05 mayo 2008

El "Sucio Larry" (Parte II)

El frío glacial caracterizó todos los motoencuentros que hubo en Villa María, incluso el presente. Será por eso que el Sucio Larry no ha logrado en dos días ningún cliente que desee un tatuaje. ¡¿Quién tendría ganas de estar en cueros por media hora, o siquiera desnudar un brazo completamente?!Además, respetando su propia idiosincrasia, el Sucio Larry no se preocupa por solucionar el problema, tal vez organizando algún mísero reparo al viento gélido con cualquier lona prestada. En lugar de eso está ocupado tratando de “versear” a una jovencita cuya única ventaja deseable es esa precisamente, su juventud. Por lo demás, bastante rellena, tiene el look punk más logrado, si por ello se entiende la idea original punky de “afearse” a propósito en rebelde oposición a los cánones de belleza de la sociedad. Se podría decir que logró su cometido hasta la exasperación, irritando las sociedades pasadas, la presente y hasta las futuras, por seguro. Al Sucio Larry eso parece no importarle. Su mirada está concentrada en su cometido libidinoso, y las cejas posicionadas en eses horizontales que rematan en el centro apuntando hacia abajo como flechas, para señalar el peircing que le asoma por sobre el tabique. Con cada frase pronunciada en tonos que van bajando decibeles, intenta ganar centímetros entre su rostro y el de la joven. De repente ella se va y el Sucio Larry se acerca a mí encogiéndose de hombros. Mientras cubre estos pocos metros, se coloca un sombrero vaquero negro y el horrendo tapado de tela, también negro, que le cubre hasta los tobillos. Todo ese vestuario, en conjunto, logra aunar lo tenebroso y lo cómico, y asemejarlo con un sepulturero extraído de algún spaghetti western.

-¡Ya me la voy a levantar a la “gordita”!- anuncia. No entiende por qué muevo la cabeza en desaprobación.
-Veo que estás para cualquier cosa- le digo. Y Larry remata con esas frases que hacen honor a su naturaleza:
-Hay que agarrar todo lo que manda “el Señor”. Si no, “el Señor” se ofende y no manda nada más.

Luego, el Sucio Larry me cuenta el itinerario que viene haciendo desde hace dos meses en los que aún no pasó por su casa en Villaguay, hasta que le recuerdo aquel encuentro inminente con su hija de Moreno, una nena de ocho añitos que aún no sabía quién era el padre:
-¿Cómo fue la presentación? ¿Ya sabe la nena que sos el Papá?- le pregunto.

-Sí. Ahora sabe.- Me contesta.

-¿Y? ¿No salió corriendo?- yo tenía mis temores.

-¡Avisá!–y, sin ofenderse, me explica- No. La cosa fue lenta. La nena ya había ido conociendo a mi vieja, que vive cerca, como su abuela. Hasta va seguido a la casa. Y ahora me conoció a mí. Yo era lo que faltaba, o sea, la “frutilla de la torta”…