05 junio 2012

De Pasaje Gurí a Karl Kunger Strasse

De Pasaje Gurí a Karl Kunger Strase




Pasado el mal trago de haber sido el único pasajero demorado que revisaron los policías de migraciones del aeropuerto, estoy tomando mi primer bondi en Berlín. Por un sistema neumático, el vehículo completo desciende unos centímetros antes de yo ingresar al mismo, como haciéndome una reverencia, poniéndose a la altura del cordón de la vereda. Con tres cómodas puertas, se puede entrar hasta con una bicicleta cruzada a lo ancho por una de ellas. De hecho, muchos lo hacen.

A pesar de la intrincada distribución de calles, intervenidas por parques, canales y río en Berlín, se puede acceder a cualquier punto en minutos gracias a una red de transporte público de trenes, tranvías, subtes, y colectivos, que abundan en mapas, guías, carteles computarizados y altavoces.

Las bicicletas son las reinas del asfalto. Las bicisendas que cruzan absolutamente todas las calles y veredas son sagradas. La gente lo chista a uno si te ve desprevenido pisando una de ellas. El que una madre o un papá se anime a remolcar de su bici un liviano carrito de aluminio por cualquier calle, en el que van sus dos o tres pequeños hijos no sorprende ni asusta a nadie.

Eso explica porqué hay tantos autos estacionados en las calles, cubiertos por varias capas de hojas del otoño berlinés. Hay que ser un tarado para andar en auto, teniendo bicicleta y uno de los mejores transportes públicos del mundo.

Gracias a una bici prestada puedo recorrer Berlín a gusto, pero soy muy torpe. En los cruces de calle el automovilista se detiene a mi paso pero no me acostumbro y también me detengo. Y así quedamos, viéndonos las caras como nabos.

Por miedo a embestir una pareja de ancianos peatones me zambullo con bici y todo contra un escaparate de macetas, flores y plantas que está en la vereda.

Por propia voluntad uno adquiere los diferentes tipos de pasaje y los marca en una máquina en cada transporte público. Los argentinos no somos los únicos que salteamos éste trámite. Muchos berlineses, especialmente obreros, operarios o estudiantes lo hacen.

Si bien parece ilógico, el fenotipo más común en todo Berlín es el turco árabe. Y la comida más común, el shawarma, aunque los berlineses digan que su plato típico son las salchichas asadas con salsas rojas. Mujeres con caftán, rostros cubiertos y túnicas negras, bares que no expenden alcohol, cientos de restaurantes al paso exhibiendo las típicas carnes apiladas girando en un eje paralelo al fuego, completan un paisaje urbano de gran presencia musulmana y de Cercano Oriente. Esta inmigración masiva fue consentida por la necesidad de mano de obra para la reconstrucción de Alemania, en la posguerra.

Me gusta desayunar en el café y panadería turca de la esquina del departamento donde me ubico, en la calle Karl Kunger. A las exquisitas confituras le acompañan el café con leche con un corazón de cacao en polvo flotando en la espuma blanca, servido así por la bella moza de rasgos semitas.

Berlín en especial, por cuestiones de conveniencias políticas de sus sucesivos gobiernos, fue ciudad-refugio de cuanta guerra hubo por el mundo. Kurdos, vietnamitas, palestinos, croatas, eslovenos, iraquíes, iraníes, sirios, perseguidos políticos sudamericanos, y más actualmente, africanos, se turnaron para ocupar los edificios de refugiados especialmente destinados a tal fin, y ya no retornaron a sus orígenes.

El “sincretismo culinario” de tantas culturas diferentes se hace visible en todos los barcitos y kioscos de comida rápida que hay en cada cuadra de Berlín, donde es factible que un tailandés o un croata ofrezca comida china cocinada a lo árabe, o viceversa.

Y el Moabit es el barrio más populoso donde, sin embargo, el idioma alemán es lo que menos se escucha.

Con todo esto conviven los alemanes originarios, intentando superar además, la culpa colectiva por el Holocausto. Igualmente parecen amargos por naturaleza. Uno ve miles de alemanes cruzándose en una enorme y moderna estación de trenes de varios niveles, escaleras mecánicas, plataformas, y no hay ruidos, gritos, exclamaciones desmedidas. Sólo gestos adustos, indiferentes.

De alguna manera esa especie de aflicción oculta sintoniza con el tango argentino, ampliamente aceptado y ejercitado por los berlineses.

Por fin escucho unos cánticos desaforados en una estación, pero resulta que provienen de cuatro hinchas de un club de Escocia, con polleritas a cuadros y todo.

En un subte, durante la madrugada, sí puedo vivir lo que se podría denominar un gesto desubicado de parte de un alemán: sentado frente a mí, sin otros pasajeros presentes en el vagón, y mirándome fijamente a los ojos, exhala el eructo de cerveza más estridente y largo que yo haya escuchado en toda mi vida.

Las jóvenes alemanas y no tanto visten zapatos de finos y altos tacos, calzas negras a veces translúcidas, completando el conjunto hacia arriba con gran elegancia, y excesivo cuidado en las uñas y el maquillaje. Se agrega muchísimo piercing en los blancos cutis y tatuajes por el cuerpo. A semejante esfuerzo de sensualidad los hombres responden informalmente con pantalones caídos y sueltos buzos con capucha. Un desastre.

Si uno quiere sentir ruido de verdad, abrazos, calor humano en Berlín ¿a dónde va a ir? Al rincón mas latino, el Bar Zapata ubicado en el alucinante Kuntshaus Tacheles.

El “Tácheles”, edificio enorme destruido en una mitad por la guerra, fue refugio de cierto hipismo okupa, y persiste en su bohemia albergando talleres de escultura de deshechos industriales, barcitos, minisalas de exposición. Su característica principal es que está grafiteado en paredes, techos y piso en todos sus resquicios. No hay rincón del “Tácheles” sin varias capas aerosoleadas de dibujos y colores.

Bastión de la movida “under” de Berlín, en el “Tácheles” conviven paredes y puertas desvencijadas de humedad con backlights, proyecciones de video, neones, esculturas enormes de hierro encontrado, pósters, barras de tragos. Entre sus coloridas salitas, espacios, pasillos, uno se puede topar con un grupo de percusión africano o un colectivo de artistas completamente desnudos y pintarrajeados haciendo una perfomance.

En un sector de techos altos de la planta baja del “Tácheles” está el bar Zapata. Sobre una de sus paredes ennegrecidas del hollín de la guerra, sin sonido, se proyectan constantemente viejas películas sobre Emiliano Zapata y otros héroes o bandidos mexicanos. En otro lateral se ordenan varias computadoras encendidas para el uso libre. Mesas y sillas son de materiales reciclado, especialmente hierro.

Todas las noches se despierta el Bar Zapata con DJs, o música en vivo de lo más alocada. En este momento, la extraña fusión musical de la banda “La Chancha”, integrada por dos chilenos, un ruso, un yugoslavo, un turco, vibra una suerte de cumbiarock balcánica de gran potencia. Se hace imposible el que alguien quede sentado sin bailar, saltar, hacer pogo o gritar como desaforado. Por si faltara emoción, un dragón de hierros descartados despide lenguas de fuego reales de dos metros por sobre las cabezas, cocinando nuestros cerebros. El dragón se eleva desde la barra, también de hierro de descarte y sus llamaradas son accionadas por los que despachan los tragos, al ritmo de la música.

El cuadro de locura lo completan ese par de alemanas rubias delgadísimas, intentando bailar “La pollera amarilla”, “Lo mataron a don Goyo”, o algún otro sorpresivo clásico de la cumbia santafesina. Son tan faltas de gracia y despatarradas…

Siempre se puede escuchar buena música en vivo en Berlín, del estilo que sea y a cualquier hora en sus cientos de bares y boliches decorados muy cálidamente, con profusión de velitas y estanterías repletas de las 200 marcas de cerveza. Se completa la ambientación con bandas de jazz session y blues, tango, música cubana, afro, rock, punk, gótica o sus mezclas.

Y siempre hay algo para ver, en sus 140 museos, a los que se agregan galerías, casas de cultura y ferias de arte.

Viendo tanto reservorio arqueológico cultural de la historia completa de la humanidad, muy didáctico por cierto, no se puede dejar de pensar en el afán acopiador del espíritu antropológico y euro centrista del siglo XIX y principios del XX, que movilizó esfuerzos aventureros, además de consentir saqueos y piratería, para lograr tamañas colecciones.

Cada vez que acciono mi vieja cámara analógica Canon A1, todo el mundo gira la cabeza sorprendido y asustado, como si escucharan el gatillo percutor de un revólver alistándose para el disparo.

A los vernisagges inaugurales de las exposiciones de arte, asisten también ciertas figuras repetidas con el único interés de arrasar con los bocaditos, las roscas de pan y las copas de vino o champagne.

Todo Berlín tiene una altura promedio de 3 a 4 pisos, con viviendas que tienen lo preciso, agrupadas en condominios con patios parquizados internos, logrando que cada departamento reciba luz natural. Un detalle de incongruencia para mí es el hecho de que la luz del baño se acciona desde afuera del mismo en varios hogares. Cualquier tarado te puede dejar a oscuras sentado en el inodoro.

Algo de los criterios constructivos de Berlín me llamó la atención por sobre las maravillas arquitectónicas como una fábrica de trenes convertida en museo contemporáneo de arte o la cúpula vidriada de la casa de gobierno: el esfuerzo por no avasallar lo antiguo por lo nuevo, sino que ambos convivan armónicamente, y el tamaño equitativo de las viviendas.

Hasta los barrios de las afueras, donde sí hay casas enormes, resulta que éstas se subdividen internamente de manera que vivan varias familias. Durante un mes completo no asisto nunca a un gesto o situación de ostentación de riquezas desniveladas de la generalidad.

En coherencia con esta equidad está la presencia del Estado: gran carga impositiva a los sectores empresarios y distribución de todo tipo de ayuda social en forma de planes de trabajo, subvenciones, subsidios, pensiones, etc. Por hijo, desde su nacimiento hasta los 27 años, el estado otorga 200 euros mensuales, mas préstamos y becas para gastos de universidad. Algo muy similar a los planes “Trabajar” nuestros, dan sustento a un porcentaje enorme de población, y el estado también los usa como forma de bajar índices de desempleo. Nadie se asusta o critica esta situación o discrimina a los beneficiados. Se entiende que es la forma más lógica de frenar la inseguridad.

Hay gente que grafitea o raya asientos y vidrios de flamantes trenes y casas, mea o tira botellas por la calle y otras conductas alejadas de la mitificación que solemos hacer de los europeos y de los alemanes en especial. Básicamente podría decir que no hay tanta diferencia en cuanto a la población, exceptuando ese gran logro de un bienestar equilibrado socialmente.

Por curiosidad asisto a una convención comunista. Es en un estadio cubierto enorme, con proyección en pantallas, con auriculares que le traducen al español a uno todos los discursos en el momento y un gran merchandising de pines, remeras, libros a la venta para colectar dinero. Sobre el escenario, diversos músicos se empeñan en interpretar clásicos latinos de la lucha antiimperialista, como la guajira del Che, entonados con acentos extraños y engolados como lo hace ese coro de chicas alemanas: “…de tu querrrrride presencien...comandante Ché Guevaga…”

También hay espacio para un pequeño desfile: un obrero boliviano con un casco minero portando una banderita de Bolivia clavada en el mismo, un dirigente hindú, tres dirigentes de la Federación Comunista Ucraniana que con sus sobretodos grises parecían agentes de la KGB, dos de Nepal, uno comunista, el otro maoísta, y otros personajes más de Irán, Irak, Nigeria, Afganistán, cada uno precedido por un joven con una pancarta que supuestamente explica de quien se trata. Pero todo resulta muy confuso ya que las pancartas están mezcladas, anunciando por tanto la personalidad equivocada.

Todos los discursos, básicamente, critican la globalización o situaciones ajenas, en lejanos países de otros continentes. El único reclamo local consiste en una adhesión a la lucha de los militantes ecologistas de Stutgart por evitar que se volteen 10 árboles en su ciudad.

Es que realmente viven bien estos alemanes. Faltaría un poco mas de simpatía en los rostros para atestiguarlo. Pero los chicos sí contagian con su risa y espontaneidad, provocando ternura, como en cualquier parte del mundo.







Víctor Gómez