Rada Tilly
Rada Tilly es una apartada villa playera, a 10 Km. de Comodoro Rivadavia.
Funciona como hábitat de la "gente de plata" de la zona. Casas inmensas enteramente vidriadas que dan al mar, vehículos 4x4 y cuatriciclos por todos lados, conviviendo en un desierto de tierra, arena y viento.
A la playa hay que ir con pantalones, para evitar los latigazos de arena, y de buzo, para cortar el viento helado en pleno diciembre.
Lo más interesante era aprovechar la bajamar del mediodía, correr por abajo del acantilado, entre las piedras, durante una hora, para toparse con una tribu de 200 lobos marinos. Luego de este avistaje emocionante, correr otra hora de vuelta, antes de que suba la marea y perecer ahogado o estampado contra la barranca de 40 metros de piedra.
Cosas fantásticas habían acontecido en el lugar, como la marea de ratas que durante varias noches, surcaron las calles en una sola dirección, el mar, para un suicidio masivo. El flautista de Hamelin invisible era el volcán Hudson, que tronaba en la cordillera.
De alguna manera, decididos a armar una feria de vísperas de Navidad, terminamos en este lugar unos treinta artesanos y productores de todo el país. A medida que pasó esa semana, muchos fueron desertando, por las noticias de los cacerolazos, muertos en la plaza, anuncios de saqueos y la huída aérea de De la Rúa. Por eso estábamos inquietos, y con una sensación de extrañamiento en ese lugar de calles pobladas de chicos en roller y patinetas, y gente preocupada por los regalos de las fiestas y el bronceado perfecto. No entendíamos quien estaba mas desubicado, si la gente el lugar o nosotros. Probablemente ambos.
Me instalé con mi carpa en el camping de la villa, de paisaje de tierra y árboles raquíticos, sin verdor. De día , tierra y viento. De noche, tierra, viento y liebres monstruosas.
El camping servía de paso para los que viajaban a los Glaciares o a Ushuaia, generalmente extranjeros.
Todas las noches aparecía carpas nuevas que se esfumaban por la mañana. Sólo levantándose muy temprano, uno alcanzaba a ver un rabino israelí rezando la Torá, o unos motoqueros zuecos, paseándose en calzoncillos largos.
Por ser solidario, y para no estar solo en el ya árido camping, terminé alojando en mi carpa a los dos artesanos más lumpen y drogones de la Feria. Claudio, de Bariloche, confeccionaba ropa pintada, siempre tenía encima marihuana y un soberano olor a pata. Por lo primero, lo seguía el "Viejo". Natural de Villa Gesell, talabartero, negro, chiquitito, escondido tras su barba, repetía constantemente con su voz arenosa: "Que áspero es el Sur. Yo no vengo más. Esto es reáspero". Para limar asperezas, el "Viejo" se tomaba todos los vinos finos que el delincuente de Claudio robaba del único supermercado. Con gran habilidad, éste descubría y quitaba los hologramas delatores que harían sonar las alarmas. El resto, salir con tres o cuatro botellas en la campera y evitar las cámaras, era pan comido. Cuando descubrí cómo hacían para tener siempre vinos carísimos, empecé a evitar "ir de compras" con ellos.
La Feria funcionaba en el Salón de Actos de la escuela. Como Claudio y yo vendíamos ropa, armamos los puestos uno al lado del otro junto al escenario, cuyas bambalinas nos servían de probador. Finalmente, como Claudio estaba todo el día tirado boca arriba sobre el escenario, drogado, con sus lentes oscuros, inmóvil, yo terminaba atendiéndole el puesto.
Una noche, no se cómo, conseguimos que unas "chicas bien" pero con evidentes ganas de alguna aventura, fueran a visitarnos al camping.
En la noche árida a la luz de la fogata, parecía una escena de película del Oeste, las señoras rubias y puritanas entre vaqueros sucios, sudorosos y mal hablados. Por esta época yo tenía un vehículo minibús color bordó, y trasladaba todas las noches a mis huéspedes y a otros artesanos que quisieran "seguir la joda" al camping.
El "Viejo", para esa hora, ya estaba en otro planeta. Una noche me pidió que parara para ir a comprar unas cervezas. Estacioné en doble fila y el "Viejo" entró a un almacén. Les dije al resto que iba a retroceder mi camioneta para ver qué hacía el "Viejo" cuando no nos encontrara. Justo en el mismo lugar donde estábamos antes, estaciona una 4x4, también color bordó, con una familia típica adentro.El "Viejo" salió del almacén y enfiló derechito para la 4x4. El terror se apoderó de los inocentes ocupantes cuando ese barbudo mal entrazado trataba de forzarles la puerta, blandiendo botellas de cerveza y gritando:"¡Hey muchachos, ábranme, no sean repelotudos!". Como estábamos muertos de risa, no recuerdo cómo terminó la cosa, sin que hubiera denuncia por intento de asalto o secuestro.
El 24 de diciembre terminó la Feria con poca venta. Evidentemente, para la zona, generábamos más rechazo que atracción.
Esa medianoche, en la ruta entre Comodoro Rivadavia y Trelew, me encontré manejando y cargando con el "Pato", cordobés, fabricante de juegos de ingenio, y su hijo. Sin detener la marcha, con una ronda de mate brindamos por la Navidad, bajo la luna patagónica...
Funciona como hábitat de la "gente de plata" de la zona. Casas inmensas enteramente vidriadas que dan al mar, vehículos 4x4 y cuatriciclos por todos lados, conviviendo en un desierto de tierra, arena y viento.
A la playa hay que ir con pantalones, para evitar los latigazos de arena, y de buzo, para cortar el viento helado en pleno diciembre.
Lo más interesante era aprovechar la bajamar del mediodía, correr por abajo del acantilado, entre las piedras, durante una hora, para toparse con una tribu de 200 lobos marinos. Luego de este avistaje emocionante, correr otra hora de vuelta, antes de que suba la marea y perecer ahogado o estampado contra la barranca de 40 metros de piedra.
Cosas fantásticas habían acontecido en el lugar, como la marea de ratas que durante varias noches, surcaron las calles en una sola dirección, el mar, para un suicidio masivo. El flautista de Hamelin invisible era el volcán Hudson, que tronaba en la cordillera.
De alguna manera, decididos a armar una feria de vísperas de Navidad, terminamos en este lugar unos treinta artesanos y productores de todo el país. A medida que pasó esa semana, muchos fueron desertando, por las noticias de los cacerolazos, muertos en la plaza, anuncios de saqueos y la huída aérea de De la Rúa. Por eso estábamos inquietos, y con una sensación de extrañamiento en ese lugar de calles pobladas de chicos en roller y patinetas, y gente preocupada por los regalos de las fiestas y el bronceado perfecto. No entendíamos quien estaba mas desubicado, si la gente el lugar o nosotros. Probablemente ambos.
Me instalé con mi carpa en el camping de la villa, de paisaje de tierra y árboles raquíticos, sin verdor. De día , tierra y viento. De noche, tierra, viento y liebres monstruosas.
El camping servía de paso para los que viajaban a los Glaciares o a Ushuaia, generalmente extranjeros.
Todas las noches aparecía carpas nuevas que se esfumaban por la mañana. Sólo levantándose muy temprano, uno alcanzaba a ver un rabino israelí rezando la Torá, o unos motoqueros zuecos, paseándose en calzoncillos largos.
Por ser solidario, y para no estar solo en el ya árido camping, terminé alojando en mi carpa a los dos artesanos más lumpen y drogones de la Feria. Claudio, de Bariloche, confeccionaba ropa pintada, siempre tenía encima marihuana y un soberano olor a pata. Por lo primero, lo seguía el "Viejo". Natural de Villa Gesell, talabartero, negro, chiquitito, escondido tras su barba, repetía constantemente con su voz arenosa: "Que áspero es el Sur. Yo no vengo más. Esto es reáspero". Para limar asperezas, el "Viejo" se tomaba todos los vinos finos que el delincuente de Claudio robaba del único supermercado. Con gran habilidad, éste descubría y quitaba los hologramas delatores que harían sonar las alarmas. El resto, salir con tres o cuatro botellas en la campera y evitar las cámaras, era pan comido. Cuando descubrí cómo hacían para tener siempre vinos carísimos, empecé a evitar "ir de compras" con ellos.
La Feria funcionaba en el Salón de Actos de la escuela. Como Claudio y yo vendíamos ropa, armamos los puestos uno al lado del otro junto al escenario, cuyas bambalinas nos servían de probador. Finalmente, como Claudio estaba todo el día tirado boca arriba sobre el escenario, drogado, con sus lentes oscuros, inmóvil, yo terminaba atendiéndole el puesto.
Una noche, no se cómo, conseguimos que unas "chicas bien" pero con evidentes ganas de alguna aventura, fueran a visitarnos al camping.
En la noche árida a la luz de la fogata, parecía una escena de película del Oeste, las señoras rubias y puritanas entre vaqueros sucios, sudorosos y mal hablados. Por esta época yo tenía un vehículo minibús color bordó, y trasladaba todas las noches a mis huéspedes y a otros artesanos que quisieran "seguir la joda" al camping.
El "Viejo", para esa hora, ya estaba en otro planeta. Una noche me pidió que parara para ir a comprar unas cervezas. Estacioné en doble fila y el "Viejo" entró a un almacén. Les dije al resto que iba a retroceder mi camioneta para ver qué hacía el "Viejo" cuando no nos encontrara. Justo en el mismo lugar donde estábamos antes, estaciona una 4x4, también color bordó, con una familia típica adentro.El "Viejo" salió del almacén y enfiló derechito para la 4x4. El terror se apoderó de los inocentes ocupantes cuando ese barbudo mal entrazado trataba de forzarles la puerta, blandiendo botellas de cerveza y gritando:"¡Hey muchachos, ábranme, no sean repelotudos!". Como estábamos muertos de risa, no recuerdo cómo terminó la cosa, sin que hubiera denuncia por intento de asalto o secuestro.
El 24 de diciembre terminó la Feria con poca venta. Evidentemente, para la zona, generábamos más rechazo que atracción.
Esa medianoche, en la ruta entre Comodoro Rivadavia y Trelew, me encontré manejando y cargando con el "Pato", cordobés, fabricante de juegos de ingenio, y su hijo. Sin detener la marcha, con una ronda de mate brindamos por la Navidad, bajo la luna patagónica...
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