05 junio 2012

Guardianes naturales- Yo lo vi...- IV

Guardianes naturales


Yo lo vi, no me lo contaron - IV



Una barrera nos sorprende en el corto camino entre Amaicha del Valle y una de sus atracciones paisajísticas, “La Cascada”.

Unos chicos de remeras rojas –tal vez entre los 16 y 20 años de edad-, nos explican que la “Comunidad Diaguita de Amaicha” custodia el lugar, guía y atiende a los turistas y cuida que éstos no se extravíen o accidenten. Sólo exigen una pequeña colaboración de cinco pesos por persona.

Mas adelante, ya estacionando siguiendo las indicaciones de otro par de chicos con el mismo uniforme, se divisa el desfiladero que se interna en la profunda quebrada, paralelo a un río transparente y correntoso. Un quincho de adobe y paja sirve de parada al que quiera sentarse, comprar tortas fritas y asadas y dulces caseros, o llenar el termo de agua caliente, atendido por más de estos jóvenes guardaparques. Sobre el quincho ondea el símbolo de los pueblos originarios, la “Wilpala”.

Al internarse uno por el desfiladero, ya se perciben los ecos y vibración de la cascada cercana. Los diseños más increíbles de líneas y contrastes recorren las enormes y verticales paredes de roca que parecen cerrarse por arriba. El sendero, a veces, obliga a cruzar el río. Éste, por partes es correntoso y delgado, por partes tiene remansos de suelo arenoso en tonos ocres que se hacen fosforescentes bajo el agua límpida.

Un cartel expresa claramente: “No haga inscripciones ni arruine lo que la naturaleza construyó en miles de años. Comunidad Diaguita de Amaicha”

Es tarde. Oscurece. Todo el mundo está regresando, incluidos varios pequeños guardianes guiando a los turistas rezagados.

El último par de chicos de remeras rojas lleva una escalera.

Al ver que estamos yendo en sentido contrario nos preguntan: “-¿van a “La Cascada”? Entonces los tenemos que acompañar.”-

Mientras nos ayudan a trepar y cruzar obstáculos en la garganta rocosa nos cuentan sus temores de que el proyecto de la Mina Agua Rica, a 40 km, se concrete.-“Eso va a afectar toda la zona, todos estos valles por donde vivimos, y éste río, el lugar que nos dió el gobierno en custodia…”

Una gran roca imposible de escalar interrumpe el desfiladero. Por sobre ella cae una correntada vertiginosa formando un arco. Los jóvenes colocan la escalera a un costado de la roca y la sostienen firmemente para que podamos ascender en ella y toparnos por fin con la maravillosa cascada, ahí, de frente, atravesada por múltiples arco iris merced a los últimos rayos de sol.

A la vuelta, como insertos en una enorme caja de resonancia, retumban por el cañadón de roca los chillidos, cantos y gorjeos de pájaros desconocidos que regresan a sus nidos.

Les pregunto a los chicos si todos los días llevan y traen la escalera desde “La Cascada”: “- Claro, señor- me contestan- sino tendríamos que instalar una escalera fija, de hierro, pero eso arruinaría el paisaje”.

Luego de despedirse cortésmente de nosotros, los jóvenes se unen a sus pares, bajo el quincho. Tal vez sea una treintena de chicos, todos con su orgulloso y sencillo uniforme de custodios, la remera roja, los que están sentados charlando plácidamente, entre bromas, empujones y sacando acordes de algunas guitarras. El día fue bueno. No hubo accidentes que lamentar, los turistas quedaron conformes, y ese lugar del que todavía no están forzados a emigrar, que eligieron sus antepasados y ellos mismos, sigue bello e intacto como hace siglos.

Las primeras estrellas apuran a un cielo que aún preserva cierta claridad, apenas como para que, sobre el quincho, se sigan distinguiendo los vivos colores de la “Wilpala”.



Víctor Gómez



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Infinidad de regiones, como parques nacionales o provinciales, reservas y monumentos naturales y arqueológicos, en todo el oeste argentino, están al cuidado comunitario de pueblos originarios. La figura de “guía cultural”, o persona originaria que además de mostrar el lugar, explica la cosmovisión en paralelo de los habitantes ancestrales, ha adquirido relevancia.

Estas experiencias, además de dar sustento a muchas poblaciones, se constituyen en valiosos aportes para la industria turística.

Así mismo, se está intentando promover los “Caminos del Inca”, cientos de kilómetros de altares, senderos, fortalezas, postas, insertos en toda la Precordillera desde el Norte argentino hasta Mendoza, como Patrimonio de la Humanidad.

Con estas posibilidades, sin mencionar la agricultura, o la vitivinicultura orgánica de altura (única en el mundo), ¿porqué obligar a estas poblaciones a tener que lidiar con la contaminación y destrucción de recursos, producidos por la megaminería a cielo abierto, y a que sus jóvenes sufran aumento de casos de cáncer de colon y huesos, como está sucediendo en Andalgalá?

Estos pueblos están diciendo “No” a la megaminería. ¿Por qué no se los escucha?



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Víctor Gómez