03 febrero 2006

Interrupción apícola

   El salto con garrocha es la mas impresionante y bella de las pruebas del atletismo.
   El garrochista sabe que no hay posibilidad de dudas desde el inicio de su carrera hasta superar la vara que pende a 4 metros de altura. De su firmeza y decisión dependen que la garrocha, al hacer tope contra el piso, se doble interminablemente, casi hasta formar un círculo, en suficiente tensión como para catapultarlo a las alturas.
   También debe confiar en que el impulso no ceda mientras va por el aire virando su cuerpo palanqueado por la elástica vara, hasta apuntar sus pies directamente hacia el cielo, y superar así el travesaño que está aún más arriba para caer luego en algún lugar de la colchoneta. Cualquier marcha atrás en el procedimiento sería trágica. El cuerpo debe dejar que la física, la inercia, la gravedad hagan su voluntad, como una hoja se deja llevar por el viento.
   Me imagino al garrochista como un tipo con cierto aire de locura y audacia, semejante a los esquizoides que practican paracaidismo o vuelan en ala delta. Un aventurero con poco sentido del resguardo de sí mismo.
   Es mediodía de un día brillantemente litoraleño en este arbolado polideportivo de Concepción del Uruguay. Ya acontecieron casi todas las pruebas fijadas para la mañana.
   Exhaustos, en extrañas poses de estiramiento de músculos, yacen sobre el césped entrerrianitos de todas partes, velocistas, fondistas, lanzadores de bala o martillo, saltadores de alto o triple, jabalinistas, penthatlonistas...Hay que recuperarse para las pruebas de la tarde.
   Los más hambrientos ya están desempaquetando la vianda preparada en sus casas. Entre los que provenimos de Paraná, algunos son oriundos de una villa miseria cercana al club. Uno de ellos esgrime un pan gigante con una delgada capa de dulce de membrillo en el medio, magro almuerzo.
   Todos, junto a profesores, padres, amigos, estamos próximos y direccionados como para contemplar desde un lugar privilegiado, la alucinante prueba del salto con garrocha. También desde afuera del tejido de alambre que circunda el campo, se agolpa el público con la misma intención.
   La estrella de ese minuto de gloria tenía que ser un gringo y rubio típico de la región, criado seguramente a puro cereal, huevo y leche ordeñada en el día. Todos seguimos atentamente su ritual de precalentamiento, elongación y de cientos de pequeños movimientos nerviosos que anteceden a la postura de inicio.
   Ya se plantó, mirada concentrada, mentón, anchos hombros y la larga vara de resina y siliconas, todos hidalgamente paralelos al suelo. Pero en el segundo decisivo de lanzarse a la aventura para la admiración de todos, el atleta en cambio gira la vista hacia su derecha y el rostro se le empieza a descomponer en una vergonzante mueca de terror. La belleza y armonía helénicas dan paso a la fealdad y disonancia del miedo cuando el alterado deportista suelta la vara y huye en despatarradas zancadas de avestruz, profiriendo femeninos grititos de biguá: "¡Abejas! ¡Abejas!".
   Como todos lo miraban a él, fue el único que reparó en lo que se avecinaba desde el este. Provocando un breve eclipse apícola que dura segundos, viene sobrevolando un imposible enjambre de abejas, oscureciendo el mediodía y venteando nuestras cabezas.
   La gente acostumbrada a este espectáculo imprevisto, se limita a tenderse contra el suelo, y luego de pasada la nube negra, todos regresan tranquilamente a sus posiciones anteriores.
   Yo, que no viví el campo lo suficiente, aparentemente soy el más sorprendido... además del garrochista, que todavía no aparece...