04 julio 2009

Supe tener un jefe en las alturas

Supe tener un jefe en las alturas. No era un Dios. Era algo mucho mejor: un buen tipo.

Con Don Boschetti, fallecido hace unos días, ganábamos las terrazas más altas de la ciudad para impermeabilizarlas contra todo meteoro, tormenta, lluvia, granizo. Garantía: diez años.

Cumplidor y perfeccionista, ondeaba las terrazas ya terminadas buscando el error, la falla, con postura erguida y sobradora.

Durante seis meses, se esmeró por convertirme en un buen oficial. “Cuchá pibe”, me repetía: “Es mejor usar la pinceleta. Y alisar y barrer antes. Vos podes hacer bien el trabajo, o ser un “mataarañas”. De esa manera Don Boschetti se refería a los pintores rápidos y desprolijos, que no limpian ni lijan las superficies sino que arrasan con pintura sobre lo que haya, incluyendo las arañas.

A su pedido, sintonizaba música clásica a todo volumen con mi radio, y así subíamos las construcciones, en ascensores aún sin paredes ni puerta, por esqueletos de hormigón de altos edificios. En compañía de Brahms, Motzart, Debussy o Beethoven. Los albañiles, capataces, electricistas, plomeros, que deambulaban por los pisos, nos miraban como a extraterrestres que estaban eyectando a la luna.

“Cuchá esos violines, pibe. Cuchá esos vientos”, se solazaba Don Boschetti cerrando los ojos y enfrentando la brillosa y tostada calvicie al sol de invierno, para luego buscar mi aprobación,

En pleno julio también quedé curtido por el sol. Algunas compañeras “caretas” de la “facu” se animaban a preguntarme: “¿Estuviste en una cama solar?” – No- les contestaba con fastidio- impermeabilizo techos-. Pero estallaban en carcajadas- “¡Ay! ¡Qué ocurrente!...”

En invierno eran duros los vientos de las alturas sin reparo. Yo subía bien pertrechado: bajo los vaqueros manchados de emulsión asfáltica, unas medias Can-cán de mi abuela. Un gran descubrimiento. Había sido idea de ella. Y era más insoportable el frío que el ridícul o. También llevaba un termo de leche chocolatada bien caliente, hasta que éste una vez, recién cargado y solito sobre la mesada, explotó como una Molotov, llenando mi cocina de vidriecitos espejados y leche suspendidos en el aire.

Y ahora me entero, hace poquito,…parece que Don Boschetti se decidió a subir más alto que nunca, para escuchar mejor las sinfónicas del mundo.