16 diciembre 2007

El "Sucio" Larry

Parece atento al movimiento de la aguja. Pero mientras inyecta tinta a pinchazos en la piel de su cliente varias veces por segundo, el “Sucio Larry” tiene la mente en otra escena por vivir.
Hace ya un buen rato que no despliega una de sus clásicas risotadas, esas que lanza constantemente como un tic nervioso, sin motivo, sin que se avengan a nada, y que le valieran su apodo.
Su aspecto colabora. El “Sucio Larry” es lo que se dice propiamente feo, y con el ceño adusto de ojos de mala noche, es horrible. Su nariz corva como el pico de un águila, cruzada por varios aros de piercing, como el entrecejo, párpados, labios y lengua, se rodea de ridículos mofletes, mirada de cebú de la India, barba de una semana y pelo ensortijado en equívocas direcciones, a duras penas sostenido bajo un intimidante sombrero negro de cowboy.
Por su indumentaria podría haber sido conocido como el “Sucio Larry”: vaquero raído y mugriento, camisa negra mangas largas con motivos del grupo Kiss y, sobre ésta, una musculosa de tonos de camuflaje militar. Los dedos regordetes cargan pesados anillos con calaveras y serpientes niqueladas enroscadas. Todo lo puesto, y las muñequeras de cuero con tachas metálicas, dejan asomar parte de los tatuajes que le cubren todo el cuerpo.
El puesto del “Sucio Larry” es otro símbolo de su dejadez y despreocupación. Sólo consiste en la maquinita de tatuar de dudosa higiene, un paño con aros de piercing y una andrajosa bandera con la leyenda: “Larry´s Tattoo” que tiene el mal gusto de dejar a la vista. El resto lo improvisa por ahí: algún chapón oxidado o chapadur sucio y húmedo como mesa de trabajo y de sillas, cajones de botellas.
Frases como: “¡Che man, recatate!” o “¡Fijate, alto tatuaje!” evidencian su vocabulario pobre y tumbero.
Claro, la apariencia exterior no hace a una persona. Lo importante es la dignidad de sus actos, su ética. En éste aspecto, el “Sucio Larry” es directamente execrable. Entre carcajadas, alguna vez me relató como él y otro motoquero habían intentado acercarse a intimar con las chicas de una comparsa, algo alcoholizadas, que viajaban en una Kombi.
“Estábamos todos frenados por un puesto de Gendarmería. Las minas no nos dieron ni cabida, así que cuando los gendarmes nos pidieron los documentos, les dije que las chicas de la Kombi estaban borrachas. ¡Las remandé en cana!”. No hay nada más detestable que un vulgar soplón, botonazo infame. Le contesté enojado: “¡Sos un cerdo, Larry!”
La rosa que está tatuando en el inicio de la loma de un seno joven, finalmente luce aceptable, bastante nítida y prolija. Toma los treinta pesos y, sin pararse, gira sobre su cajón de botellas, volcando su abultado vientre de bebedor sin reparos en mi dirección. Para equilibrarse, apoya las manos en las rodillas.
Serio, vomita aquello que lo tiene dubitativo: “Vivíamos en Moreno, hasta que dejé embarazada a una amiga de mi mujer. Se armó un rekilombo. Mi mujer se fue a vivir a Villaguay, con los chicos, y yo me fui tras ellos. Pero ahora me habló la chica de Moreno por la nena, mi hija, a quien nunca vi. Ahora tiene ocho añitos. Y acordamos que mañana viajo a Moreno para que la nenita sepa quien es su padre, me conozca.” Hace una pausa: “Qué sentirá la pendeja cuando me vea, ¿no?”