Tormenta
Bocinazos retumban en sueños.
Los párpados se elevan intuitivamente para violentar mis retinas contra la baliza de un auxilio mecánico. El vehículo, desde la ruta, a unos 30 metros, trata de llamar mi atención.
Cuando me reubico en mi tragedia, segundos más tarde, me incorporo desesperado accionando las luces del auto. ¡Me encontraron! ¡Increíble suerte! ¡Incluso a pesar de la negra noche! ¡Incluso a pesar de la tempestad!
Desde el auxilio analizan mi situación y una voz me grita:
-¡Ya venimos! ¡Voy a buscar la grúa!
Ante la inminencia del rescate trato de recomponer mi lucidez. De todas maneras no logro entender cabalmente lo sucedido aunque reconstruya paso por paso cada instante desde mi salida de Rosario: ... apenas inicio el viaje a San Luis, explota la tormenta. La ruta está deformada en surcos paralelos, por el paso de los camiones, que al llenarse de agua, frenan las ruedas de un lado y otro. Esto me obliga a sostener fuertemente el volante. Pierdo de vista continuamente la línea de rayas blancas sucesivas del medio de la ruta. Y las luces altas del vehículo iluminan débilmente unos pocos metros hacia delante. Me insulto a mí mismo. ¿Por qué nunca las calibré como es debido? Para tranquilizarme y no distraerme con las impresionantes descargas eléctricas y ráfagas de viento, tarareo canciones de rigor apretando los dientes. Pero en líneas generales me creo dueño de la situación. Hasta me animo a conducir a 100 Km. por hora. Ya pasé Bigand y pronto cruzaré Arminda.
Pero se sucede este intervalo tan contradictorio. Esta alucinación fugaz. Un traspaso de ignorancia, de impotencia, de otra dimensión. Aquel “salto estelar” de las naves espaciales tan remanido por el cine. Ni siquiera tengo tiempo real de sentir miedo. Ahora mi auto obedece a su propio comando. Se dispara hacia ¿adelante? a su antojo. Los parabrisas que anteriormente sólo dejaban ver la nocturnidad de siluetas en claroscuro, ahora son monitores de TV sin señal de ajuste. El vertiginoso discurrir de cosas a mi alrededor me produce un extrañamiento de espectador contracturado. Tan sólo alcanzo a desear que no tumbe el vehículo.
Ahora los parabrisas dejan perfilar nuevamente las siluetas exteriores. Mi auto se detuvo en un suave repantigarse entre plumas. Medio metro de barro hizo el milagro. Claro que la ruta quedó allá lejos y arriba. Sólo puedo asegurar que crucé el carril contrario y descendí por la escarpada banquina de culata, al juzgar las huellas y la posición del auto, apuntando hacia Rosario, desde donde venía. Por lo mismo sé que hice medio trompo, o dos, o tres, o cientos…También de milagro no colisioné contra un camión o un árbol…Intento descender pero me hundo en el barro… ¿Porqué no esperar a buscar el poste de teléfono mas cercano a que aclare o la lluvia se detenga?...Tengo una sensación de agotamiento extremo. Aunque el auto está flotando en barro, se mece por las impresionantes ráfagas de viento…me duermo…
Así me encontraron.
Ahora llega la grúa, cuando afloran los grises de una madrugada de nubarrones. La ruta brilla húmeda reflejando los únicos acentos de color, aquellos destellos rojos de las balizas giratorias. Pero ahora se agregan los naranjas de botas y camperas flameando al viento. Dos hombres se dirigen hacia mí provistos de ganchos y cables de acero. Al que se quedó al volante de la grúa le gritan:
- ¡“Bestia”, no arranques hasta que te avise!...
Tanto “Bestia” de aquí, “Bestia” de allá, me di cuenta que era su apodo o sobrenombre, no una calificación, o tal vez ambos, o una condena del destino.
Me preguntan si estoy bien mientras me semblantean. Hunden los brazos en el barro para enganchar el auto y le hacen señas al “Bestia” para que tire. La grúa comienza a desplazarse en la ruta y el auto se mueve, se despega del lodazal. Pero la pendiente hasta la ruta es bastante escarpada. Dependo del “Bestia” para que el auto no tumbe en la maniobra.
- ¡Cambiá la dirección, “Bestia”! - grita el más entendido, mientras el auto patina paralelo al asfalto, sobre la inclinada banquina. Pero el “Bestia” sigue como si nada. Vislumbro la zozobra en la mirada de espanto de los dos hombres. Estos corren a ambos lados como intentando corregir la dirección con el magnetismo de las manos. Para colmo el “Bestia” aumenta la velocidad. Intuitivamente, pruebo un volantazo y de un salto, el auto se asienta en la carretera. Nunca amé tanto la firmeza del asfalto.
Pero la escena se vuelve dislocada. Quedé cruzado en medio de la carretera. Uno de los hombres, reclinado, no consigue desenganchar el cable de acero bajo el vehículo. Putea. El otro corre a frenar un camión que viene del Oeste. Y el “Bestia” gira la grúa de auxilio para emprender el regreso al peaje. Pero el que por fin logró desprender los ganchos, corre ahora agarrándose la cabeza y gritando:
- ¡No, “Bestia”! ¡¿Cómo vas a sacar el camión de la ruta?!¡No podés ser tan bestia!
En efecto, el “Bestia”, al girar, había salido demasiado de la ruta. Irónicamente, era el camión grúa el que estaba ahora empantanado sobre la barrosa banquina en pendiente.
El que corta el tráfico se quita los guantes, los azota con rabia contra el piso y comienza a saltar sobre ellos:
- ¡No “Bestia”! ¡Justo que ya me estaba yendo a desayunar con la Yolanda! ¡Qué bestia puta!
El “Bestia”, desconcertado, escucha los rezongos de sus compañeros desde el camión, ahora inmovilizado, inútil.
Como no puedo ayudar me despido de ellos. El motor de mi auto arranca normalmente. Aún me quedan 600 Km. hasta mi destino. “Seguro que el viento te tiró, hubo un tornado en Rufino”, opina uno de los tantos mecánicos que consulto en el trayecto, para solucionar ciertos ruidos y tableteos extraños que persisten luego del accidente. Me propongo ser muy prolijo con el manejo y el cuidado del auto,… y no hacer las cosas a lo bestia…
0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home