos en danza suave, improvisada. La única consigna es que tiene que haber contacto permanente. Salvo con la palma de la mano. Tocar con la palma de la mano está prohibido. Vale todo el resto del cuerpo.
-¿ Y eso tiene un horario?- pregunté (tenía que aparecer el factor “tiempo”).
-Maso. Yo llego tipo 5 de la tarde y ya están en sesión. Me meto en el grupo hasta que me voy a las 8 de la noche. Por ahí salgo para ir al baño o tomar agua…Hay gente que llega mas tarde y se incorpora. Sé que después que me voy algunos siguen como 3 horas más.
Definitivamente, suspendían el tiempo occidental utilitario, competitivo y acaparador. Pero el cierre de su miércoles ¿oriental? era mas conmovedor:
-A la noche voy a “Arquería China”.
No me sonaba coherente una disciplina con armas para el pacifismo que venía desplegando en estos miércoles especiales.
-¿Arquería? ¿Cómo?¿Así, con arco y flechas? ¿Y qué tiene de especial la arquería china?- le pregunté.
-Bueno. Empezamos con mucha meditación. Como 3 horas…
-¡Epa!- ahora ya era agobiante tanto autocontrol de miércoles- ¿Y nunca usan arco y flechas? ¿Es una especie de arquería metafísica?
- Bueno, casi.- me aclaró risueño, con su cálido acento litoraleño – en el fondo del patio hay un cartel de Loreal… ¡ Y al final agarramo y le damo al cartel nomás!

Imagino un cartel de L’Oréal interponiéndose repentinamente en el camino de tu flecha ninja de la nostalgia.