05 marzo 2008

Gitanos en la Patagonia

El sector de lavaderos del camping consta de varios piletones en el interior de una prolija edificación de paredes y techo- única fórmula para combatir el viento helado que azota Pto. San Julián, en los confines del continente-. Como parte de él, varias muchachas gitanas lavan ropa durante todo el día, mientras conversan y fuman impiadosamente, logrando que el lugar se vuelva densamente apretado e incómodo.

A pesar de la tarea, parecen preferirla a estar cerca de la gitana más anciana, quien desde su reposera, frente a las dos casillas rodantes, imparte órdenes, las maltrata, llegando incluso a abofetearlas cada tanto.

Definitivamente, en la situación de estas mujeres, el lavadero es su modesto territorio ocupado, un lugar de liberación.

Refriegan y estrujan prendas con dedicación, estirando las horas. De todas maneras, saben que nunca saldrán del camping hasta el momento preciso de partir.

Uno se siente un intruso, un invasor, al pretender llegar hasta la única pileta libre para lavar alguna que otra jarrita. Es casi imposible esquivar sin dejar caer o pisar alguna de las montañas de ropa interior y zapatillas, mojadas y jabonosas, que se escurren sobre las angostas mesadas y el suelo. Además hablan en ese lenguaje imposible, ¿rumano, yugoslavo? O todos ellos en rara combinación, o en un castellano tan cerrado que justamente sea incomprensible a los extraños. Me retiro pidiendo disculpas, permiso, perdón, permiso…

El barullo barroco que provoca la anciana gitana con sus quejas y reproches, contrasta con la actitud monacal y ascética del resto de los escasos acampantes, todos extranjeros. Los que se atreven a estos lugares, nunca son simples turistas ávidos de hermosos y placenteros paisajes. Sus búsquedas son más profundas e interiores, y se activan frente a estos desiertos ásperos, playas de pedregullos monocromáticos y acantilados sufrientes de erosiones milenarias. Aprecian la soledad y el silencio, disfrutando sólo del zumbido del viento y otros sonidos propios de la naturaleza. Tal parece el caso de ese viejo y callado alemán, quien apenas entra en su pequeña carpa iglú, la que desarma y carga cada día para sus excursiones.

La pareja de jóvenes israelíes claramente desea dejar atrás los años, dos para ella, tres para él, de la pesada instrucción militar obligatoria recibida en su país de origen. No les bastó el Machu Pichu, la Puna, el Desierto de Atacama, la cordillera mendocina. Necesitan aún una buena dosis de esta Patagonia costera.

El resto de las carpas: un par de motoqueros de la Guyana francesa, una japonesa con un francés, un sueco junto a otro alemán. Entre ellos, seguramente alguno sea geólogo, o arqueólogo, pero sus motivos son mas indiscernibles, incógnitos. Yo mismo no tengo en claro porqué llegué acá.

Varias líneas de tamariscos, único arbusto de altura mediana resistente a la sequedad del lugar, cruzan el camping como barreras protectoras contra el viento, que igual nos sacude a todos por igual. El suelo carece de otra vegetación: ni flores, ni pasto. Sólo piedra y tierra. Una playa de gruesa arena de tonos grises, el mar siempre agitado y unos pocos pingüinos extraviados dando tumbos entre las rocas, confieren mayor aspereza a la panorámica.

Es mas extraño e indefinible explicar qué hacen los gitanos. La vieja matrona en su reposera, las muchachas en el lavadero, los niños dispersos. Los hombres no están nunca. A estos me toca conocerlos imprevistamente de manera desafortunada.

Por la tarde, una de las muchachas está llorando a gritos. También se escuchan voces masculinas. Ya era difícil convivir con los berrinches de la anciana y sus bofetadas, pero ahora, claramente la muchacha expresa: “¡Asesino, me querés matar!¡ Asesino!” Y los ruidos de golpiza que le siguen obligan la intervención. Mi carpa está separada de las casillas de los gitanos por una línea de tamariscos. La atravieso corriendo y me encuentro con cinco hombres que rodean por fuera la cabina de una camioneta. Uno de ellos habla en voz alta mostrando los puños en dirección al interior de ésta, donde seguramente, se encuentra la muchacha de los gritos. Cuando aparezco en escena los cinco tipos se vuelven hacia mí. La anciana gitana exclama: “¡Váyase, es una pelea de matrimonio!”. Su actitud resueltamente defensora de la violencia hacia su propio género, me descoloca tanto como los cinco sujetos, todos jóvenes y fuertes, que esperan tensos mi reacción.

Finjo hacer caso a la anciana dando media vuelta y regresando a mi carpa, pero al cruzar la línea de tamariscos me dirijo a la administración del camping donde reclamo llamen a la policía. Aunque aclaro que cinco sujetos están aterrorizando y golpeando una chica, los policías, demostrando el temor popular que genera el entrometerse con gitanos, se limitan a recorrer el camping en su patrullero para retirarse al minuto. No se detienen ni interrogan a nadie. Tal absurda y ridícula actuación deja nuevamente a la muchacha a merced de los tipos, y a mí en evidencia como el que los denunció a la policía. Tal vez me hayan enviado alguna maldición de la que no soy conciente pero, a pesar de mis temores, en los días siguientes no sucede ninguna represalia. Los hombres vuelven a desaparecer durante el día. La matrona, esa vieja desagradable, desde su reposera, continúa controlando el papel servil y sumiso de la mujer gitana como ley divina y el hermetismo de su colectividad. Las muchachas, todas en el lavadero, incluida aquella rebelde a quien no supe distinguir, otra vez estrujando, enjuagando, conversando, con una expectativa clara, un modesto deseo: la esperanza de encontrar en su próximo destino, un lavadero para ocupar tan cómodo y cerrado como ese.