27 noviembre 2007

Y sin que nadie lo sepa, viday, voy tramitando.



   Alguien me dijo que yo “tramito” en mis escritos. Así me entero que este término, “tramitar”, suplanta al viejo “elaborar”, por ejemplo un duelo, una ruptura, un miedo caracterizando mejor estos procesos a transitar, tan farragosos como necesarios e irrenunciables.

   Mi historia por el Documento Nacional de Identidad, más que tramito, sin embargo, fue todo un entrenamiento de peregrinación en búsqueda del fracaso constante.

   Marzo del 2005: Sin advertirlo, mi flamante DNI (ya era un triplicado) cae de ese bolsillo tan inseguro de mi pantalón. Lo encuentra una barrendera municipal quien logra ubicar mi dirección. Le doy una gratificación económica.

   Marzo del 2005: A los 15 días, vuelvo a extraviar los documentos al caer éstos otra vez de aquel maldito bolsillo. Esta vez nadie los encuentra. Anulo el bolsillo con costura doble.

   Mayo del 2005: Inicio el trámite por un nuevo DNI en el Registro Civil de Granadero Baigorria. Estoy muy nervioso. Sé que la toma de mis huellas dactilares siempre se complica. Las yemas de mis dedos están resecas y dañadas por mi trabajo artesanal con el cuero. Mi hija de 8 años me asesoró legalmente: “¡Papi, si no tenés huellas, podés hacer el crimen perfecto!”.Alcanzo a divisar a un sujeto con quien tuve un funesto altercado. Es el que entinta las manos. Hago memoria de aquel hecho:

   Enero del 2001: Hace un calor sofocante. Apenas vestido con shorts atiendo a un tipo que llama a la puerta. Me entrega una cédula judicial para alguien que no conozco. Por eso me resisto a firmarla. El sujeto refunfuña: “¡Ay, cuando las personas se hacen las tontas!”. Me sorprende. Apenas atino a responderle: “¡Pero por qué no te vas a la puta que te recontra mil parió!”. Además de repartir cédulas, el tipo es nada menos que el Juez de Granadero Baigorria. El incidente termina entre policías y patrulleros en la puerta de mi casa.

   Llega mi turno de marcar las huellas dactilares. El Juez toma mi mano sin reconocerme aún. Vamos bien. Está muy entretenido examinando el dedo gordo de la mano derecha. Estalla en una carcajada: “- Flaco, ¿Quién te masticó el dedo? ¿¡Una víbora!?” El grabado de mi huella parece el mapa en miniatura de los recorridos de mototaxis de Singapur. Igual le dan curso. Si lo dice el Juez…

   Mayo del 2007: Luego de llamar todos los meses al Registro Civil para que me respondan que consulte el mes siguiente, averiguo por Internet que mi DNI está en esa oficina hace seis meses, pero rechazado. “No se ve la huella” dice el informe. Cuando por fin encuentran el documento entre archivos polvorientos y amarillos, me ofrecen hacer otro y esperar un año o que lo haga en Buenos Aires.

   Noviembre del 2007: Recién en este momento se dan dos circunstancias: tener plata y tiempo para viajar a Buenos Aires y tener el dedo gordo en condiciones (hace una semana que lo humecto con cremas y lo aíslo con dedos de guantes de cirujano). Ya llevo más de dos años indocumentado.

   Día 22, 21 horas: Salgo hacia la Terminal de ómnibus. Llevo una buena provista de dedos de guantes de cirujano y cremas. Otra vez me invade esa congoja que no puedo resistir, por una mujer que no veo más. Para no llamarla, me refugio en lo de una vecina. Me acuesto con ella.

   Día 22, 23 horas: Sigo camino hacia Buenos Aires y vuelve la tristeza. Aún me falta “tramitar” la ruptura con aquella amada y el DNI. Me humecto el dedo gordo y lo cubro.

   Día 23, hora 0.30: Estoy sentado en el asiento Nº 10 pasillo. Tengo el pasaje en la mano por si me lo pide el chofer que está contando los pasajeros. Por un momento pienso en guardarlo en la mochila, pero me duermo antes.

   Hora 4.30: Ya en la Terminal Retiro consulto a un colectivero de línea urbana por el Registro Civil. Él me asegura que pasa cerca. En el òmnibus controlo que mi dedo gordo esté humectado y bien cubierto.

   Hora 5.15: El chofer se olvida de mí y del Registro Civil. Desciendo en cualquier lado. Diviso la silueta de un estadio. Creo que es la cancha de Huracán, de Parque Patricios.

   Hora 5.30: Tomo otro colectivo hacia Jujuy al 300. La dirección me la habían dado los del Registro Civil de Granadero Baigorria.

   Hora 6: Hace seis meses que el Registro no funciona en Jujuy al 300. “Andá a Paseo Colón al 100”, me dice un señor. Se inicia una tenue llovizna.

   Hora 6.30: “Colón al 1000” me dice un cafetero peruano cuando llego a Colón al 100.

   Hora 6.50: Estas veredas, bajo arcadas, están repletas de chicos durmiendo en colchones rotos y sucios. Peor están las frazadas. Peor están los chicos… Entro por fin al Registro Civil. Cinco personas otorgan los turnos, soy el único a quien atender. Para cursar mi DNI en el día, me informan, debo presentar el pasaje de ida a Retiro. Lo busco entre mis cosas pero enseguida recuerdo que me dormí con el pasaje en la mano.

   Hora 7.15: En taxi, llego a Retiro. Los de la boletería no están habilitados para dar ninguna copia de pasaje. Compro el pasaje de vuelta a Rosario con la esperanza que me sirva para el trámite.

   Hora 7.35: Llego en taxi al Registro Civil. El pasaje de vuelta no es válido.

   Hora 8: Estoy en Retiro otra vez. Me pueden dar una copia del pasaje en 48 horas. “¡Hermano, hoy es viernes!, ¿De qué me sirve?” Le ruego al boletero. Este llama al depósito de coches. ¡Milagro!. Encuentran mi pasaje en el asiento 10 pasillo. “A las 9.15 lo traen en el coche que sale 9.30” me explica. Satisfecho, me pongo crema en el dedo gordo y lo cubro. Busco algún bar económico para desayunar.

   Hora 9.15: “No alcanzaron a traer el pasaje. Llega en otro coche a las 11.30”- me dicen en la boletería de Retiro. Les digo: -“Voy yo y lo busco en el depósito de coches. ¿Dónde queda?”. Me contestan: -“Ni te conviene. Vas a tardar dos horas. Es cerca de la cancha de Huracán, en Parque Patricios…”

   Hora 10: Vuelvo al bar económico. ¿Y si mando todo al carajo y me voy a ver la muestra de Bonny en el Malba?

   Hora 10.30: Buenos Aires es increíble. Desde un bar se pueden detectar tantos locos, personajes que hablan, ríen, o lloran solos, o en actitudes y acciones extrañas. Los observo con asombro. Con disimulo me coloco apósitos en los pies ampollados. También me humecto el dedo gordo y lo envuelvo cuidadosamente. Alguien me observa con asombro.

   Hora 11.30: El boletero de Retiro por fin me da el pasaje extraviado. Vuelvo a Paseo Colón al 1000. Decenas de chicos siguen durmiendo bajo las arcadas. Sólo asoman pies y zapatillas entre las frazadas agrisadas por el tiempo. Es la visión de una improvisada morgue infantil.

   Hora 11.45: La entrada al Registro Civil está atestada de policías evitando que entren cientos de personas fuera de sí. Luego de unas fintas entre la gente y extrañas explicaciones a un policía, logro entrar.

   Hora 13.30: Una hora y media de cola y ya tengo mi turno. Nº 642. Accedo con él a un salón que parece el Luna Park, para sumarme a la multitud de rostros desdichados, taciturnos, resignados. Están llamando al Nº 305. Me humecto el dedo gordo. Lo cubro.

   Hora 14.30: Me humecto el dedo gordo. Lo cubro.

   Hora 15.30: Anuncian el Nº 640. Hasta ahora sólo cuidé el dedo gordo de la mano derecha, pero parece que están grabando las huellas de todos los dedos, o por lo menos de ambos dedos gordos de las manos. Me humecto con crema las manos completas.

   Hora 15.35: Vuelvo a humectarme las manos. Trato de no tocar nada.

   Hora 15.38: -“¡Número 641!” Me refriego las manos contra el pantalón. Temo que tanta crema rechace la tinta de sellado y no se marquen las huellas.

   Hora 15.41: Me hacen grabar la huella de los dedos gordos de las manos. Salen perfectas. Se lo hago notar a la chica que me atiende pero ella parece no darle mayor importancia.

   Hora 15.50: Salgo del Registro Civil. Los chicos siguen dormidos, ajenos a los ruidos de la avenida, a la gente, a la vida.

   Hora 16.15: Agotado, como un autómata, repito por cuarta vez la acción de ir del Registro a la Terminal. Sólo pienso en volver a Rosario. Además no tengo más dinero. Compro un modesto chipá. Conozco sus efectos. Su pesada y gomosa consistencia obstruye la boca de cualquier estómago calmando así el hambre más desesperante. Tengo que rehacerme para volver en 15 días a retirar el Documento Nacional de Identidad. Antes de subir al ómnibus arrojo en un basurero los dedos de guantes de cirujano que me sobraron.