13 diciembre 2007

¡Arriba, sapucay!

“Bailando este Chamamé,
Yo la voy a conquistar…”

Para soportar pesares, el Chamamé.

Esta afirmación es tan personal que ni mi hija la entiende: “¡Qué denso, Papi!” me dice, tapándose los oídos, mientras yo sintonizo alguna emisora litoraleña a puro acordeón y sapucay. Pero sabe leer mis ojos tristes y me abraza.

Desde que dejé Paraná, oír Chamamé es reencontrar cobijo, oponerse al desamparo y la desdicha. No lo recomiendo a nadie. A mí sí me funciona.

También encuentro una dicha inmensa al exprimir datos anecdóticos de la memoria de mi madre, abuela o tía. ¿Por qué significa tanto para mí el que mi madre me cuente: “…y, en aquella época, todas teníamos que aprender el punto cruz”.

¿Me modifica el saber que mi Papá tenía dos hermanas llamadas Imelda y Mafalda, además de 14 hermanos varones? Nunca los conocí. Sólo son datos.

Mi Madre sigue recordando, tal vez tratando de entender las debilidades de mi Padre. “Tu abuela paterna era india y profesora de historia. Se fue de la casa porque tu abuelo la maltrataba, para ser directora de escuela en los Valles Calchaquíes”. Más maestras entre las mujeres de mi familia.

Mi abuelo tuvo más hijos con una alemana. Estos eran atendidos y cuidados por sus hermanos mayores, los hijos de la india. Si alguno de estos se oponía, el Viejo Don Gómez lo obligaba a acunar en brazos durante horas un pedazo de riel.

Mi Madre salta al origen de la tía Ñata. Fue entregada a mi abuela materna en adopción por un puestero de campo. Regordeta, retumbaban sus carcajadas entre el rancherío de pescadores sobre las barrancas de Paraná. Además de sus queridos patos, gansos y gallinas que paseaban por el comedor cuando no sucumbía alguno por nuestra visita, me quedó grabada la vista de su mano lastimada por intentar salvar el espinel de anzuelos de enredarse con el motor de la lancha. La Tía Ñata, y su marido, el Chelo, vivieron juntos 20 años. Murieron con dos semanas de diferencia.

Para aliviar el clima, mi madre se queja con simpatía, por todas las veces que tuvo que ir a firmar a la escuela por mi culpa.

Pero es inevitable sumergirnos en un silencio profundo, que honramos con el ritual de colgar la ropa en el patio. Mientras le alcanzo los broches, pienso en mi Papá de niño, acunando un riel, y me dan ganas de llorar…