El "comegatos"
- ¿Cómo me van a pedir repuestos de BM? ¡Esto es Argentina! ¡O viajen a Alemania, manga de pelotudos!- refunfuña para sí mismo el “Comegatos”, luego de espantar a unos clientes.
Ya había recibido comentarios sobre su proverbial mal carácter. Por ello incluso le habían endilgado ese sobrenombre tan despectivo, en el cual él mismo aún no repara. También se ganó el mote no por rosarino, que no lo es, sino por su confesa concurrencia a prostíbulos de departamento.
A nadie el “Comegatos” le cae bien. Personalmente, lo veo tan huraño que me resulta caricaturesco, casi simpático. Además, no tengo donde entretener mi atención en esos largos espacios en los que no aparecen clientes en mi puesto. Hacia el otro lado, a mi izquierda, hay un precario escaparate de CDs truchos a cargo de, cuando no, un peruano. Éste, absolutamente concentrado, casi hipnotizado, mirándose en un espejito redondo, se corta los pelos de la nariz con una larga tijera. Bajo los tablones, sobre el piso de tierra, su hijita ve una animación en un minúsculo televisor mientras hace sus necesidades sentadita en una escupidera.
Pero el “Comegatos” gusta de hablar y hace comentarios de todo el mundo: “¡Mirá, allá va el “Loco Aguja”, porque tiene un solo ojo! ¡A ese otro le dicen “Pistolita de agua”, si no gatilla, no moja!”. Sin embargo, no parece divertirse. Todo lo dice entre dientes, sin gesticular, manteniendo las cejas en dura horizontalidad, con el ceño golpeando enojo contra la tristeza de una mirada de párpados caídos.
Su clientela es muy particular. Todos los coleccionistas de motos antiguas tienen aires de “trastornado”. Obsesivos enamorados de la pieza original, pueden rastrear el repuesto que necesitan en los lugares más remotos del planeta. Internet. Contactos. Clasificados de diarios. Y finalmente, en los encuentros de motos, recurren al “Comegatos”. Éste llega en su desvencijada Falcon Rural con el chasis rozando el suelo, vencida por el peso de tanto fierro viejo.
Lo que para mí son decenas de cajas de chatarra inútil, el “Comegatos” y su clientela identifican como manillares, virolas de faros, apoyapiés, escapes, asientos triangulares de Siambrettas, Milanos, Norton, Tehuelches y otras marcas que dejaron de existir hace cuarenta años. Entre ellos mantienen durante horas aburridísimas conferencias sobre fierros.
Cuando nadie lo ve, el “Comegatos” toma una de las tantas piezas que vende y la gasta contra el piso varias veces. Luego la coloca para su exhibición sin limpiarle la tierra. “Así parecen más originales”, me confiesa, “si no, por ahí, los “vagos” se piensan que son imitación. En mi casa, a veces, les echo una buena meada, para que se oxiden más rápido. Hasta les puedo subir el precio”. Conoce su negocio. Varios coleccionistas rodean su puesto, mirando extasiados las piezas meadas secretamente.
Cuando pasa una mujer, el “Comegatos” vomita los comentarios desagradables y enfermos de un psicópata desbordado: “A ésa, sabés como le chupo todo. Se me va la lengua, se me va...” y otros por el estilo.
- ¡Yo ni loco me consigo una novia!- se despacha. -Con 45 años no vi`á caer en mi casa con una novia. Y que mis hijos se la tengan que bancar. No. Yo si tengo ganas, me voy al departamento de alguna “loca”, pago y listo. Sin problemas. Y sabés lo bien que la paso. Hay cada “loca”. Llevo este “juguetito” - y extrae de abajo del tablón un largo y patético pene plástico a pilas, que viborea al accionar un botón.,- y con las “locas” nos recagamos de risa. - Me sorprende que tenga esa huevada tan a mano. Sin embargo, su regocijo no suena convincente. Todo lo dice con extrema seriedad, más bien resentido, peleado con el sexo femenino.
- Ah, te separaste - arriesgué.
- No, pero estoy solo, con mis tres hijos. Los tengo que mantener y cuidar. Decí que también se pueden cuidar entre ellos. El año pasado mi mujer se suicidó de un tiro.
Ya había recibido comentarios sobre su proverbial mal carácter. Por ello incluso le habían endilgado ese sobrenombre tan despectivo, en el cual él mismo aún no repara. También se ganó el mote no por rosarino, que no lo es, sino por su confesa concurrencia a prostíbulos de departamento.
A nadie el “Comegatos” le cae bien. Personalmente, lo veo tan huraño que me resulta caricaturesco, casi simpático. Además, no tengo donde entretener mi atención en esos largos espacios en los que no aparecen clientes en mi puesto. Hacia el otro lado, a mi izquierda, hay un precario escaparate de CDs truchos a cargo de, cuando no, un peruano. Éste, absolutamente concentrado, casi hipnotizado, mirándose en un espejito redondo, se corta los pelos de la nariz con una larga tijera. Bajo los tablones, sobre el piso de tierra, su hijita ve una animación en un minúsculo televisor mientras hace sus necesidades sentadita en una escupidera.
Pero el “Comegatos” gusta de hablar y hace comentarios de todo el mundo: “¡Mirá, allá va el “Loco Aguja”, porque tiene un solo ojo! ¡A ese otro le dicen “Pistolita de agua”, si no gatilla, no moja!”. Sin embargo, no parece divertirse. Todo lo dice entre dientes, sin gesticular, manteniendo las cejas en dura horizontalidad, con el ceño golpeando enojo contra la tristeza de una mirada de párpados caídos.
Su clientela es muy particular. Todos los coleccionistas de motos antiguas tienen aires de “trastornado”. Obsesivos enamorados de la pieza original, pueden rastrear el repuesto que necesitan en los lugares más remotos del planeta. Internet. Contactos. Clasificados de diarios. Y finalmente, en los encuentros de motos, recurren al “Comegatos”. Éste llega en su desvencijada Falcon Rural con el chasis rozando el suelo, vencida por el peso de tanto fierro viejo.
Lo que para mí son decenas de cajas de chatarra inútil, el “Comegatos” y su clientela identifican como manillares, virolas de faros, apoyapiés, escapes, asientos triangulares de Siambrettas, Milanos, Norton, Tehuelches y otras marcas que dejaron de existir hace cuarenta años. Entre ellos mantienen durante horas aburridísimas conferencias sobre fierros.
Cuando nadie lo ve, el “Comegatos” toma una de las tantas piezas que vende y la gasta contra el piso varias veces. Luego la coloca para su exhibición sin limpiarle la tierra. “Así parecen más originales”, me confiesa, “si no, por ahí, los “vagos” se piensan que son imitación. En mi casa, a veces, les echo una buena meada, para que se oxiden más rápido. Hasta les puedo subir el precio”. Conoce su negocio. Varios coleccionistas rodean su puesto, mirando extasiados las piezas meadas secretamente.
Cuando pasa una mujer, el “Comegatos” vomita los comentarios desagradables y enfermos de un psicópata desbordado: “A ésa, sabés como le chupo todo. Se me va la lengua, se me va...” y otros por el estilo.
- ¡Yo ni loco me consigo una novia!- se despacha. -Con 45 años no vi`á caer en mi casa con una novia. Y que mis hijos se la tengan que bancar. No. Yo si tengo ganas, me voy al departamento de alguna “loca”, pago y listo. Sin problemas. Y sabés lo bien que la paso. Hay cada “loca”. Llevo este “juguetito” - y extrae de abajo del tablón un largo y patético pene plástico a pilas, que viborea al accionar un botón.,- y con las “locas” nos recagamos de risa. - Me sorprende que tenga esa huevada tan a mano. Sin embargo, su regocijo no suena convincente. Todo lo dice con extrema seriedad, más bien resentido, peleado con el sexo femenino.
- Ah, te separaste - arriesgué.
- No, pero estoy solo, con mis tres hijos. Los tengo que mantener y cuidar. Decí que también se pueden cuidar entre ellos. El año pasado mi mujer se suicidó de un tiro.
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