Corre Sandra Corre
- Hola, Bebé. Antes de ir a ningún lado, ¿podemos guardar mi moto en tu casa?- Así me habló Sandra cuando la recibí en un cruce de la circunvalación de Rosario. A esta motoquera con la que apenas había intercambiado unas palabras en Villa María, le bastaron para la cita algunos mensajes de texto por celular. No la frenaron ni el pudor ni los 180 km de Nogoyá a Rosario, que cubrió con su moto Enduro, una Honda Tornado GX de 250 centímetros cúbicos de cilindrada.
Nuevamente me interrogó cuando guardábamos la moto en el garaje:
- ¿Y, Bebé? ¿No me vas a hacer nada?- Nunca más salimos de mi casa.
Sí. Hubo una salida. Escuchábamos sucesivos rugidos de motores y le expliqué que provenían del autódromo cercano a mi casa.
- Se organizan picadas de autos y motos y no paran de molestar con el ruido todos los sábados y domingos- le dije. Ella exclamó fascinada:
- ¡Vamos! ¿Me llevas ahí?- Así ella conoció el autódromo y yo también.
Me expuso sus planes de cambiar la moto:
- Con la Enduro, apenas puedo ir a 130 km por hora, y es incómoda para hacer viajes largos-. Por ambas razones estaba decidida a cambiar la moto por una Vulcan 400 cc.
También se refirió a su historial con las motos. Con nostalgia me fue nombrando todas las motos que tuvo, marca, modelo y cilindrada, y detalles particulares de cada una. Me las nombraba como si yo conociera todas las motos del mundo y yo ni siquiera retuve el nombre de ninguna. Al final me preguntó:
- ¿Te diste cuenta? ¡Siempre tuve motos Enduro!
De la Tornado Enduro actual me explicó porqué le había cambiado el caño de escape: - Le hice poner uno más abierto, le da potencia a la moto y suena más.
Le pregunté el porqué de los moretones en las piernas.
– De la Enduro me caigo constantemente cuando freno. Es muy alta. No hago pie - y eso que Sandra mide 1,70.
En cuanto a música, congeniamos a duras penas. Sandra escucha casi exclusivamente Nirvana y Rata Blanca. Su última lectura había sido la biografía de Kurt Cobain.
A la noche siguiente hubo que salir a procurar alimento. Propuse ir a una pizzería cercana. Sandra se despachó con otra expresión motoquera:
- ¿Cómo querés que me vista? ¿Así nomás de jeans, o bien perra?
A pesar de tanta pasión fierrera, Sandra tiene una inocultable sensualidad. Algo retiene en su despliegue corporal desde aquellas exhibiciones de baile con las que se ganó la vida durante un tiempo. Esas giras por boliches entrerrianos le valieron el mote de la “Chica Lambada”. También hay algo de atractivo y paradójicamente triste a la vez, en la mirada de sus ojos gris verdosos enmarcados en una piel india y tostada. Pero de todos sus atributos, me doy cuenta que su boca es inevitablemente sensual, su mayor tentación. Amplia, carnosa, llamadora, hipnotizante, solo la podía asimilar a algunas imágenes lejanas, añejas, de Briggite Bardot. Entiendo que Sandra responde a otro mundo, a otros gustos, inquietudes. Pero debo aceptar que para conmoverme basta esa boca, imán endemoniado, agujero del espacio, hondonada escarlata, cañón, tajo. Si por lo menos la mezquinara. Pero no. La ofrece generosa, a mi albedrío. El tener ese abismo rojo ahí, próximo, disponible, me desubica, me marea, olvido que tengo tan poco que ver con ella. ¿Qué voy a analizar? Mi vida se concentra en este minuto exacto en “curtir” esa boca, desguasarla entre mis dientes.
Todavía desperezándonos en la cama, en la segunda mañana, la charla desemboca en el fallecimiento del padre el año pasado. Es el detonante que la incita a desahogar un historial de vida terrible:
- La verdad es que yo no lo quería. Estuvo en la cárcel muchos años. Mi mamá nos había abandonado y mi padre nos tenía desnutridos y nos violaba a mis hermanos y a mí, hasta que tuve once años y se supo todo. Por eso lo encarcelaron. Luego estuve en un Hogar en Paraná y en un orfanato de monjas del que me escapé. Vine a Nogoyá y quedé embarazada a los 17 años. Pero mi novio era golpeador. Para que no me siguiera atacando preferí entregarme de vuelta a la policía. Fui a otro Hogar pero de madres solteras. Luego estuve viviendo con una tía en Nogoyá que me tenía de sirvienta, hasta que el hijo quiso abusar de mí. Entonces me mandé a mudar...
Sigue con otros pormenores, a estas alturas, más livianos, como un divorcio, otra hija, algún progreso económico que le permite esta locura motoquera...Pero yo estoy perdido, mareado, pensando en ciertas coincidencias. Aquel Hogar de Menores de Paraná estaba a una cuadra de mi casa. Alguna vez, siendo adolescente, entré para ver un Pesebre Viviente actuado por las mismas internas y dejar unas monedas. El lugar me impresionó por lo deprimente, vacío, pavorosamente monástico. Sandra vivió allí, de niña, a cien metros de distancia, mientras yo planificaba viajes a Bariloche.
Mi abuela, durante años, dejó cajas enteras de ropa para bebés, mediecitas, conjuntitos, tejidos por ella misma, en el Hogar de Madres Solteras. Alguna prenda de estas seguramente vistió al hijo de Sandra.
Ahora me da pánico la idea de provocarle algún daño. Qué podría lastimar a un ser tan vulnerado.
Me confiesa que desde que falleció el padre, se siente más tranquila, sin pesadillas. Desde aquellos tiempos de horror, toma pastillas para dormir. También sigue tratamiento psicológico.
Nos despedimos hasta otro encuentro incierto. Mientras se hace pequeña deslizándose al Este sobre su Enduro Tornado, deseo que sea feliz. Aun se aprecian sus cabellos al viento asomados bajo el casco multicolor encerado.
Sandra corre, escapa. Se lanza a recuperar esos años perdidos en el espanto. Debe haber miles de aventuras dignas de vivir. O habrá que inventarlas. Como aturdirse con el ruido de motores, aturdirse hasta la tontería en esta locura motoquera en la que no se daña a nadie, aturdirse hasta alucinar.
“Rowing on the river” le cantan los Deep Purple y Tina Turner juntos por única vez mientras ella persigue el viento hasta partirlo en dos. Y atropella las brumas matinales de un salto con su Enduro, aprovechando el envión hacia arriba de las lomadas entrerrianas. A mojarse la cara, los pelos, los hombros, rompiendo piñatas de humedad, celebrando la libertad de los años que aun restan.
Nuevamente me interrogó cuando guardábamos la moto en el garaje:
- ¿Y, Bebé? ¿No me vas a hacer nada?- Nunca más salimos de mi casa.
Sí. Hubo una salida. Escuchábamos sucesivos rugidos de motores y le expliqué que provenían del autódromo cercano a mi casa.
- Se organizan picadas de autos y motos y no paran de molestar con el ruido todos los sábados y domingos- le dije. Ella exclamó fascinada:
- ¡Vamos! ¿Me llevas ahí?- Así ella conoció el autódromo y yo también.
Me expuso sus planes de cambiar la moto:
- Con la Enduro, apenas puedo ir a 130 km por hora, y es incómoda para hacer viajes largos-. Por ambas razones estaba decidida a cambiar la moto por una Vulcan 400 cc.
También se refirió a su historial con las motos. Con nostalgia me fue nombrando todas las motos que tuvo, marca, modelo y cilindrada, y detalles particulares de cada una. Me las nombraba como si yo conociera todas las motos del mundo y yo ni siquiera retuve el nombre de ninguna. Al final me preguntó:
- ¿Te diste cuenta? ¡Siempre tuve motos Enduro!
De la Tornado Enduro actual me explicó porqué le había cambiado el caño de escape: - Le hice poner uno más abierto, le da potencia a la moto y suena más.
Le pregunté el porqué de los moretones en las piernas.
– De la Enduro me caigo constantemente cuando freno. Es muy alta. No hago pie - y eso que Sandra mide 1,70.
En cuanto a música, congeniamos a duras penas. Sandra escucha casi exclusivamente Nirvana y Rata Blanca. Su última lectura había sido la biografía de Kurt Cobain.
A la noche siguiente hubo que salir a procurar alimento. Propuse ir a una pizzería cercana. Sandra se despachó con otra expresión motoquera:
- ¿Cómo querés que me vista? ¿Así nomás de jeans, o bien perra?
A pesar de tanta pasión fierrera, Sandra tiene una inocultable sensualidad. Algo retiene en su despliegue corporal desde aquellas exhibiciones de baile con las que se ganó la vida durante un tiempo. Esas giras por boliches entrerrianos le valieron el mote de la “Chica Lambada”. También hay algo de atractivo y paradójicamente triste a la vez, en la mirada de sus ojos gris verdosos enmarcados en una piel india y tostada. Pero de todos sus atributos, me doy cuenta que su boca es inevitablemente sensual, su mayor tentación. Amplia, carnosa, llamadora, hipnotizante, solo la podía asimilar a algunas imágenes lejanas, añejas, de Briggite Bardot. Entiendo que Sandra responde a otro mundo, a otros gustos, inquietudes. Pero debo aceptar que para conmoverme basta esa boca, imán endemoniado, agujero del espacio, hondonada escarlata, cañón, tajo. Si por lo menos la mezquinara. Pero no. La ofrece generosa, a mi albedrío. El tener ese abismo rojo ahí, próximo, disponible, me desubica, me marea, olvido que tengo tan poco que ver con ella. ¿Qué voy a analizar? Mi vida se concentra en este minuto exacto en “curtir” esa boca, desguasarla entre mis dientes.
Todavía desperezándonos en la cama, en la segunda mañana, la charla desemboca en el fallecimiento del padre el año pasado. Es el detonante que la incita a desahogar un historial de vida terrible:
- La verdad es que yo no lo quería. Estuvo en la cárcel muchos años. Mi mamá nos había abandonado y mi padre nos tenía desnutridos y nos violaba a mis hermanos y a mí, hasta que tuve once años y se supo todo. Por eso lo encarcelaron. Luego estuve en un Hogar en Paraná y en un orfanato de monjas del que me escapé. Vine a Nogoyá y quedé embarazada a los 17 años. Pero mi novio era golpeador. Para que no me siguiera atacando preferí entregarme de vuelta a la policía. Fui a otro Hogar pero de madres solteras. Luego estuve viviendo con una tía en Nogoyá que me tenía de sirvienta, hasta que el hijo quiso abusar de mí. Entonces me mandé a mudar...
Sigue con otros pormenores, a estas alturas, más livianos, como un divorcio, otra hija, algún progreso económico que le permite esta locura motoquera...Pero yo estoy perdido, mareado, pensando en ciertas coincidencias. Aquel Hogar de Menores de Paraná estaba a una cuadra de mi casa. Alguna vez, siendo adolescente, entré para ver un Pesebre Viviente actuado por las mismas internas y dejar unas monedas. El lugar me impresionó por lo deprimente, vacío, pavorosamente monástico. Sandra vivió allí, de niña, a cien metros de distancia, mientras yo planificaba viajes a Bariloche.
Mi abuela, durante años, dejó cajas enteras de ropa para bebés, mediecitas, conjuntitos, tejidos por ella misma, en el Hogar de Madres Solteras. Alguna prenda de estas seguramente vistió al hijo de Sandra.
Ahora me da pánico la idea de provocarle algún daño. Qué podría lastimar a un ser tan vulnerado.
Me confiesa que desde que falleció el padre, se siente más tranquila, sin pesadillas. Desde aquellos tiempos de horror, toma pastillas para dormir. También sigue tratamiento psicológico.
Nos despedimos hasta otro encuentro incierto. Mientras se hace pequeña deslizándose al Este sobre su Enduro Tornado, deseo que sea feliz. Aun se aprecian sus cabellos al viento asomados bajo el casco multicolor encerado.
Sandra corre, escapa. Se lanza a recuperar esos años perdidos en el espanto. Debe haber miles de aventuras dignas de vivir. O habrá que inventarlas. Como aturdirse con el ruido de motores, aturdirse hasta la tontería en esta locura motoquera en la que no se daña a nadie, aturdirse hasta alucinar.
“Rowing on the river” le cantan los Deep Purple y Tina Turner juntos por única vez mientras ella persigue el viento hasta partirlo en dos. Y atropella las brumas matinales de un salto con su Enduro, aprovechando el envión hacia arriba de las lomadas entrerrianas. A mojarse la cara, los pelos, los hombros, rompiendo piñatas de humedad, celebrando la libertad de los años que aun restan.
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