Ati
De todo el universo de trabajos no muy comunes que he realizado, es difícil explicar cómo soy profesor de pintura de Atilio, un discapacitado con parálisis cerebral, desde hace quince años.
Con semejante afección, es increíble que se haya vuelto tan independiente.
Todo parece que se le va a caer, romper o volcar. Pero no. El maniobra con un sentido propio de equilibrio. Muy de vez en cuando sí se le cae algún pincel. Pero no se amilana. Se centra en lo suyo, su batalla, volver a aquél pote, tomarlo con sus dedos gigantes y agarrotados por la parálisis. Lo aprieta tanto que parece que lo va a reventar. Vuelca el contenido en otro envase, para ir mezclando colores. Dificultosamente, aparta y toma un pincel con dos dedos. Con la mano derecha, la más rebelde, la que siempre está cerrada en puño, se ayuda para mejorar la posición del pincel de la mano izquierda. Revuelve y pinta.
Toda esta ceremonia que me toca contemplar es el pequeño milagro repetido y mejorado día a día, clase tras clase.
Le comento a Atilio que mi hija Muriel cumple cinco años. El se besa la mano y hace como que tira el beso y me apunta, en señal de que yo le mande un beso a mi hija de parte de él.
Increíblemente, Muriel nació el mismo día que Atilio inauguraba su primera exposición individual. Hasta entonces ambos estaban ocultos al mundo, y salieron a "mostrarse" al mismo tiempo.
Otro de mis lazos secretos con Atilio es que de repente, un día, se hizo hincha de River, como yo. Para el código futbolero, esa es una satisfacción que los hijos otorgan a los padres. Y es para nosotros un tema de conversación. "Boca campeón, puta madre", me dice Atilio, siempre en su difícil lenguaje mezclado con señas, y golpea el tablero con fastidio. Con el arte y otras cuestiones se nos hace más difícil conversar. Nunca sé si me entendió y algunas veces estoy seguro que no comprendió nada. Pero es recíproco. A él también le pasa conmigo. Y al final de cuentas, eso nos pasa en la vida y con todo el mundo.
En otras oportunidades, nos entendemos mejor sin hablar, o a través del arte, de sus pinturas. Y ahí lo sensible le gana al lenguaje y me reafirma la idea de que no hace falta traducir todo en palabras.
Y cómo explicarle a todos, en especial a la familia de Atilio, que él está logrando pintar sólo. Incluso preparando sus propios colores. Contra ese descrédito también lucha Atilio.
Y sigue ahí. Rodeado de potes de pintura, me apunta cuando algún color se le está terminando: "Víctor, amarillo, comprar", y acompaña con el gesto popular de poner plata.
Cada tanto resopla, agitado. Cada tanto putea de lo lindo. Es fascinante ver a alguien en su condición, tambaleante, torpe, plagado de movimientos involuntarios, por músculos que se accionan por sí mismos, concentrándose en ganarle a su propio cuerpo, para avanzar sobre la tela.
En los comienzos le daba largos discursos de incentivación, lo guiaba, le preparaba los colores, y él esperaba mi aprobación constante. Ahora permanezco silencioso, invisible, maravillosamente al margen...
A veces le apunto algo sobre sus pinturas, un consejo, una idea, pidiéndole con humor, que me dé un poquito de "bola". El ríe a carcajadas con eso, y vuelve a lo suyo... Ambos somos concientes que estamos muy cerca del ideal, el final: que cada uno siga su camino por separado...
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