Bomba
Parecen no afectarle los vahos de hidrocarburo que espesan el ambiente. Ella, sentada sobre el piso en la vereda que rodea al buffet de la estación de servicio, con los brazos apoyados, intenta relajarse reclinando el cuerpo hacia atrás. Complementa la acción extendiendo las piernas una y otra vez. Estas, desnudas, lucen músculos regordetes pero firmes. Con esos movimientos, el vestido atigrado, ceñido y corto, descubre la bombacha roja a cada instante. A las 8 de la mañana en ese paraje de una ruta seca y polvorienta, resulta imposible no advertirla. Desprende un aura de inconciente descaro, casi altiva, como la que envuelve a una diva, aunque esté en esa pose de mochilero adolescente.
La piel morena y los rasgos de su rostro denotan su origen norteño, donde predomina la fisonomía mestiza indo española. Eso acentúa por contraste, la fosforescencia de su cabellera corta y de exagerado teñido rubio.
Se decide a pararse, bostezando como una leona, para proseguir estirando los brazos y curvando la espalda en distintas direcciones. Tuvo una noche muy intensa o muchos kilómetros recorridos.
Su contextura maciza en todas sus curvas, aunque corta, se eleva varios centímetros gracias a unos zapatos de tacos elevadísimos. Estos no la incomodan. Da la impresión que nunca hubiera calzado otra cosa. Con erótica gracia de fuerte vaivén de caderas se encamina por entre los surtidores, logrando invadir ese instante de un extrañamiento casi mágico. Ingresa al ómnibus de ventanas selladas que, con el tanque de combustible otra vez lleno, está listo a partir. Entre las estrellas, arco iris y otras burdas figuras pintadas con llamativos colores en los costados y en el frente del vehiculo, se repite en letras grandes la siguiente inscripción: “Gladys,

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