Paradojas de la inundación
En los pueblos chicos, la tarde de domingo apenas es movilizada por grupos de personas que tratan de animarse jugando pesadamente a las bochas, en imaginarias canchas de césped a los costados de la ruta.
Pero la inundación en los campos, cuando parece controlable y tal vez fugaz, provoca otra adrenalina en los espíritus. Con reposeras de playa, mate y abundantes viandas en canastos, la gente gasta la tarde libre, sentándose ahora en las afueras, de espaldas al asfalto -único terreno alto libre de agua-, para contemplar su flamante océano sin oleaje, imprevisto y extraño.
Los pocos árboles que lo salpican, y las delgadas y rectas líneas de las alambradas que apenas asoman y lo segmentan al infinito, aportan aún más rareza a ese mar entrometido. Con morbosa tensión, estas personas tratan de sorprenderse y atemorizarse adivinando la profundidad del nivel de agua en cada campo y desplegando conversaciones sobre la inminencia de una tragedia que no fue. El casi de lo que podría haber sido una eclosión, un desastre irreversible.
Con éxtasis enfermizo, la gente se agolpa sobre puentes y vados, para contemplar hipnotizada la furia de las correntadas nunca antes vividas en esos lugares llanos y rurales. Cuánto hablarán de esto para llenar sus existencias en la semana. Y por qué no exteriorizar esta impresión: ya resignadas las pérdidas, la tierra, desequilibrada, agredida y rabiosa, aportó en una escala conforme a los habitantes simples de estos pequeños mundos, la posibilidad de protagonizar la posesión de una de aquellas míticas maravillas del mundo.
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