05 marzo 2008

Juan, entre choiques y guanacos. Su mujer, en el cielo con diamantes

En la Patagonia diversas industrias requieren cantidad de hombres solos o dispuestos a estar temporadas enteras alejados de sus familias: la pesca, el petróleo, la construcción de caminos, gasoductos…Por el maldito bienestar económico, estos hombres entregan años de sus vidas a trabajos de tiempo completo y al aislamiento afectivo, pernoctando en casillas rodantes, hoteles, camarotes, en el desierto, en el mar.

Esto marca la fisonomía de varios pueblos, entre ellos, Puerto Deseado, ciudad vacía, secretamente preparada para recibir a cientos de marinos desahuciados de compañía femenina. En sus burdeles, dominicanas, paraguayas, misioneras, de atender tantos cuerpos calientes, aún no comprenden el frío del Sur.

Las Heras, localidad en el centro de la región petrolera, se limita a una impersonal sucesión de rotiserías, lavaderos de ropa, pensiones y prostíbulos. A unos kilómetros, internados en el desierto, entre vahos de hidrocarburos, sin abandonar el puesto de trabajo, los “hombres de los pozos” reciben el almuerzo en viandas por camionadas, envían bolsones de ropa empetrolada para las lavanderías y durante francos o feriados, desahogan sus pulsiones sexuales para no volverse locos. Pero decaen en la insensibilidad y el autismo, hartos de tanta comida de rotisería o bar, hartos de conformarse con caricias falsas y carísimas. –“¡El “pase sólo” te sale como doscientos pesos!”- me comenta indignado Juan. Según las regiones hay cosas que se dicen o hacen distinto, como los juegos de los chicos, la rabona o las señas del truco. En el Sur, el “pase” parece que es el “polvo liso”, o el “vaginal” sólo, como se dice por estos lados, parte de toda esa jerga casi técnica utilizada para tarifar los servicios de una dama.-“¡Imaginate que los vagos llegan tan calientes que algunos no aguantan ni cinco minutos! ¡Doscientos pesos por una concha!¡Ah, si yo fuera mina…!

Estamos en el kilómetro 2.350 de la Ruta 3, con el Gran Bajo de San Julián de fondo de la escultura que intento armar con unos maderos. Juan se había encaminado hacia mí abandonando su máquina aplanadora de asfalto y yo, asustado, le quise aclarar lo que estaba haciendo, lo del “arte en la ruta” y todo eso. Le importó un comino. Sólo quería hablar con alguien. Otro hombre solitario lejos de su casa, en Corrientes.

Le comento a Juan que esas mujeres seguramente, apenas reciben una parte de lo que se cobra y que es posible que hayan llegado obligadas, engañadas y hasta compradas como esclavas. El queda pensativo hasta que exclama-“¡Yo fui una sola vez! ¡Con lo que me dolieron esos doscientos pesos!”

-“Prefiero arreglármelas solo”- admite Juan- “además la Empresa ahora me deja viajar a Corrientes cada tres meses”-. La “Empresa” es una constructora vial- “Dicen que es de Kirchner, por eso hace todos los caminos nuevos en el Sur”-agrega Juan -“Vivimos en casillas rodantes. Tenemos hasta Direct TV, pero otros que están más lejos no tienen ni eso”- Juan se refiere a los campamentos armados en lugares apartados con el permiso de algún estanciero, porque a pesar de la vastedad de la Patagonia, todo tiene dueño.

Unos cincuenta choiques (avestruces característicos de la región), desfilan por la cornisa de la meseta que antecede al “Gran Bajo…”Con el sol sureño, siempre alineado casi perpendicularmente a los objetos, sus siluetas conforman un espectáculo extraordinario.

-“¡Ja!¡Y no sabés lo que es este lugar todo nevado!”- afirma Juan, tratando de entusiasmarse a sí mismo. Y prosigue:-“Hablando de conchas, pero de mar ¿no?, le mandé dos bolsas llenas a mi mujer. Está recontenta. Empezó a armar esos cosos… ¿Cómo les dicen?...Para llamar a los ángeles, …trampa de sueños…

No pude evitar el imaginarme a la mujer de Juan, con tanto distanciamiento, convertida alegremente en artesana de feria hippie, pero para qué intranquilizarlo.

Juan continúa: -“Está bien que se gane unos pesos ella también. Y si yo aguanto tres años más, voy a juntar platita como pa´dejar esto- y señala la máquina aplanadora de asfalto, que como un monstruo oscuro y dormido, reposa en la banquina pedregosa.

Mas allá, una manada de guanacos cruza la ruta. Uno tras otro, saltan las alambradas con la elegancia de gacelas. Sin envión, y arqueando las patas y el espinazo con una plasticidad absoluta logrando un suave salto, una caricia al aire.

Hora de irme. Ya hice lo mío y el viento comienza a arreciar otra vez. Es tan fuerte que no me deja abrir la puerta del auto. Juan me despide con un fuerte apretón de manos. Este encuentro, tan simple, breve, ingenuo, tal vez sea su aventura de la semana. Algo para comentar entre sus compañeros del campamento.

Parado, con las flojedades de la tela de su mameluco azul sacudiéndose por el ventarrón, Juan aguarda a que yo desaparezca de su visión antes de refugiarse en la cabina de la máquina aplanadora. Allí le quedan un sándwich de milanesa y cinco horas de espera hasta que pase el colectivo de la Empresa para llevarlo al campamento.