Nada especial
Una mañana entrerriana, de sol suave sobre las lomadas sembradas del campo, el colectivero, contento, gozoso, conversa y hace chistes con los pasajeros, mirándolos por el espejo retrovisor que está arriba suyo. Que este país es único, que mejor clima que este no existe en ningún lado, que acá se tira una semilla y crece, que somos ricos y nadie se tendría que morir de hambre, que agradezco tener trabajo, que cada quien es cada cual y todo va a ir mejorando... Todos sonríen, satisfechos de su mundo y el optimismo y la alegría desbordan en este colectivo que se desliza entre Seguí y Viale, atravesando perdidas aldeas alemanas. ¡Qué podría alterar semejante buen humor!
Desde una tranquera a cien metros del asfalto, una anciana le hace señas al chofer para que se detenga. Este lo hace y se inicia una incómoda espera hasta que la señora abraza y besa a unos diez parientes que la están despidiendo. Luego camina lentamente hasta el colectivo parando cada tanto para dejar sus bolsos en el suelo, volverse y seguir saludando con las manos a sus parientes. Cuando por fin llega a la puerta del colectivo, no sube. Pregunta desde abajo:
- ¿Va para Viale?
- Sí, señora. Vamos, suba.
- Yo no voy a Viale.
- Pero, ¿y adónde va?
- Me tengo que bajar antes de Viale.
- Bueno, sí. Es lo mismo. Ud. me avisa y listo. Vamos, suba por favor.
- ¿Y a qué hora vuelve?
- Tiene un servicio de regreso a las seis de la tarde.
- ¿Y me irá a parar? Mire que yo voy a estar en el medio del campo...
- Sí, señora. Ese servicio para en todos lados. Suba, suba...
- ¿Pero cómo... ? - La charla se extiende otro tanto, hasta que el chofer empieza a acelerar nerviosamente el motor y las ruedas hacen un cuarto de giro. Así logra que la señora, obligada, se incorpore al vehículo con todos sus bolsos y todas sus dudas. Pero ella se ubica bien adelante, y prosigue, denotando un marcado acento alemán:
-¿Vuelve Ud. o volverá otro chofer? ¿Y cómo me doy cuenta de cuál es el colectivo? Pare cuando vea una casa de techo rojo ¿la irá a ver?...
A la media hora de ese incómodo y cíclico interrogatorio el chofer ya no sonríe. Tampoco mira por el espejo de arriba. Contesta una de cada cuatro preguntas con los dientes apretados y sólo por no parecer desatento ante el resto del pasaje, que escucha con hastío y presintiendo un mal desenlace. El conductor tiene el ceño fruncido, desencajado de malos pensamientos y con la vista fija en el punto donde el asfalto es cortado por el horizonte, horizonte de un país ingrato y difícil, porque a la tarde seguro que va ha hacer un calor de mierda, y es que acá el clima es así, cuando no hace calor hace frío, y sino llueve, pero llueve el día que uno está de franco, y siempre vamos a estar así, mal, porque acá si cambia algo es para que nada cambie, y al final los vivos se roban todo y los que laburamos tenemos estos trabajos insalubres y paupérrimos, obligados a aguantar a viejas podridas que no entienden nada, que nunca se calentaron ni por aprender el idioma...
-¡Acá! ¡acá!¡Pare, chofer!¡Acá me bajo!¡Frene!¡Frene!- anuncia la anciana de repente. El chofer detiene el vehículo. - Pero señor, se pasó como 50 metros. Yo le avisé antes. Ahora vuelva para atrás. ¡Ay! Yo ya sabía...
- Señora, no puedo ir para atrás en medio de la ruta. Es una maniobra peligrosa para todos. Ud. me tenía que avisar antes porque para frenar necesito unos metros. No se frena de golpe. Así que bájese por favor- Ante ese pesado personaje, sorprende una explicación tan clara y franca, seguro resabio de la célebre paciencia litoraleña. Pero la señora insiste:
-¡No señor!¡yo acá no me bajo!¡no y no!
El chofer se levanta de su asiento, desciende él mismo del vehículo con los bolsos de la señora y en la mañanita entrerriana, entre arrozales, granjas avícolas y colmenares, retumban los ecos de su voz:
-¡¡¡Señora!¡¡¡¡ Bájese y la reputamadre que lo recontramil parió !!!!
Desde una tranquera a cien metros del asfalto, una anciana le hace señas al chofer para que se detenga. Este lo hace y se inicia una incómoda espera hasta que la señora abraza y besa a unos diez parientes que la están despidiendo. Luego camina lentamente hasta el colectivo parando cada tanto para dejar sus bolsos en el suelo, volverse y seguir saludando con las manos a sus parientes. Cuando por fin llega a la puerta del colectivo, no sube. Pregunta desde abajo:
- ¿Va para Viale?
- Sí, señora. Vamos, suba.
- Yo no voy a Viale.
- Pero, ¿y adónde va?
- Me tengo que bajar antes de Viale.
- Bueno, sí. Es lo mismo. Ud. me avisa y listo. Vamos, suba por favor.
- ¿Y a qué hora vuelve?
- Tiene un servicio de regreso a las seis de la tarde.
- ¿Y me irá a parar? Mire que yo voy a estar en el medio del campo...
- Sí, señora. Ese servicio para en todos lados. Suba, suba...
- ¿Pero cómo... ? - La charla se extiende otro tanto, hasta que el chofer empieza a acelerar nerviosamente el motor y las ruedas hacen un cuarto de giro. Así logra que la señora, obligada, se incorpore al vehículo con todos sus bolsos y todas sus dudas. Pero ella se ubica bien adelante, y prosigue, denotando un marcado acento alemán:
-¿Vuelve Ud. o volverá otro chofer? ¿Y cómo me doy cuenta de cuál es el colectivo? Pare cuando vea una casa de techo rojo ¿la irá a ver?...
A la media hora de ese incómodo y cíclico interrogatorio el chofer ya no sonríe. Tampoco mira por el espejo de arriba. Contesta una de cada cuatro preguntas con los dientes apretados y sólo por no parecer desatento ante el resto del pasaje, que escucha con hastío y presintiendo un mal desenlace. El conductor tiene el ceño fruncido, desencajado de malos pensamientos y con la vista fija en el punto donde el asfalto es cortado por el horizonte, horizonte de un país ingrato y difícil, porque a la tarde seguro que va ha hacer un calor de mierda, y es que acá el clima es así, cuando no hace calor hace frío, y sino llueve, pero llueve el día que uno está de franco, y siempre vamos a estar así, mal, porque acá si cambia algo es para que nada cambie, y al final los vivos se roban todo y los que laburamos tenemos estos trabajos insalubres y paupérrimos, obligados a aguantar a viejas podridas que no entienden nada, que nunca se calentaron ni por aprender el idioma...
-¡Acá! ¡acá!¡Pare, chofer!¡Acá me bajo!¡Frene!¡Frene!- anuncia la anciana de repente. El chofer detiene el vehículo. - Pero señor, se pasó como 50 metros. Yo le avisé antes. Ahora vuelva para atrás. ¡Ay! Yo ya sabía...
- Señora, no puedo ir para atrás en medio de la ruta. Es una maniobra peligrosa para todos. Ud. me tenía que avisar antes porque para frenar necesito unos metros. No se frena de golpe. Así que bájese por favor- Ante ese pesado personaje, sorprende una explicación tan clara y franca, seguro resabio de la célebre paciencia litoraleña. Pero la señora insiste:
-¡No señor!¡yo acá no me bajo!¡no y no!
El chofer se levanta de su asiento, desciende él mismo del vehículo con los bolsos de la señora y en la mañanita entrerriana, entre arrozales, granjas avícolas y colmenares, retumban los ecos de su voz:
-¡¡¡Señora!¡¡¡¡ Bájese y la reputamadre que lo recontramil parió !!!!
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