El “Loco Calesita”
Es difícil ver a un hombre transparentando igual emoción.
Y es que acaban de anunciar el concurso que él mismo tantas veces pidió a los organizadores de cada motoencuentro: - Che, a ver si esta vez entregan el premio a la mejor Street Fighter- insistía siempre el “Loco Calesita”.
Este es un galardón nada habitual para estos encuentros de viejos motoqueros custom o pisteros clásicos, ya que se otorga al mejor diseño de pistera reformada en su carrocería plástica.
Tan ingenuo y cándido como su apodo, desde que se había comprado esa espantosa Jawa 250, “Calesita” reclamaba la concreción del premio porque creía que era poseedor de la mejor moto pistera de plásticos reformados que circulaba por ahí. En realidad, era una más de las tantas cosas que le habían hecho creer...
La vida de “Calesita” es el “creer”. Así accedió a esta historia de hacerse motoquero. En cierto modo, todos los demás fantasean con entregarse a una película con desafíos y diversiones, que les levante la adrenalina de una vida insoportable, pero lo de “Calesita” ya es una ficción de “road movie” delirante y absurda.
Al “Loco Calesita” lo conocí una vez que se acercó a preguntarme precios de pantalones de cuero. Me explicó que su apodo derivaba del hecho que poseía un carrusel funcionando en una plaza de Villa Mercedes, San Luis. Era un auténtico “señor calesitero”, de esos que amagan con la sortija y todo.
Me confió su plan de ahorro para poder comprar el pantalón de cuero. Ofrecería abonos semanales, quincenales y mensuales, con la ventaja de acceso libre por esos períodos a su carrusel. Agregaría ofertas por hermanos, y además, por la compra tres abonos continuos, el siguiente período sería gratuito. El plan me pareció un disparate. Requería de una demanda de miles de niños tan fanatizados de subirse a su carrusel todos los días de la vida como de estar haciendo cuentas.
Se despidió de mí entregándome una tarjeta personal que, además de la dirección y teléfono, rezaba: “Calesita - Águila del asfalto en dos ruedas”.
En asados y reuniones corrían anécdotas de bromas que le habían gastado a “Calesita” y su ingenuidad, sin que el referido supiera.
- ¡Qué fea que se ve tu Intruder largando tanto humo! Quema aceite- le habría dicho alguien. En consecuencia, “Calesita” no le echó mas aceite. La moto dejó de humear durante una semana pero, inevitablemente, fundió el motor…por falta de aceite.
Ahora “Calesita” está seguro de ser el héroe de la jornada. Se arropa todas sus galas de cuero, pantalón, chaleco, bandana, botas, para ubicarse en primera fila con el pecho inflado, abrazado a su mujer e hijo, a quienes empuja cariñosamente por la espalda baja, para que posen firmes y erguidos como él. A la vez, no deja de girar la cabeza mirando a todos sonriente, orgulloso. La dentadura casi equina queda cada vez mas expuesta a medida que escucha las palabras del locutor. No pueden referirse a nadie mas que a él: “… ¡A éste motoquero de ley, este compañero que queremos todos. Excelente persona, y poseedor de una Jawa impresionante, la mejor Street Fighter del encuentro…”
“Calesita” separa los talones del piso, para ganar altura. Y sí. Es él. ¿Qué duda cabe?
Ya casi está por avanzar hacia el escenario. Pero el Pelado Juan sigue prolongando el anuncio, aumentando el suspenso: -… ¡un señor motoquero! ¡Héroe de las rutas! ¡Caballero del asfalto!... - “Calesita” aprieta la mano de su mujer y mira al cielo, confiado en su minuto de gloria inminente.
- ¡…así que la mejor Street Fighter del encuentro es… la Jawa del “Perro Loco”! ¡Dale “Perro”, traé tu moto!
Desde atrás del público, se va haciendo lugar el “Perro Loco” con su destartalada moto de plásticos destrozados a golpes y caídas, con un rugir del motor crujiente, dolido de desatención. Un desastre de moto para cualquier entendido. Ese es el detalle que completa la broma.
“Calesita” no se había percatado de las miradas cruzadas, codazos y risas de todos, mientras era protagonista principal e involuntario de una charada brutal y multitudinaria. Toda esta escenificación colectiva, preparada con el único objetivo de sumar una broma más en perjuicio de “Calesita”, tuvo el resultado esperado.
Pero él no cuestiona. Ni siquiera repara en los detalles. No tiene fuerzas más que para avenirse a su destino.
Desde que no escuchó su nombre, simplemente, permanece con la cabeza gacha, abrazado a su mujer e hijo.
Tal vez alguien perciba la crueldad de la situación. Tal vez incluso, tenga el impulso de ir a darle un abrazo consolador a “Calesita”. Pero todos optan por reír. Al fin y al cabo, todos son cómplices.
Y es que acaban de anunciar el concurso que él mismo tantas veces pidió a los organizadores de cada motoencuentro: - Che, a ver si esta vez entregan el premio a la mejor Street Fighter- insistía siempre el “Loco Calesita”.
Este es un galardón nada habitual para estos encuentros de viejos motoqueros custom o pisteros clásicos, ya que se otorga al mejor diseño de pistera reformada en su carrocería plástica.
Tan ingenuo y cándido como su apodo, desde que se había comprado esa espantosa Jawa 250, “Calesita” reclamaba la concreción del premio porque creía que era poseedor de la mejor moto pistera de plásticos reformados que circulaba por ahí. En realidad, era una más de las tantas cosas que le habían hecho creer...
La vida de “Calesita” es el “creer”. Así accedió a esta historia de hacerse motoquero. En cierto modo, todos los demás fantasean con entregarse a una película con desafíos y diversiones, que les levante la adrenalina de una vida insoportable, pero lo de “Calesita” ya es una ficción de “road movie” delirante y absurda.
Al “Loco Calesita” lo conocí una vez que se acercó a preguntarme precios de pantalones de cuero. Me explicó que su apodo derivaba del hecho que poseía un carrusel funcionando en una plaza de Villa Mercedes, San Luis. Era un auténtico “señor calesitero”, de esos que amagan con la sortija y todo.
Me confió su plan de ahorro para poder comprar el pantalón de cuero. Ofrecería abonos semanales, quincenales y mensuales, con la ventaja de acceso libre por esos períodos a su carrusel. Agregaría ofertas por hermanos, y además, por la compra tres abonos continuos, el siguiente período sería gratuito. El plan me pareció un disparate. Requería de una demanda de miles de niños tan fanatizados de subirse a su carrusel todos los días de la vida como de estar haciendo cuentas.
Se despidió de mí entregándome una tarjeta personal que, además de la dirección y teléfono, rezaba: “Calesita - Águila del asfalto en dos ruedas”.
En asados y reuniones corrían anécdotas de bromas que le habían gastado a “Calesita” y su ingenuidad, sin que el referido supiera.
- ¡Qué fea que se ve tu Intruder largando tanto humo! Quema aceite- le habría dicho alguien. En consecuencia, “Calesita” no le echó mas aceite. La moto dejó de humear durante una semana pero, inevitablemente, fundió el motor…por falta de aceite.
Ahora “Calesita” está seguro de ser el héroe de la jornada. Se arropa todas sus galas de cuero, pantalón, chaleco, bandana, botas, para ubicarse en primera fila con el pecho inflado, abrazado a su mujer e hijo, a quienes empuja cariñosamente por la espalda baja, para que posen firmes y erguidos como él. A la vez, no deja de girar la cabeza mirando a todos sonriente, orgulloso. La dentadura casi equina queda cada vez mas expuesta a medida que escucha las palabras del locutor. No pueden referirse a nadie mas que a él: “… ¡A éste motoquero de ley, este compañero que queremos todos. Excelente persona, y poseedor de una Jawa impresionante, la mejor Street Fighter del encuentro…”
“Calesita” separa los talones del piso, para ganar altura. Y sí. Es él. ¿Qué duda cabe?
Ya casi está por avanzar hacia el escenario. Pero el Pelado Juan sigue prolongando el anuncio, aumentando el suspenso: -… ¡un señor motoquero! ¡Héroe de las rutas! ¡Caballero del asfalto!... - “Calesita” aprieta la mano de su mujer y mira al cielo, confiado en su minuto de gloria inminente.
- ¡…así que la mejor Street Fighter del encuentro es… la Jawa del “Perro Loco”! ¡Dale “Perro”, traé tu moto!
Desde atrás del público, se va haciendo lugar el “Perro Loco” con su destartalada moto de plásticos destrozados a golpes y caídas, con un rugir del motor crujiente, dolido de desatención. Un desastre de moto para cualquier entendido. Ese es el detalle que completa la broma.
“Calesita” no se había percatado de las miradas cruzadas, codazos y risas de todos, mientras era protagonista principal e involuntario de una charada brutal y multitudinaria. Toda esta escenificación colectiva, preparada con el único objetivo de sumar una broma más en perjuicio de “Calesita”, tuvo el resultado esperado.
Pero él no cuestiona. Ni siquiera repara en los detalles. No tiene fuerzas más que para avenirse a su destino.
Desde que no escuchó su nombre, simplemente, permanece con la cabeza gacha, abrazado a su mujer e hijo.
Tal vez alguien perciba la crueldad de la situación. Tal vez incluso, tenga el impulso de ir a darle un abrazo consolador a “Calesita”. Pero todos optan por reír. Al fin y al cabo, todos son cómplices.
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