Ullum
Ullum es un pobrísimo villorrio de trabajadores de fincas. Está ubicado a unos 30 Km. de la ciudad de San Juan, en una región de cultivos de vides y melones ganada al desierto. Una represa logró el milagro.
De todas maneras, la sequedad ambiente se hace sentir. Entre las humildes casas y calles de ripio, domina el color blancuzco de la tierra, y al fuerte sol del mediodía sanjuanino, todo se vuelve fosforescente a la vista. Sobre todo ahora, que está soplando el Zonda.
Viento cálido que baja de la cordillera, va anulando todo vestigio de humedad a su paso, al punto que ésta llega a medir cero por ciento. En minutos, se secan la ropa de los tendederos, la piel, las mucosas, las retinas. Una meada se evapora al instante de llegar al suelo.
Escapando de los hartantes choripanes y pizzas del encuentro de motos donde estaba trabajando, recorro la villa buscando un comedor. Lo encuentro al final de una calle de tierra. El dueño está en la puerta, esperando el reparto de pan. Ya son las dos de la tarde, y los parroquianos no tienen con qué empujar la comida. Finalmente el hombre entra atrás mío, resignado de pan ausente, para atenderme.
El salón queda grande para las tres mesas y diez sillas, todas distintas, que hay en él. El techo de machimbre oprime por su escasa altura, y las paredes son tramos añadidos de ladrillo, con y sin revoque, machimbre y adobe.
Para el disfrute visual, hay un ventanal enrejado que da directo al patio de la patrona, cargado de hierros viejos, escombros, basura y sogas con ropa y sábanas rotas secándose.
El suelo es de esos contrapisos proyectados para colocarle carpeta y cerámico en alguna época de bonanza. Por ahora, está lleno de grietas, baches y tierra, que los clientes asientan cada tanto, tirándole los restos del vino caliente que les queda en los vasos.
Tres gatos ronronean por debajo de las mesas y una gallina con sus pollitos arman un desfile cruzando el salón desde el patio hacia la puerta de entrada.
Un hombre se levanta para cambiar el canal del televisor. Se aburrió de la novela colombiana y elige esa película en la que Schwarzenegger queda "embarazado" por culpa de un experimento científico. Los demás siguen con sus charlas sobre chivos, pumas, senderos y patrones. En general son trabajadores "golondrina", en espera de la cosecha de las fincas.
El dueño del bar va de mesa en mesa haciendo comentarios ininteligibles, tratando que no se le remuevan sus dos últimos dientes. Camina con la panza agachada y volcado hacia un lado.-"¡Cómo tenés de torcido el eje!"- le grita un comensal y el bar estalla en risas. El dueño se vuelve para devolverle la broma. Viste un short descolorido y desflecado, tan caído que deja ver la naciente de la línea del trasero y una camisa prendida con un solo botón en el ojal equivocado.
Llega mi plato. Un bife frío, flotando en el jugo de la ensalada de tomates. Pero por tres pesos...
Cuando estoy terminando llega el pan.
Pero no termina mal la incursión culinaria. Afuera, como jugando, algunos chicos trasladan pesadas carretillas de albañil repletas de melones a punto que venden por monedas, casi regalándolos, antes que se echen a perder...
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