30 septiembre 2005

Ruta circular

   Durante la vigilia tensa, expectante, del que conduce un vehículo por la ruta durante muchas horas, se suceden distintos estadios emocionales.
   Mientras se está descansado, despierto, provoca un gran éxtasis el deslizamiento sobre el asfalto uniforme, la brisa en el rostro y la visión de los campos del amanecer. Esto se alterna con estadios mas eufóricos, de necesidad de cantar o escuchar música a todo volumen.
   Pero el cansancio por el paso de tantas horas de esa tensión paralela que es conducir un vehículo, lleva a la mente a sensaciones mas extrañas. En estas, exteriormente, la cara del conductor demuestra una actitud manifiesta de abulia, casi una especie de parálisis. El cuerpo actúa por actos reflejos instintivos, sin recibir órdenes del cerebro, el cual está en otra dimensión, y con sus hemisferios actuando escindidos. Se atraviesan flashes, no de luz sino de oscuridad. Estos son los espacios que está demandando la mente para descansar.
   Los camioneros saben bien de esto. Cuántas veces manejan dormidos, pero soñando que están perfectamente despiertos. Y es así como los accidentes de camión suelen ser tan terribles como absurdos e inexplicables: un desvío repentino hacia la nada, una embestida contra la columna de un puente...
   Con estos pensamientos trato de explicarme la situación tan extraña que me está aconteciendo ahora.
   Eran alrededor de las tres de la madrugada para cuando yo creía ya había atravesado Oncativo, un pueblo de Córdoba cuyo nombre siempre me resultó simpático. Como muchos pueblos, a esas horas estaba totalmente iluminado, pero sin gente deambulando, sólo luces de calles y negocios.
   El día había sido largo. había salido de Rosario a las cinco de la mañana, pasado por Río Tercero, Carlos Paz, visitado varios clientes, y recorrido unos 600 Km., todo en veinte horas, sin descansar y deteniéndome sólo a tomar café.
   Ya hacía un par de horas que mi conciencia había empezado a volar, escabulléndose sin control entre pensamientos incongruentes, y sin atender las circunstancias propias del manejo del vehículo. Yo, simplemente, continuaba la marcha, atontado por las líneas del asfalto y el ruido del motor, como si éste fuera un alucinógeno sonoro.
   En este estado, mientras esperaba toparme con el cartel anunciando la proximidad de James Craik, otro pueblo de nombre risueño, visualizo el que anuncia nuevamente Oncativo a un kilómetro."Qué loco que estoy", pensé, aceptando el hecho decepcionante de pasar por un lugar que creía haber superado. Y proseguí, pero no sin cierta sensación de angustia sobre mis hombros.
   Luego de Oncativo, me sumerjo otra vez en la oscura ruta, buscando con cierta ansiedad las luces de James Craik. Como si el camino se hubiera transformado en un inmenso círculo, de manera tal que su curvatura me fuera tan imperceptible como la redondez de la tierra, otra vez aparece Oncativo... Atravieso las mismas calles, veo los mismos negocios... Más asustado que perplejo, se me aceleran las pulsaciones del corazón, hasta oprimirme el pecho. Pero sigo adelante. Y en una hora se repite toda la escena:...ruta, Oncativo, ruta...
   Hace bastante que dejé de contar las veces que pasé por este pueblo, no obstante la noche sigue firme en su negrura. Tratando de no perder la calma, sólo tengo en claro el porqué persisto en continuar . Experimentando esta rueda infernal, aún tengo esperanzas de salir de este sueño como si nada, y que aparezca el bendito James Craik de una puta vez.
   Pero si detengo mi marcha y fuerzo el quiebre de este destino circular o pesadilla, temo la posibilidad de que mi mente deje de viajar por sí sola y se dé cuenta de que, en realidad, estoy hecho trizas contra algún puente.