11 febrero 2002

Sociedad Rural de Esquel

   Una de las ferias mas atípicas que me tocó sortear fue la de Esquel, en el marco de la Exposición Anual Rural de la ciudad.
   En un solo pabellón estilo antiguo de techos altísimos fueron ubicados los stands contra las paredes, formando un rectángulo y los corrales con los corderos a competir, en el centro.
   Ese panorama ovejuno le daba a todo un toque distintivo. Era un poco extraño explicar los beneficios de una campera de cuero con el fondo coral de berridos de 80 corderos reproductores.
   Además, los diferentes stands, salames y quesos de La Rioja, frutillas y cerezas con crema, prendas y equipos para gaucho, productos veterinarios, fotos del INTA, modernos sanitarios, productos de panadería y hasta una exposición de cuadros de artistas de la zona, teníamos que soportar las alcantarillas enrejadas ubicadas debajo de nuestros pies, por donde se escurría el orín y la bosta de los corderos.
   El único espectáculo durante días fue el de un experto esquilador en su faena. El primer día un locutor anunció que en el centro del pabellón iba a comenzar una demostración de esquila de una oveja. El gaucho a cargo, con posturas de bailarín y movimientos calculados, logró un tiempo récord, y terminó saludando con su boina (sombrero típico de la zona), los aplausos de los dos o tres curiosos presentes.
   Estaba deleitándose con las mieles del éxito cuando el locutor anunció: "Nuevamente se procederá a esquilar una oveja, y podrán comprobar la destreza campera..."
   Al 6º día, luego de haber esquilado unas 70 ovejas, y juntado lana como para exportar a Dinamarca, el tipo ya se había dado cuenta que lo habían agarrado para el churrete. Con expresión desencajada, resoplaba y se masajeaba los brazos, mientras el locutor anunciaba la esquila de otra oveja. Años de paciencia gaucha y sureña le contenían las ganas de degollar a la oveja nº 71 o esquilar al locutor.
   Entre los artistas pintores que estaban exponiendo, hice amigos como Toto Piégaro. De profesión tornero, cantaba folklore en la única peña de Esquel y se había hecho pintor. Incluso llegó a exponer en Buenos Aires. Él me indicaba los lugares cercanos que valía la pena visitar en ese paraíso, cascadas escondidas, bosques, piletones naturales de aguas termales... Y era un gran compañero de salidas.
   Otro que se prendía en todas era Cristian, el Isidoro Cañones de Esquel. 25 años, hijo del gerente del supermercado y yerno del estanciero y comerciante más acaudalado, su actividad principal en la vida era la de repartir y malgastar dinero. Conocedor de todos los cabarets y habitué del casino, era querido por todos y lo aguantaban con simpatía pueblerina como un mal necesario. Su pasión eran las carreras de Fiat 600 o Fitito, la categoría mas popular de la zona, y se jactaba de haber quemado 7 motores.
   Como para verlo en algo útil, el suegro le encomendó el stand de productos veterinarios y mascotas. Llegaba tarde totalmente trasnochado usando lentes oscuros, y se la pasaba buscando los cachorritos que se le escapaban por entre los corrales de ovejas. Por su invitación asistí al asado al aire libre de los chacareros de la Sociedad Rural. Este terminó con el remate de tres tortas al mejor postor, a cargo del martillero oficial. Es que se avecinaba el remate de los corderos reproductores y había que ir "calentando" los bolsillos de los asistentes.
   Pero la cosa fue para atrás. Los chacareros estaban a menos por la convulsión económica del país y la mayoría de los corderos terminó sin compradores. Para peor, mientras todos de golpe éramos 2 o 3 veces más pobres, el primer premio quedó para los que menos lo necesitaban: la estancia de los Benetton.
   Me provocó simpatía el discurso de cierre del presidente de la Sociedad Rural, que en definitiva era descendiente de galeses, primeros habitantes de la región decididos a poblar en serio la Patagonia y no simplemente explotarla como los terratenientes ingleses y españoles. Entre fuertes palabras contra el gobierno, exigió que los únicos "corralitos" que él quería volver a ver en el país, eran los de sus corderos.
   En la plaza central de Esquel, en ese triste enero, cinco mujeres golpeaban cacerolas todo el día como un eco lejano de lo que sucedía en centro del país. El riojano se cansó de hacer probar sus salames y quesos regionales y que nadie le comprara. Es que los argentinos no teníamos efectivo. Sólo se encontraban extranjeros de distintas nacionalidades desperdigados por las rutas de la Patagonia...