Choele Choel - Fiesta del ternero
Esta pequeña ciudad de nombre tan musical, aún no se decide a estar en Río Negro o en La Pampa.
Alguien me había dicho que se llenaba de "gente con plata" para la Fiesta del Ternero. "No es el primer viaje que realizo siguiendo un dato totalmente erróneo", concluyo, al contar mis escasas ventas del día: dos gorras de cuero de oveja, una campera de las mas baratas, y la posibilidad de trueque de una minifalda de cuero por sexo, que decido no tomar arrojando ese papelito con un número de celular anotado en lápiz.
En esta Fiesta del Ternero, los terneros son los que menos "festejan". Durante toda la jornada, perversos gauchos en crueles competencias, no cesaron de "marcarlos", montarlos o enlazarlos por las patas y cuello. Tal espectáculo nos colmó a todos los puesteros de nubes de tierra hasta hacernos rechinar los dientes.
Decido no comer nada hasta la noche. Consigo alojamiento en una pensión y, más relajado, salgo a caminar y procurar alimento. En las solitarias calles de Choele Choel, advierto un tipo muy agresivo en contra de una aterrada novia. El gusano le tira el pelo y aprieta el brazo en disimuladas maniobras. Antes de que la cosa avance a mayores y como yo la "juego" de visitante, corro hasta un patrullero para denunciar la escena, claro que exagerándola un poco.
Mientras el patrullero se dirige al lugar de los hechos, me froto las manos de satisfacción. Mi hambre aumenta, y además, ahora, me siento merecedor de una buena cena.
Desde una modesta rotisería, sabrosos aromas de carne asada me provocan obscenamente. No es restaurante pero el dueño me dice que, si yo quiero, me prepara una mesa para mí solo en una habitación contigua y que por 10 pesos, tiene para probar matambre de vaca, costilla de yegua, y carne de jabalí. Yo le pregunto si puede ser en ese orden...y agregando vino blanco o tinto, ensalada, papas fritas y un postre. Hecho el arreglo comienza mi festín.
El buen hombre, por curioso y para hacerme sentir más en casa, se sienta en la mesa para charlar e ir llevando y trayendo platos desde una ventana, de esas bajas, pequeñas y con tabla, que da a la cocina. Por la misma ventanita siento que me espían ojos asombrados de mi voracidad, seguramente pertenecientes a la señora e hijas del dueño. Tres horas después, cerca de la una de la madrugada, todos están con cabezas y codos sobre las mesas, observando cómo me relamo los dedos luego del criollo queso con dulce de membrillo.
Le hago un último pedido al hombre, un vasito de soda con hielo. Las dos botellas de vino, tinto y blanco, estaban sorprendentemente vacías.
Nos damos un apretón de manos de despedida, y le agradezco la cena y la oportunidad de haber probado por primera vez, carne de yegua y de jabalí. También le aclaro que estoy sumamente satisfecho. "Menos mal", habrá pensado él... "Mañana cambio la rotisería por una agencia de prode..."
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