Escuela Rural J.B. Alberdi
Vamos parados conversando, mi hermano y yo, en el "Cañuelas", típico colectivo que une barrios del sur de Bs. As. hasta Constitución y que está típicamente repleto de pasajeros.
El Negro, como siempre, vocifera recriminándome:
-¡... Pero vos, Vitorio, siempre fuiste un pollerudo. Si me acuerdo cuando salías con...!- grita. ¿Por qué se tiene que enterar todo el pasaje de nuestra charla íntima? Siento todas las miradas en la nuca. Pero es el tono natural de hablar de mi hermano. Si intentara como en alguna otra oportunidad, acallarlo un poco, sería peor:
-¡Que escuchen, qué me importa! Yo soy así. Me crié en el campo. ¡Y que me chupen todos un huevo!- me contestaría orgulloso a los gritos dirigiéndose a todos.
Y en parte es verdad. La secundaria la cursó como alumno interno de una escuela rural a 30 Km. de Paraná. De ahí le quedó un sencillo y hermoso título de Maestro Rural y unas amistades incomparables. Y gracias a los viajes que yo hacía para visitarlo, pude comprender que hasta los lugares más recónditos y aparentemente "vacíos" como los del campo, ocultan sucesos y personajes insólitos. Y el descubrirlos depende de la mirada de uno.
Entre estos compañeros estaba el Ruso Ackermann. Hijo de puesteros de alguna estancia entrerriana, su madre, a los 54 años, había parido por decimoquinta vez.
El Ruso tenía la extraña habilidad de sostener toda charla incluyendo la palabra "mierda" dos o tres veces en cada frase:
-Con esta mierda de alambrado, las vacas de mierda no van poder escaparse ni una mierda... ¡Mierda! ¡Cómo creció este maíz de mierda!...- y así.
En una de las tantas cooperativas de producción que armaron entre varios, les había ido tan bien que resolvieron entre los socios ir comprando un vehículo para cada uno. Mientras todos consideraban vehículos tan grandes como cirqueros, se escuchó al Ruso Ackermann comentando emocionado en voz baja:
- Mi Papá siempre quiso tener el Rastrojero del patrón de mierda...- Nadie agregó más palabras inútiles y lo primero que adquirieron fue el para entonces desvencijado Rastrojero.
Otro compañero de mi hermano era el "Facha" Barreto. Lo de "Facha" era el típico apodo contradictorio cargado de malicia, porque el pobre era horrible, flacucho y desgarbado, pero con una voluntad increíble.
En otra experiencia societaria, entre varios habían resuelto criar conejos de Angora, para vender el pelo. Llegaron a tener un montón de jaulas en un pueblo cercano, hasta la invasión de un mosquito con un virus que terminó con todos los conejos de Entre Ríos. El "Facha" separó su parte de conejos de la sociedad y durante semanas enteras los cercó con fogatas que mantenía encendidas día y noche. Sus conejos se salvaron mientras a 50 metros morían los de sus descreídos compañeros.
También conocí al Ruso Tim. Es común en Entre Ríos decirle "Ruso" a cualquier persona de pelo rubio. Yo tengo tan incorporada esta noción, que una vez, harlando con un fanático de las motos y su rubia novia, él me comentaba:
- A la "Rusa" la tengo muy sucia. Le tendría que limpiar un poco el caño. ¿No te querés quedar con ella?- y yo pensaba:
-¡Qué pedazo de ordinario. Cómo puede hablar así de la mina, y con ella al lado!- Luego entendí que lo de "Rusa" era por el origen de una vieja moto que había restaurado.
Y lo que son los fenómenos de la Lengua. En Buenos Aires, "ruso" es sinónimo de "judío". El padre del Ruso Tim vivía en Buenos Aires y era tan alemán como estúpidamente nazi. Se enojaba con todos los compañeros del hijo:
-¡Mi hijo no es ruso!¡¿Porqué le dicen ruso?- gritaba ofendido.
El Ruso Tim podía escribir todo un tratado con el título: "Cómo piensa y siente la policía caminera". Comentaba en sus alocuciones:
- Los canas te presionan con tu tiempo. Por eso, si te paran, tenés que actuar como si tu mejor programa fuera pasarte toda la semana varado en la banquina. Ya con eso, los confundís...- Pero había que respetar sus ideas, porque con su rebuscado entendimiento de la psicología policial, era el único tipo que conocí que logró sacarle plata a los canas, en lugar de ellos a él.
Más escabroso me resultaba el Enano Haimovich. Este hacía gala de gran erudición zoofílica y con total desparpajo opinaba:
- Mejor que con la oveja es con la gallina, y mejor todavía es con el biguá...- y pasaba a explicar detalles acerca de tipos y tamaños de orificios mientras a mí se me revolvían las tripas de vergüenza ajena.
Mi hermano gozaba de una característica mas modesta:
- Al Negro Gómez nunca lo contradigas. Te puede tener durante días discutiendo hasta ganarte- decían. Por eso, ante el menor asomo de la más simple controversia del tipo:
- ¿No les parece que el café está medio frío?- enseguida le daban todos la razón, aunque opinaran lo contrario.
Lo cierto es que en mi escuela, mientras unos pocos discutíamos si había que reivindicar a los montoneros, a Evita, a Santucho o a Mongocho, y no lográbamos convocar a mas de veinte tipos para armar un centro de estudiantes, en la brillante escuelita de campo de mi hermano, ya llevaban tres años de organización política estudiantil y una próspera experiencia cooperativista de producción, ambas combinadas con prácticas democráticas y elecciones por listas con la participación de la totalidad de los alumnos.
Tan bien funcionaba la cooperativa de producción que con la venta de pollos, huevos y dulce de leche, se pudieron pagar el tour a Bariloche más oneroso que había en oferta. Bien merecido tenían semejante viaje ganado con el esfuerzo conjunto como única herramienta. Y habría que haber visto a estos humildes gringuitos de campo, de mofletes colorados y manchados por la exposición al sol, mateando en el hall de un hotel cinco estrellas de Bariloche.
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