18 diciembre 2005

Ullum

   Ullum es un pobrísimo villorrio de trabajadores de fincas. Está ubicado a unos 30 Km. de la ciudad de San Juan, en una región de cultivos de vides y melones ganada al desierto. Una represa logró el milagro.
   De todas maneras, la sequedad ambiente se hace sentir. Entre las humildes casas y calles de ripio, domina el color blancuzco de la tierra, y al fuerte sol del mediodía sanjuanino, todo se vuelve fosforescente a la vista. Sobre todo ahora, que está soplando el Zonda.
   Viento cálido que baja de la cordillera, va anulando todo vestigio de humedad a su paso, al punto que ésta llega a medir cero por ciento. En minutos, se secan la ropa de los tendederos, la piel, las mucosas, las retinas. Una meada se evapora al instante de llegar al suelo.
   Escapando de los hartantes choripanes y pizzas del encuentro de motos donde estaba trabajando, recorro la villa buscando un comedor. Lo encuentro al final de una calle de tierra. El dueño está en la puerta, esperando el reparto de pan. Ya son las dos de la tarde, y los parroquianos no tienen con qué empujar la comida. Finalmente el hombre entra atrás mío, resignado de pan ausente, para atenderme.
   El salón queda grande para las tres mesas y diez sillas, todas distintas, que hay en él. El techo de machimbre oprime por su escasa altura, y las paredes son tramos añadidos de ladrillo, con y sin revoque, machimbre y adobe.
   Para el disfrute visual, hay un ventanal enrejado que da directo al patio de la patrona, cargado de hierros viejos, escombros, basura y sogas con ropa y sábanas rotas secándose.
   El suelo es de esos contrapisos proyectados para colocarle carpeta y cerámico en alguna época de bonanza. Por ahora, está lleno de grietas, baches y tierra, que los clientes asientan cada tanto, tirándole los restos del vino caliente que les queda en los vasos.
   Tres gatos ronronean por debajo de las mesas y una gallina con sus pollitos arman un desfile cruzando el salón desde el patio hacia la puerta de entrada.
   Un hombre se levanta para cambiar el canal del televisor. Se aburrió de la novela colombiana y elige esa película en la que Schwarzenegger queda "embarazado" por culpa de un experimento científico. Los demás siguen con sus charlas sobre chivos, pumas, senderos y patrones. En general son trabajadores "golondrina", en espera de la cosecha de las fincas.
   El dueño del bar va de mesa en mesa haciendo comentarios ininteligibles, tratando que no se le remuevan sus dos últimos dientes. Camina con la panza agachada y volcado hacia un lado.-"¡Cómo tenés de torcido el eje!"- le grita un comensal y el bar estalla en risas. El dueño se vuelve para devolverle la broma. Viste un short descolorido y desflecado, tan caído que deja ver la naciente de la línea del trasero y una camisa prendida con un solo botón en el ojal equivocado.
   Llega mi plato. Un bife frío, flotando en el jugo de la ensalada de tomates. Pero por tres pesos...
   Cuando estoy terminando llega el pan.
   Pero no termina mal la incursión culinaria. Afuera, como jugando, algunos chicos trasladan pesadas carretillas de albañil repletas de melones a punto que venden por monedas, casi regalándolos, antes que se echen a perder...

Ati

   De todo el universo de trabajos no muy comunes que he realizado, es difícil explicar cómo soy profesor de pintura de Atilio, un discapacitado con parálisis cerebral, desde hace quince años.
   Con semejante afección, es increíble que se haya vuelto tan independiente.
   Todo parece que se le va a caer, romper o volcar. Pero no. El maniobra con un sentido propio de equilibrio. Muy de vez en cuando sí se le cae algún pincel. Pero no se amilana. Se centra en lo suyo, su batalla, volver a aquél pote, tomarlo con sus dedos gigantes y agarrotados por la parálisis. Lo aprieta tanto que parece que lo va a reventar. Vuelca el contenido en otro envase, para ir mezclando colores. Dificultosamente, aparta y toma un pincel con dos dedos. Con la mano derecha, la más rebelde, la que siempre está cerrada en puño, se ayuda para mejorar la posición del pincel de la mano izquierda. Revuelve y pinta.
   Toda esta ceremonia que me toca contemplar es el pequeño milagro repetido y mejorado día a día, clase tras clase.
   Le comento a Atilio que mi hija Muriel cumple cinco años. El se besa la mano y hace como que tira el beso y me apunta, en señal de que yo le mande un beso a mi hija de parte de él.
   Increíblemente, Muriel nació el mismo día que Atilio inauguraba su primera exposición individual. Hasta entonces ambos estaban ocultos al mundo, y salieron a "mostrarse" al mismo tiempo.
   Otro de mis lazos secretos con Atilio es que de repente, un día, se hizo hincha de River, como yo. Para el código futbolero, esa es una satisfacción que los hijos otorgan a los padres. Y es para nosotros un tema de conversación. "Boca campeón, puta madre", me dice Atilio, siempre en su difícil lenguaje mezclado con señas, y golpea el tablero con fastidio. Con el arte y otras cuestiones se nos hace más difícil conversar. Nunca sé si me entendió y algunas veces estoy seguro que no comprendió nada. Pero es recíproco. A él también le pasa conmigo. Y al final de cuentas, eso nos pasa en la vida y con todo el mundo.
   En otras oportunidades, nos entendemos mejor sin hablar, o a través del arte, de sus pinturas. Y ahí lo sensible le gana al lenguaje y me reafirma la idea de que no hace falta traducir todo en palabras.
   Y cómo explicarle a todos, en especial a la familia de Atilio, que él está logrando pintar sólo. Incluso preparando sus propios colores. Contra ese descrédito también lucha Atilio.
   Y sigue ahí. Rodeado de potes de pintura, me apunta cuando algún color se le está terminando: "Víctor, amarillo, comprar", y acompaña con el gesto popular de poner plata.
   Cada tanto resopla, agitado. Cada tanto putea de lo lindo. Es fascinante ver a alguien en su condición, tambaleante, torpe, plagado de movimientos involuntarios, por músculos que se accionan por sí mismos, concentrándose en ganarle a su propio cuerpo, para avanzar sobre la tela.
   En los comienzos le daba largos discursos de incentivación, lo guiaba, le preparaba los colores, y él esperaba mi aprobación constante. Ahora permanezco silencioso, invisible, maravillosamente al margen...
   A veces le apunto algo sobre sus pinturas, un consejo, una idea, pidiéndole con humor, que me dé un poquito de "bola". El ríe a carcajadas con eso, y vuelve a lo suyo... Ambos somos concientes que estamos muy cerca del ideal, el final: que cada uno siga su camino por separado...