Cortejo
Si algo hace falta para acentuar el calor proverbial de la siesta paranaense, son los cientos de hornos de ladrillos que acompañan la ruta por ambos lados. Sobre ésta se desliza el cortejo fúnebre de apenas cinco vehículos, que incluso son excesivos para los escasos familiares que trasladan.
Yo conduzco el tercer auto con apenas una pasajera, una señora muy vivaz de la que se me desdibuja el grado de parentesco. O prima de mi madre o cuñada de mi abuela. Ella me corrige con alguna ofuscación: “¡Vos me confundís con mi mamá, pero yo soy más joven, tengo la edad de tu mamá!”. Claro, mi abuela, a sus 96 años, ya hace tiempo que enterró a todos los de su generación. “Doña Julia ya estaba cansada de borrar nombres de su libretita”, me comentaron esta mañana, en el velatorio. Ella es la que va dentro del cajón en el primer auto.
La señora se extiende en una charla muy interesante sobre el origen judío de mi apellido por la parte materna, Pallma, así, con elle. Luego se presenta como parte de un movimiento de judíos mesiánicos, creyentes en Jesús como el Mesías. Me parece tan loca la idea que me distiendo y olvido que estamos en un cortejo. Siento muy lento el tráfico, y me abro a la derecha para pasar a los vehículos delanteros. Cuando ven mi maniobra me hacen desesperadas señas de interrogación desde el resto de los vehículos, alguien gira su dedo índice en la sien. Vuelvo culposo por mi distracción a mi tercer lugar en la hilera.
Del fondo rojizo de los hornos pasamos al verde intenso del cementerio, un parque excepcional de césped y árboles, sin las molestas lápidas, tumbas y panteones, delirios arquitectónicos del resto de los cementerios que conozco.
Tan sólo los cementerios del norte argentino, de lápidas de adobe, tumbas desperdigadas caprichosamente sobre la tierra pura, según el ánimo y capricho de los deudos, y coronas florales sencillas y hermosas habían conseguido subyugarme por su energía espiritual devenida de culturas ancestrales.
El descenso del cajón a la fosa por un sistema mecánico marca fríamente el final del duelo y la despedida de aquellos parientes que no vi en años y nunca mas veré.
Por la mañana yo ya había proyectado mi dolor en un llanto tan intenso como saludable. De mi abuela aprendí todo menos el modo de estar tan vital y servicial con todo el mundo viviendo en soledad. En medio del llanto no pude evitar leer la leyenda incongruente escrita en la tarjeta de una ofrenda floral : “Siempre estaremos en nuestro corazón. Mimí y Elba”.
Luego me sumé a la charla de parientes donde se marcan los puntos fuertes en la vida de cada uno, quien sumó hijos, nietos, separaciones y viudeces. Eso es parte del ritual de un velorio. También damos cuentas del legado de Doña Julia. Hijas y nietos resultamos todos docentes.
No hay vuelta atrás. El “Todo pasa querido; los amores vienen y van; lo importante es que tengas trabajo; enderezá la espalda” se prolongará sólo en mi memoria.
Como refrendando estas enseñanzas, por la noche voy a un concierto de guitarristas amigos en una casa de Arte, que desemboca en un paseo hasta la madrugada sobre la arena, mirando el río y la luna, y oyendo cálidas voces con ese suave acento entrerriano.
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