Yapeyú
Yapeyú es un pequeño poblado de calles de tierra, casas de estilo colonial con alevosos terrenos parquizados que dan al río Uruguay, museos sobre San Martín, escuelas militares y regimientos también de estilo colonial, alternando todo con viviendas más humildes y los clásicos bares de pueblo.
Cuando llamé por teléfono preguntando por los organizadores del encuentro de motos me dijeron que en ese momento estaban todos "en formación", o sea que se trataba de los mísmísimos milicos, lo que no era buen indicio.
Además se acercaba el 17 de agosto, fecha clave para este pueblo, lugar natal del Gran General.
El camping por supuesto, era del ejército. Se habían destacado treinta soldados y cuatro grandes tiendas de campaña para atender necesidades de unos cien motoqueros.
El almuerzo del sábado, agobiante día de calor, consistió en un locro, más cercano a una sopa, bien recontracaliente, hecho en una cocina de campaña -allí todo era de campaña- y un minúsculo vasito de naranja.
El detalle era ver a los motoqueros sentados en largas mesas y los soldados caminando alrededor, atendiéndolos como camareras.
Pero lo extraordinariamente pintoresco fue la transformación que sufrió Yapeyú el 17 de agosto.
Se avecinaba un monumental desfile por lo que infinidad de grupos con extraños uniformes descansaban sobre el césped de las veredas. Parecía un encuentro intergaláctico. Soldados de trajes camuflados en distintas combinaciones de verde o azul, granaderos a caballo, gauchos, paisanas y gauchitos con caballos engalanados de cuelleras plateadas, agrupaciones de ciclistas, gendarmes, una banda completa del Brasil de negros vestidos de verde loro y dorado portando sus brillantes instrumentos de bronce. El último grito de la moda en uniformes militares eran unos ridículos carapintadas con trajes cubiertos de pies a cabeza de tiritas de tela verde, más propicios para caracterizar al "monstruo del pantano" en una obra de teatro infantil.
Hasta los motoqueros formaron parte del desfile. Tres de ellos, los famosos "acróbatas brasileños", hicieron piruetas las 24 hs. en cada bocacalle del pueblo.
Por si faltara movimiento, lanchas de la prefectura pasaban raudas por el río como preparándose para sumarse al desfile en la calle, y dos helicópteros ensayaban vuelos rasantes todo el tiempo sobre nuestras cabezas, dando la sensación de que fueran cientos y que uno estaba metido en el set de filmación de "Apocalipsis now".
Desde el camping se escucharon las bandas militares del exagerado desfile durante horas. Esa música y los milicos rondando por todos lados, quitaban clima al ya decaído motoencuentro, y la mala onda se iba acrecentando.
Pequeñas escaramuzas se percibían entre motoqueros y milicos.
Por la noche, los soldados realizaron un ataque frontal con un soporífero recital de chamamé. Estuvo a cargo de una voz femenina y órgano ejecutado -en el fiel sentido de la palabra, fue una ejecución- con los dos dedos índice del músico.
Cuando parecia que los rockeros espíritus de los motoqueros habían sido ultimados, apareció un valiente que acelerando los 1500 cc de potencia de su moto, tapaba el sonido de la poco virtuosa banda musical.
Por la madrugada varias motos volvieron a contraatacar girando alrededor de las carpas de los milicos, para replegarse cuando éstos salieron puteando, agitando los puños, adormilados y en calzoncillos, avasallados ante tamaña afrenta.
A la salida del sol, las motos, que para entonces eran inferiores en número a los soldados, ya se habían batido sabiamente en retirada.
Motoquero vivo sirve para otra guerra...
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