Fiesta del puestero
En Junín de los Andes, a principios de febrero, se reúne una tan disímil y extraña multitud en cuanto a características, ocupaciones y nacionalidades, que más parece un congreso intergaláctico entre criaturas de lejanos mundos de esos que pintan las películas del espacio.
Los actores principales son los puesteros de infinidad de estancias del sur. En camionetas, carros o directamente a caballo, "bajan" con sus familias durante los tres días de la Fiesta para darle nombre al encuentro, lucir sus vestimentas gauchescas, probar sus habilidades en la doma y despilfarrar el jornal de todo el año, oportunidad que no tuvieron ocupados en lejanos, aislados y autosubsistentes puestos de estancia, cuidando las ovejas del patrón.
También los estancieros y sus estiradas mujeres se hacen presentes en este evento, haciendo gala de soberbia, distante "integración" con el "obreraje" y adinerada ignorancia y brutalidad.
Para todos ellos, a lo largo de unas doce cuadras de calles céntricas, se improvisa este "shopping de la precariedad", de cuidadas tiendas con la más cara y artesanal platería gauchesca, alfombrados gazebos provistos de probadores y maniquíes luciendo camperas de carpincho, o modestas carpas de roídas lonas ofreciendo collares y aritos de juguete, económicos sacos de lana peruanos o ropa interior apilados directamente sobre el asfalto, pela-papas de plástico de dudosa practicidad y duración y alimentos como frutilla con crema, vino caliente, empanadas, que desafían a la digestión más sufrida y resistente.
Observando la fisonomía de los vendedores de la feria, eternos errantes presentes en todas las fiestas de quién sabe dónde, se remarca la ascendencia indígena. Los que venden ropa barata contrabandeada desde Iquique, sábanas, ollas, sartenes de aluminio, baratijas de bijouterie, son bolivianos o peruanos. Los que venden artículos para gaucho, como rastras, bozales, monturas criollas y españolas, alpargatas, bombachas de campo, sombreros, facones y cuchillas de mangos de alpaca, son casi todos santiagueños, provincia mestiza si las hay. Y los artesanos, mayormente mapuches. Todos aparentan no haber hecho otra cosa más que trasladarse durante siglos, rememorando esa idea del indio nómada que nunca se instala en un lugar, o nunca lo dejan.
Es fácil divisar los turistas europeos. Portando mochilas multicolores sobresalen medio metro por sobre las cabezas del resto, los latinos, haciéndonos parecer más gorditos y retacones que nunca.
En la Capital juegan River y Boca. Preparándose para soportar la angustia de un nuevo clásico desde este recóndito paraje a 2000 kilómetros de distancia, algunos visten la camiseta de alguno de estos equipos. Con el santiagueño del puesto de al lado, matamos el aburrimiento contándolas. Como él es de Boca y yo de River, "¡Ahí va otra más de Boca! ¿Hé? ¡Ya van quince!"- me grita. Pasa una chica embarazada con camiseta de River: "¡Ah, esa vale por dos!"- le contesto.
Llega un grupo de artesanos de Neuquén, descendiendo del cajón de carga de un camión solidario. La policía les impide armar sus puestos en la calle principal, justo frente a mí. No pueden instalarse allí sin pagar canon. Un petisito de flequillo y bigotes a lo Cantinflas gesticula y grita rodeado de seis uniformados de azul:
- A nosotros nos invitaron de "Cultura de la Provincia" ¿Cómo vamos a pagar canon si venimos por "Cultura"? ¡No rompan los huevos!
Finalmente policías y artesanos combinan momentáneamente en que los puestos se armen en una plazoleta interna paralela. Pero a la hora los artesanos mudan sus mesas y paños a la calle hasta la nueva aparición de la policía.
Así las cosas, estas idas y vueltas, discusiones y mudanzas, durarán los tres días de la Fiesta.
También durante los tres días, un "dealer" camuflado entre los artesanos, trata de convencerme de trocar un tapado de cuero bordó que me quedó de "clavo", por algún alucinógeno:
- ... Dale, tengo lo que quieras, ácido, porro, blanca, tengo lo que quieras. ¡Ese saco es un flash...!
A unos metros, Sandro Currumil, amigo de salidas y varias temporadas de ferias en San Martín de los Andes, como la del "Trahún" o la "Globa de los artesanos" durante las vacaciones invernales, en compañía de su socio arma un extraño puesto. Como se cobra por el metro lineal de frente, montan con listones de madera un pasadizo de sólo un metro de ancho pero 3 o 4 de profundidad, cubierto de nylon transparente, en el que cuelgan todas sus artesanías. Habían acordado dividir las formas típicas de copetineros y tablas de madera para no competir. Sandro las había hecho con formas de hoja o pato y Mario, el socio, en siluetas de trucha. Mario, a pesar de apellidarse Currumil y provenir también de la "reserva", es blanco y cejijunto. Cuesta imaginarse a semejante fisonomía de vasco entre los mapuches.
Vienen de acampar un mes junto a un hermoso radal seco, recostado en alguna ladera inaccesible del Parque Nacional Lanín. De él extrajeron y tallaron innumerables piezas que ahora mejoran en su terminación y "curan" ante la curiosidad de los turistas. Para el "curado" y sellado de la madera, Sandro prepara una fórmula a base de miel, cera y aceite.
Envidio la movilidad que ambos tienen en los pueblos de toda la región, la otrora Pehuenia o "País de las Manzanas". Como aquí mismo, en Junín, siempre encuentran a alguno de su comunidad dispuesto a ofrecerles cobijo y un brasero, recibirlos como a hijos pródigos, y despedirlos con melancólica mirada, deseando vuelvan tan pronto como puedan o quieran.
Se aproxima un niño de unos 8 años:
- Señor, ¿vende botas de carpincho?
- No
- ¿Vende alpargatas de carpincho?
- No
- ¿Vende chalecos de carpincho?
- ¡No, no y no! - le contesto con hastío. ¿Qué les pasa con el carpincho? Con razón está en extinción.
No tengo suerte en esta feria. Los gauchos reclaman camperas con elástico, esas antiguas "aviadoras" que se usaban hace 15 años. Con ellas pueden cabalgar y lucir las rastras y los facones sujetos atrás, a la cintura. También consumen cualquier cosa realizada en el bendito carpincho. No tengo nada de eso.
Los santiagueños de al lado sí venden bien. También se divierten. Sentados sobre cráneos de vaca, mientras atienden la clientela, comen locro y asado todo el día. Ocasionalmente, juegan a "la taba" con algunos domadores amigos. Entre apuestas, estos comentan sus estrategias para ganar en el torneo de doma que se está realizando. Unos prefieren los jurados por puntaje, otros, la eliminación por caída.
Para variar, por la noche actuarán Soledad y su Poncho. ¿Quién convocará más?. Tal vez, algún día, por problemas de contrato, separen sus caminos y la gente pague y llene estadios para ver únicamente el "Revoleo del Poncho" independientemente de quien lo sostenga.
El espantoso sonido no empañará la magnífica visión nocturna de las estrellas sureñas y el resplandor de los picos de montaña aún nevados que rodean al valle.
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