21 abril 2007

Navidad para un ateo


   La Navidad me da por las pelotas. Ya es tiempo de reconocer que, a esta celebración, nunca la pude resolver bien. Y me provoca extrañamiento el ver a gente cercana en ese estado de ensoñación o euforia, alegres de verdad. Ellos sí se preparan para un evento que entienden, que manejan.

    Aparentemente la cosa tiene que ver con la familia como núcleo, cubil, refugio, y a ella se convoca. Pero esa familia no me identifica. Yo sólo tengo conexiones esporádicas y conflictivas con personas escindidas entre sí, o para decirlo más claramente, que no se pueden ni ver.

   Mi último intento de unificación, esta vez entre mi madre y mi hermano, fracasó en las navidades pasadas. La llevé a mi madre desde Paraná a Buenos Aires para que conociera a los hijos de mi hermano. Él, en esos dos o tres días, hizo lo imposible para no estar en su propia casa, con mi madre rondando.

   Pero ya históricamente, desde niño, la Navidad me significó esa inseguridad de tener que calmar ánimos exasperados.

   En el departamento de dos ambientes de Paraná, donde vivíamos mis abuelos, mi madre, mi hermano y yo, las tremendas discusiones de todo el año subían en intensidad para diciembre.

   Mi abuelo sufría de un mal humor tan crónico como sus hemorroides. Seguramente, ambos padecimientos eran causa y consecuencia uno del otro. Periódicamente, se hacía baños de malva para lo cual utilizaba un viejo calentador a kerosén con el que se instalaba en el baño durante horas. El impresionante olor a kerosén impregnando toda la casa era el aviso de que el baño estaba ocupado. Desde entonces asocio hemorroides con olor a kerosén quemado.

   Ya jubilado, mi abuelo seguía siendo vendedor viajante. Su pequeño placer era fumar unos cigarros de hoja tan baratos que las puntas se le desarmaban en la boca con la saliva, y las escupía por todos lados. Mi abuela lo atendía mucho. Le aplicaba gotas en los ojos cuatro veces al día (hasta que aprendí a hacerlo yo), le colocaba ventosas...

   Por esa cuestión de que hay que juntarse, en esas navidades, mi abuela insistía en reunirse con sus cuatro hermanas y las correspondientes familias. Por este motivo litros de saliva y lágrimas eran derramados en discusiones previas y posteriores. Mi madre odiaba a sus primas. Decía que eran unas víboras robamaridos. Además, todos unos católicos recalcitrantes, citaban por lo bajo a mi abuelo como un "judío de mierda". Paradójicamente, dejamos de ir cuando mi abuelo falleció.

   Las siguientes navidades se redujeron en cuerpos humanos. Nos hallaban cenando -y discutiendo-, en la vereda de un restaurante, mi madre, mi abuela, mi hermano y yo. Una "joda" total. Eran un continuado de peleas entre mi madre contra mi abuela, mi hermano contra mi madre, mi madre y mi abuela contra nosotros y vuelta a empezar.

   Por suerte, como el gong anunciando la finalización del round, cerca de las doce, el dueño del restaurante hacía sonar su bandeja contra el suelo convocando a brindar a todo el mundo. Yo esperaba con angustia esa aparición. Era como el cura de la misa diciendo: "ahora sí, hermanos, pueden darse la paz".

   Esa breve tregua servía para brindar entre nosotros y con los desconocidos de las mesas vecinas y para rajar mi hermano y yo.

   Esas tantas navidades de adolescente me sirvieron para apreciar más a mi hermano, sobre todo como compañero en mis depresiones. Sabía estar ahí, simplemente al lado. En eso sí que lo extraño, ahora que vive en otra ciudad.

   Como tarados, íbamos solitarios por las onduladas calles de la Nochebuena paranaense tirando petardos, hasta caer en la casa de sus amigos de la escuela rural. Estos eran una caterva de gringuitos del campo peleándola solos en la ciudad. Era grato encontrar almas aún más parias que nosotros y, con esa "familiaridad", nos emborrachábamos todos juntos hasta el amanecer.

   De todas las extrañas formas de borracheras que conocí, descubrí en esas navidades a las de mi hermano como únicas en su género. El alcohol le atacaba el cerebro, pero mejorando su nivel discursivo y su accionar.

   Lejos de ser el borracho típico, babeante, tartamudo y tambaleante, mi hermano decía cosas esquizoides -único detalle de su estado-, pero con un manejo exquisito del habla y del lenguaje, casi como dando cátedra, al tiempo que ensayaba durante varios minutos, la vertical más perfecta y acrobática posible, que jamás habría logrado en su sano juicio.

   En algún momento incluso, charlando sentados en el pasto, cortaba la conversación para darse vuelta y vomitar. Pero lo hacía como quien exhala aire, sin espasmos, sin contracciones ni sonidos vergonzantes, y seguía charlando. Borracho, era elegante hasta para el vómito.

   La última Navidad la pasé solo con mi abuela de 92 años, viendo a Vox Dei interpretando "La Biblia" por la tele. De ese sopor me sacó un amigo, casi un hermano, con el que amanecimos en un boliche sobre las barrancas del Paraná, como buenos machos, contando historias de mujeres pero sin ninguna al lado...

   Víctor Gómez, diciembre de 2004