17 abril 2007

Valor


   Para cuando caía la noche en San Martín de los Andes, todos los artesanos y productores ya estábamos agotados de soportar tanto frío desde la mañana en esa carpa helada y húmeda de nieve invernal.

   Por suerte, cada tanto, aparecían lindas chicas con ganas de probarse alguna prenda de mi puesto. Esto levantaba los ánimos y las ganas de ser simpático.

   Además, como la clienta debía despojarse de todos los abrigos que tenía encima, se generaba gran revuelo entre el resto de los hambrientos artesanos, que se acomodaban para observar el espectáculo con poco o ningún disimulo.

   Una vez se acercó una hermosa morenita de no más de 18 años y todo fue distinto.

   - ¿Qué tengo que hacer para tener esa campera? - me había señalado una de las prendas más caras, de cuero y piel de oveja, y muy necesaria en la zona.

   Más que la pregunta, me inquietó su mirada seria y directa a mis ojos, que no pude sostener. Mientras trataba de entender la situación, respondí evasivamente como si me hubieran hecho una pregunta más normal:

   - Esa campera cuesta cuatrocientos pesos.

   Con cierto cansancio y hastío, otra vez en esos ojos verdes por los que pasaba su vida, repitió:

   - Por eso, ¿qué tendría que hacer yo para tener esa campera?

   - Esa campera cuesta cuatrocientos pesos...

   Toda esta rara escena de oferta sexual me provocó gran melancolía. Mientras la veía desaparecer entre las hileras de puestos artesanales de esa fría carpa, pensé en que jamás el valor de esa campera podría acercarse a todo lo que esa muchacha se merecía...

   Víctor Gómez, julio 2004.