28 marzo 2008

La ciencia nos debe una

Hasta ahora, con mi incredulidad paradigmática, agnosticismo y profundo ateísmo, lo único que lograba explicarme este mundo dejándome razonablemente conforme, era la ciencia. En efecto, con ella logré sentirme lo suficientemente cómodo como para realizar mis actividades humanas sin demasiadas angustias por miedo a lo desconocido.

Pero sin buscarlo, descubrí un excepcional olvido, un antojo de la sinrazón, un descuido inaudito de las enciclopedias, los investigadores, de todo el universo científico, que me provocó un gran abatimiento. El funcionamiento de las órbitas en el sistema solar, los planetas, los satélites, era para mí una información plausible. Y sin embargo la astronomía ha perpetrado un crimen del saber notado a simple vista por mí, que no soy nadie ni tengo implementos raros de visión o cálculo. A mí, que descarto todo lo que no veo, que no me dejo llevar por explicaciones absurdas derivadas de emociones humanas o criterios morales o subjetivos, a mí no se me pasó. Me bastó un atardecer, repito, tan sólo un atardecer sobre las barrancas arboladas del parque de mi pequeña ciudad querida, con el puerto, el río y las islas a mis pies, todo en conjunto derrochando verdor, y mi hijita sentada a mi derecha para darme cuenta de algo tan simple y verdadero. En todo el mundo será la misma pero sobre Paraná asoma otra Luna.