04 septiembre 2006

Indígenas en resistencia


   Resistencia es la capital del arte escultórico urbano. Cruzada por innumerables bulevares, estos disimulan su anchura albergando esculturas de variadas técnicas y dimensiones, depositadas en sucesivas Bienales de Arte.

   Pero una instalación perfomática no acostumbrada, densifica con otro énfasis estético esta mañana dominguera.

   Lejos del descanso consuetudinario del fin de semana, lejos de sus hogares, de sus trabajos, de sus tierras enajenadas, lejos de la comprensión y lejos del monte amado al que intentan preservar, unas cien familias de distintas etnias aborígenes del Chaco, procuran los sitios soleados de la plaza del centro, frente a la Municipalidad, para recuperarse del frío que los castigó durante la noche en sus precarias carpas. Casi todas no son más que un pobre rejunte de lonas, plásticos y nylon oscuros colgados de donde sea y empolvados por treinta días de angustiosa vigilia.

   Esta impensada espera se extendió a pesar de los nueve “hermanitos” que realizan una huelga de hambre, a causa del oportuno viaje vacacional del gobernador.

   Los habitantes capitalinos son los que mejor entienden la situación y lucha de este movimiento indígena. En sus poblaciones rurales de origen, la ignorancia y aislamiento de la gente común, deriva en mayor discriminación hacia ellos. Por eso están acá. Para exigir tierras, educación, sanidad y defender el ecosistema natural. “El Municipio se enoja por las florcitas que rompemos al acampar en la plaza, pero no se preocupa por las miles de hectáreas que están desmontando en todo el Chaco”, me dice uno de los delegados.

   “¿Ahora se enteran que hay tuberculosis?” reza un cartel de cartón pintado colgado del busto de algún prócer, y nombrando uno de los males, para esta época, verdadero símbolo de marginación, que coopera en diezmar los aborígenes a censar cada año.

   Otro delegado me pide le mande una foto de su orgullosa pancarta: “Comisión Aborigen de Pampa del Indio”, tal vez porque el nombre del sitio referido ya sea una ironía y esa dichosa “Pampa” ahora pertenezca a la soja transgénica.

   Acampan con sus familias. Los niños, cumplido el mes, ya no se divierten en esas aburridas y malditas hamacas.

   Un delegado o “hermanito”, como cariñosamente se nombran entre ellos, me aclara que mayor información puedo encontrar en el sitio Web indymedia.org y que están organizados por “sufragio”. “Nos hemos modernizado” me dice. A pesar del trato amable y los mates ofrecidos, tales explicaciones parecen destinadas a quebrar de cuajo cualquier prejuicio de mi parte. Como si no pudieran disimular cierto orgullo y resentimiento ancestrales, sutiles, fríos, cortantes, flotando inevitablemente por sobre las intenciones de ambos.

   Una buena metáfora de reivindicación histórica la podrían haber proporcionado esas estatuas y bustos de próceres en la plaza, jaqueados por el campamento aborigen. De uno de aquéllos, pende un canasto de mimbre. De otro busto cuelga cómicamente una soga y tendedero de ropa. Pero estos no dejan de ser más que representaciones de bronce. El verdadero poder está en el edificio de en frente, guarnecido por una custodia oficial bien pertrechada, y es de carne, hueso y sangre blanca.