Doña Julia
No hay mejor espectáculo que la visión nocturna de Paraná desde el otro lado del río: una constelación de luces siguiendo calles y edificios, opacadas por la serpiente fulgurante de la avenida Pancho Ramírez y sus reflejos en líneas paralelas brillantes sobre el río calmo.
Antes de ingresar al túnel carretero subterráneo ya me voy embriagando de esa sensación de “hogar”, de “cobijo”, que me provoca esta ciudad de mi niñez y adolescencia, y en otra escala, el departamento de mi abuela.
Esta vez me armaron un colchón sobre la alfombra del comedor, porque en mi antigua habitación duerme la señora que cuida de mi abuela y de sus 94 años. Voy a dormir en el comedor, como cuando vivíamos cinco personas en este pequeño departamento de dos ambientes. Pero esto no me provoca ningún rechazo. Por el contrario, aumenta mi nostalgia. Gracias a esa ubicación estratégica, yo podía escuchar música y leer hasta altas horas de la noche isminuía en finas rebanadas el dulce de batata o hacía desaparecer la capa superior de la tarta de manzanas- lo más rico- resguardados en la heladera, pero distantes tan solo a dos o tres pasos de mi cama.
Como siempre, todo es austero y limpio. No hay estridencias molestas proporcionadas por algún objeto suntuoso. Hasta esa pareja de chinos de madera calada colgados en la pared, parece me estuvieran dando unas palmadas de bienvenida.
Por la mañana, saludo a mi abuela al verla despierta en su cama. Como siempre, comenta: “y acá sigo,... esperando la carroza”. Parece tan frágil que siento que abrazo la brisa. También la beso. Tres veces me pregunta si estoy bien, en qué trabajo, y me recuerda: “parate derecho, nene”. Luego se duerme acomodando su pequeño cuerpo, cada vez mas reducido, en posición fetal. Hojeo el cuaderno cuadriculado de la mesa de luz. Tiene un primoroso detalle día a día, de todas las pastillas que toma la anciana, sus dolores, sus insomnios, y los registrados como “sin novedad”. La señora que la cuida de noche y los fines de semana es la que se toma este trabajo. Es vecina del edificio de en frente desde hace 40 años. Su padre, Don Casco, un sargento de policía que se jactaba de haber ascendido por matar a dos fulanos, era el que nos cortaba el pelo cuando niños a mi hermano y a mí. Con esos antecedentes y ese apellido, eran de imaginar sus limitaciones en cuanto a “estilista”.
Ella comenta mientras desayuno al lado de mi abuela semidormida – su otro estado es semidespierta-, que la anciana aún teje ropa infantil para un hogar de madres solteras. No me sorprende. Tejer, para mi abuela, es un acto tan inconsciente como respirar. Aún hoy, al tejer, sus dedos se mueven instintivamente ágiles, suaves, acariciando el aire. Apenas se adivinan las agujas. La misma habilidad tenía para el repulgue de las empanadas. Lograba un arco de columna trenzada griega perfecto cerrando cada empanada con un grácil pase de mano de ilusionista y prestidigitadora.
Ahora, cada tanto, logra forzar los párpados hacia arriba para observarme y preguntar si me va bien, si tengo trabajo y recordarme enderece la espalda.
Para el almuerzo pide pollo al horno y pastelitos y se incorpora de la cama para ir a ocupar “su sillón” del comedor. En tanto arreglo el botón que acciona la estufa a gas, descompuesto desde el año pasado. Siempre hay algo que arreglar. A veces rompo algo...como en mi última visita. Olvidé desconectar el calefón eléctrico de la ducha y me volví a Rosario. Una densa nube negra se desplegó cuando mi abuela abrió la puerta del baño. Del calefón quedó solo el enchufe. El depósito de agua se había desintegrado en una masa de plástico derretido. Tantos cuidados para con la anciana y yo, en segundos, casi origino una tragedia.
Para cambiar el rumbo de la charla, siempre dirigida a si me va bien, si tengo trabajo y a erguir mi espalda, pregunto si hubo algún fallecimiento en estos meses en el edificio. La señora responde que los últimos nuevos difuntos fueron los Campbell, los del departamento cuatro, pero de ellos yo ya estaba enterado.
En una visita anterior, tuve que esperar en el hall de entrada del edificio que mi abuela regresara del velatorio de un vecino. De a poco iban llegando del mismo las viejas moradoras que al reconocerme como “Victorito, el nieto de Doña Julia”, alegres, me abrazaban y pellizcaban las mejillas como si yo no tuviera barba, bigotes y treinta años más. Realmente parecían venidas de un evento social más festivo. O tal vez, para ellas, la muerte lo era.
Ahora, como cuando joven, salgo para regresar a las 3 de la mañana. La figura de mi abuela, extrañamente a estas horas sentada como meditando en la cama, con los ojos cerrados, la boca en extraños rictus al no poseer la prótesis dental y la lámpara encendida por sobre su cabeza, parece a punto de ascender a los cielos.
Al advertir mi presencia se queja de dolores de estómago y me pide la bolsa de agua caliente. Asustado, caliento agua en la pava pensando, tal vez, llegó su hora. La anciana, se abraza a la bolsa y vuelve a su posición fetal entre quejidos y gestos de dolor, no sin antes reclamarme enderece mi espalda.
Por la mañana le comento angustiado el suceso a la señora que la cuida.-“Ah, eso le pasa siempre. Sobre todo si come algo dulce. Ese pastelito...”
Me da pena pensar que tan modesto disfrute le es vedado. Realmente disfrutó sus últimos años. Fue hasta no hace mucho que dejó de salir con sus amigas y su hermana mas joven a tomar cerveza, fundamentalmente porque todas fallecieron. Enclaustrada como una princesa en la torre de un castillo, ya no puede descender por las tres escaleras de 15 escalones cada una de este edificio carente de ascensores. Siempre tuve la idea que esas escaleras eran la causa de su buen estado físico y longevidad. Hoy son su barrera hacia el mundo.
Esta señora cuya carne por fin la está haciendo padecer, logra rescatar de su memoria cuando su familia siendo ella una niña, siguió en auto al de Irigoyen, en una campaña proselitista por Crespo. O los almuerzos que cocinaba para sus alumnos en la escuelita de campo, su primer trabajo. Pero hechos más recientes se le tornan difusos, como los treinta años de directora en “el colegio” de Crespo donde actualmente hay un aula con su nombre, o el haber tenido que lidiar con la crianza de sus propios nietos, mi hermano y yo. Pero yo sí tengo muy presentes su actitud franca para conmigo, sin los apremios de una madre, porque no lo era, y los consejos y recomendaciones de la sabiduría de los años. Aquella claridad, apertura y sapiencia de alguien que ya vivió lo peor, volvió innecesario el reprenderme de forma hostil o exagerada. Ya tenía en mí, un respeto bien ganado.
Por eso es que cuando su liviandad corporal, tal vez sostenida por esos 21 gr. que dicen pesa el alma, se esfume hacia alguna parte, haré un buen brindis de festejo en su honor. Eso me fuerzo a creer por la mañana, temprano, cuando apenas la despierto para despedirme con un beso. Y al comenzar a alejarme lentamente, casi a la altura del marco de la puerta del dormitorio, distingo en un susurro: “...caminá derecho nene...” Sí, abuela. Ya entendí. Eso intento. Gracias por esa insistencia en que vaya “derecho” por la vida.
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